Plaza de Mayo

El tipo iba con la imagen de la Plaza de Bolívar grabada. Las palomas, el fotógrafo, los jubilados, la lluvia y el gris y aquella frase de Santander que por orden de quién sabe quién estaba escrita por los siglos de los siglos encima de la puerta del Palacio de Justicia: “Las armas os dieron la independencia, las leyes os darán la libertad”.

No obstante, también iba con un millón de datos sangrientos metidos en la piel, porque el lugar a donde iba fue escenario de bombardeos, de muerte, drama, dolor e historia. Y por allí comenzaron a desfilar todos los jueves de todas las semanas desde el año de 1983 aquellas madres de mayo que el mundo conoció con sus pancartas y vestidos negros, sus silencios y sus rostros demacrados y los retratos en pancartas de sus hijos y nietos desaparecidos.

Buenos Aires, Plaza de Mayo, diciembre 21 del año 2001. El tipo se sentó en uno de los pocos bancos de la interminable plaza, de frente a la Casa Rosada. Eran las 12 del día. Recordó que un día a mediados de junio de 1955, cientos de miles de cabecitas negras y descamisados habían ido llegando hasta allí para aclamar a Juan Domingo Perón, para gritarle que ellos lo apoyaban, que estaban con él, que nada ni nadie los iba a espantar, pero entonces oyeron ruidos de motores, de hélices, y luego el silbido de bombas que caían. Era el fin del mundo, claro. Las bombas cayeron en pleno centro de la ciudad. Reventaron los edificios, los carros, la vida.

Nunca se supo cuántos fueron los muertos, 300, 500 o mil, ni los nombres de los responsables de la masacre. Dijeron que habían sido los aristócratas, los militares, algunos sectores de la Iglesia, y en fin, los altos poderes de la Argentina. Con el tiempo unos multiplicaron todas las cifras.

Otros ocultaron el asunto, lo desaparecieron. En esa misma plaza hubo muchas más víctimas que las registradas por los libros de historia y los medios. El tipo sentado allí lo sabía. Entonces vio a un grupo de cinco peludos con banderas amarillas que protestaban a los cantos por la desaparición de algunas focas en la Patagonia.

A las cuatro fueron 20 los que peleaban por los derechos de los gatos, y 10 minutos después, 150, vestidos de blanco y negro. Reivindicaban el derecho de los ajedrecistas a jugar en la calle. De pronto esos 150 fueron mil, y cinco mil, y 50 mil, y 100 ó 200 mil. Cantaban como en los estadios y saltaban y con sus manos apuntaban hacia la casa de gobierno. “De la Rúa, la p… que te parió”. “De la Rúa… largate o te largamos”.

Unos llevaban cacerolas y les daban con palos y cucharas o con las manos. Otros prendieron fuego. El presidente Fernando de la Rúa renunció. Si no lo hacía lo habrían sacado vivo de su palacio y el palacio hubiera terminado hecho polvo. Por una noche los que siempre habían perdido ganaron, y el tipo de esta historia fue uno de ellos.