Taxistas a 140 kilómetros por hora

Los aficionados a la velocidad se reúnen en las madrugadas en las principales vías para correr.

Bernardo* le ordena a su copiloto que suba los vidrios del carro, porque “las ventanas abiertas cortan la velocidad”. Luego prende las luces estacionarias, “para que los demás taxis sepan que estamos compitiendo y nos den paso”. Hunde el pito dos veces para señalarles a sus compañeros que es hora de empezar la competencia.

Él, y tres taxistas más, se detienen frente a un semáforo en rojo. Después de unos segundos la luz cambia a amarillo. Los pilotos revolucionan el motor de sus autos. Cuando cambia a verde, aceleran. Son la dos de la mañana y la Avenida Boyacá, a la altura de la calle 167, es exclusivamente de ellos. El ganador del pique se puede ir con 200 mil pesos, o con dos millones. La apuesta la hace cada competidor.

El lugar y la hora de la competencia los habían anunciado alguno de los coordinadores de los piques unas horas antes a través del “radioteléfono privado” una frecuencia alterna que utilizan los taxistas para comunicarse entre ellos y que es instalada “bajo cuerda” por sólo nueve mil pesos. “Quiubo muchachos, hoy hay pique en la Boyacá con 167”, dice una voz que todos identifican. “Y así se va pasando la bola”, cuenta Bernardo.

Los que deciden aceptar la invitación se reúnen antes de la competencia, en una bahía al norte de la ciudad, para hacer sus apuestas. El organizador de los piques, “un paisita llamado Mario”, recolecta el dinero. Su comisión es el 10 por ciento del acumulado total. “¿Cuánto va a apostar esta noche?”, le pregunta el paisa a algún taxista, quien le responde que solamente $50 mil porque el trabajo ha estado muy malo. “¿Sólo 50? Eso es muy poquito, aquel va a dar 100”. Finalmente llegan a un acuerdo y la apuesta se concreta en $70 mil.

La última semana los taxistas se han cuidado de organizar piques. Las cuatro explosiones que resonaron en el centro, el norte y el occidente de la ciudad alertaron a la policía y las avenidas principales de Bogotá, que solían estar desiertas y a oscuras en la madrugada, están ahora vigiladas por motos y patrullas que se detienen en cada esquina en busca de sospechosos.

Así sucedió el pasado miércoles en la Avenida Boyacá, minutos previos al pique en el que competiría Bernardo. Una moto con dos policías se acercó al grupo de taxistas. “¿Qué pasó, muchachos, sindicalizando o qué?”, les dijo uno de los uniformados , y los conductores le dieron cualquier excusa para justificar el corrillo. Los oficiales creyeron y se retiraron. “¿Si ve cómo deja uno sano a un policía?”, comentó uno de ellos, y todos se rieron.

La carrera comenzó en la Boyacá con calle 152. Cuando el semáforo ubicado en esa dirección cambió a luz verde, los cuatro taxis arrancaron. “El Enano siempre me coge la delantera. Es que me hizo trampa, me cerró en la curva”, renegaba Bernardo con la mirada clavada en su contrincante. En pocos segundos el velocímetro pasaba de 80 k/h, a 100, a 120, a 140. “Hemos llegado hasta 240”. Bernardo continuaba en el segundo lugar.

“El que corone esta curva gana la carrera”, decía, mientras atravesaba la calle 170 y hacía un retorno para volver al punto de partida, la 152. El Enano seguía en el primer lugar y Bernardo se quejaba de su mala suerte, “mierda, está muy dura mi direccional”. Con un tiempo de tres minutos 56 segundos, y contra todos los pronósticos, Bernardo fue el ganador.

El pique de esa noche estuvo tranquilo, sin contratiempos ni persecuciones ni accidentes ni muertos. Porque “lo de los muertos es cosa del pasado dice Bernardo, cuando no era seguro correr”. Es decir, explica, cuando no estaban organizados,


como ahora, que durante el pique hay un taxi parqueado en cada esquina para avisarles a sus compañeros: “vía libre”, “ojo, un niño”, “viene un carro”, “cuidado, una volqueta”.

Según Bernardo, cuando no era “seguro” correr, había muchos incidentes que terminaban en un muerto. Como en un pique en 1992, en la Avenida de las Américas, cuando un taxista, por tanta velocidad, por tanta competencia, se montó en un separador y se chocó contra un poste.

El motor quedó partido por la mitad y el conductor murió al instante. Ahora, según ellos, son hasta “seguras” las carreras en contravía por la Séptima. “Si usted viera, hermano, a dos taxis, desde la calle 180 hasta la 163, en contravía, a 120 de velocidad y por plena séptima, ¡para matarse!”, contaba uno de los competidores, emocionado.

Para lograr la máxima velocidad, que puede llegar hasta 240 k/h, los taxistas transforman sus carros. El arreglo más común que les hacen, el que está de moda y del que todos hablan con emoción remitiéndose a la película Máxima seguridad porque los autos de esta cinta corrían con este sistema, es la bomba de nitrógeno, conocida en los talleres de mecánica como óxido nitroso.

 “Mientras mas oxígeno tenga el motor para quemar, se le puede meter más combustible y produce más potencia. Eso es lo que permite este cilindro”, explica Germán Giraldo, mecánico del Autódromo de Tocancipá. La instalación de este sistema cuesta 800 mil pesos y la recarga del óxido, que se comercializa en botellas de cinco kilos, cuesta 130 mil pesos y pude durar de ocho a 14 piques.

También les instalan un “geder”, que es “un sistema de tubería que mejora la eficiencia del escape y le da más potencia al motor”. Costo: de 180 a 250 mil pesos. Otro sistema de alta velocidad son las bombas de inyección en cada válvula, que mejoran la eficiencia del motor. Costo: $2 millones y medio. Y el más común es el turbo, que también da más potencia. Hay otro sistema más eficiente para aumentar la velocidad, que es el supercargador, que puede costar $10 millones. “Casi nadie lo utiliza, porque es muy costoso. El 80% de los carros que corren en Tocancipá tienen turbo, el 10% óxido nitroso y el resto corren a pulmón”, explica Giraldo.

Bernardo dice que los piques nocturnos de taxistas han existido siempre. “Lo que ha cambiado es la maquinaria y la tecnología”. Él ha invertido varios millones en arreglar su carro. Pero sabe que siempre que corre gana y así recupera la inversión. En una noche se puede llevar un millón de pesos, “que se van en la residencia y la amiguita”. Él sabe que los piques son ilegales y peligrosos. Pero “la adrenalina que se siente pilotando un carro a esa velocidad, lo vale todo”.

*Nombre cambiado a petición de la fuente