Triste, solitario y final

Por un momento me vi, adolescente años 70, detrás de una pelota desteñida, pesada de tanta agua y tantos puntazos, eludiendo pastizales y charcos y piedras ante un enemigo anónimo.

Había perros. Unos de collar y libreta de registro azul, otros de pura y cruda calle, pero entre ellos se entendían y de cuando en cuando parecían ponerse de acuerdo para meterse en nuestros partidos. Había gamines, como aquel Copetín que salía en las tiras cómicas de los diarios, gamines de todas las edades y colores que no atracaban a nadie.

Ellos jugaban también, porque en aquel parque, que luego fue el de la 93, no había espacios vedados. No había prohibiciones, como hoy, ni guardias con gigantescos y amenazantes perros negros ni policías en todas las esquinas ni celadores armados cada 10 metros, como hoy.

Nadie cortaba el pasto ni sembraba flores, es cierto, y si alguien lo hacía era por su propia cuenta y una vez cada año. Aun así, y muy a pesar de los pastizales, los montes dispersos y los rodaderos oxidados, era lindo escaparse de clase para jugar a la pelota.

Un día todo cambió. Corrió la voz de que iban a transformar el parque. Unos vecinos dijeron que construirían en su lugar más edificios; otros, que la zona por fin tendría altura. No hablaban sólo de metros y metros y metros de construcción. De pronto, las viejas casonas de un piso que rodeaban el parque se fueron abajo.

En pocos meses surgieron, lujosas, 20 o más edificaciones que comenzaron a llamar “inteligentes”, porque las luces y las puertas se encendían y abrían por sí solas. Brotaron, de la nada, unos 30 cafés y restaurantes, “los más ‘in’ de Bogotá”.

“Lo más ‘in’ de Bogotá” invadió la zona. Se volvió prohibido jugar a la pelota. A los “Copetines” del Siglo XXI los mantuvieron a raya, lejos de los ‘in’. Cuentan que algunos han logrado colarse, vestidos a la moda o disfrazados para la ocasión. Yo no me vi ni en ellos ni en los habitués de la zona aquel sábado por la tarde, cuando me senté en un banco, “triste, solitario y final”, como hubiera dicho Oswaldo Soriano, a ver la vida nueva pasar y recordé aquellos tiempos psicodélicos en los que solía jugar a la pelota sin que los policías me la confiscaran.

Temas relacionados