Un hombre con mucha madera

Pedro Hernán Santa estuvo casi dos años en prisión. Hoy su vida está encaminada hacia los negocios y la exportación.

Como cuando era niño, Pedro Hernán Santa se entretiene con un juego de cucunubá y recuerda épocas de infancia en las que a pesar de los problemas siempre había espacio para reír un poco con los amigos; a este santandereano siempre le inquietaron el mundo y sus verdades, la forma de hacer las cosas con sus propias manos y de conocer más de lo que la vida misma le podía brindar. Esto lo llevó a pasear por las calles, el encierro, el fraude y la soledad desde muy temprana edad.

A los 18 años su vida cambiaría al saber que quien lo llevó por nueve meses en su vientre, la persona que le abría la puerta todas las mañanas para poder dormir después de una larga noche de alucinar natural o inducidamente, ya no estaría para recibirlo con un desayuno y el amor que mitigaba el eco paternal de la dureza de los militares que  retumbaba en la casa.

Sus trabajos se caracterizaban por ser informales. A Pedro Santa no le preocupaban ni el futuro ni la estabilidad. Por eso, desde su cuarto de alquiler al sur de la ciudad, salía todas las noches a vender sus mercancías ilícitas en las discotecas más famosas del norte.

Terminó en la cárcel. Allí aprendió a hacer aviones de balso  y llevaban su imaginación hacia otras manualidades. La madre de su primer hijo poco a poco dejó de visitarlo, pues se fue a  rehacer su vida. Por una circunstancia casual, Santa se encontró en prisión con un viejo amigo de la familia, el hombre que se encargaba de tomarle las huellas digitales a los presos que llegaban. Ese guardián no dudó de que las capacidades de Santa lo sacarían de allí y lo llevarían lejos en la vida.

Al darse cuenta de que las oportunidades laborales para un ex convicto no eran nada favorables,  decidió seguir de independiente, ahora lícito, y ser pionero en diseñar y fabricar avena en bolsa. Sin embargo, algunos malos negocios lo llevaron a la quiebra. Intentó de nuevo con tableros de acrílico, esta vez con mejor suerte, y por unos años.

Después, el talento y la persistencia lo llevaron a la ebanistería: este sería el atractivo principal para que el IPES (Instituto Para la Economía Social) lo encontrara por las avenidas de Bogotá y le brindara apoyo para ser uno de los 530 microempresarios participantes en la VIII versión de la Feria de las Colonias, en Corferias, que por estos días y hasta el 20 de julio estará con las mejores muestras de los artesanos colombianos.

Ahora, con camarotes, muebles para oficina y artículos decorativos, Santa está a las puertas de la exportación, ya que al pabellón tres, ‘Hecho en Colombia’, han llegado comerciantes interesados en expandir su mercado a otras culturas.

Rodeado por sus tres hijos y a los 54 años, ve cómo su microempresa comienza a crecer. Recuerda los días duros que lo llevaron a pasar por momentos sin explicación clara, días complejos que le enseñaron los riesgos de vivir al margen de la ley, sin embargo, que le darían la oportunidad de trabajar con maderas, y con ellas, construir su futuro. Tal vez alguno dirá que comenzó tarde. Él, simplemente, piensa que lo importante fue cambiar.