Una ciudad de tastases

¿En qué barrio no hay un billar? ¿En qué casa no ha habido una discusión por este deporte? ¿Negocio? ¿ O vicio? ¡Pase a la mesa!

García Márquez y Álvaro Mutis preferían los del Café Europa o los del Café París, en el corazón de la Bogotá que se resistía a abandonar la pose modernista.

Antes que a los poemas, Mutis sucumbió a la tentación del juego, a los sonetos de las tres bolas de marfil, a la magia de los efectos. El Nobel le echa en cara al gran amigo: la causa de no haber llevado más lejos aquella “vocación feroz” por la literatura es el  “maldito vicio del billar”. Con su poder de concentración, Gabo habría sido tahúr, como su paisano de Aracataca, el supercampeón Mario Criales.

Prefería el realismo mágico de la máquina de escribir, mientras a Mutis el juicio sólo le alcanzaba para un verso y una carambola. Hoy el propio Maqroll lo reconoce: “En un último intento para lograr el diploma de bachiller, me matriculé en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, en Bogotá. Mi profesor de Literatura Española fue el notable poeta colombiano Eduardo Carranza y a dos cuadras del Colegio estaban los billares…”.

¿Clubes de perdición o de inspiración? Me parece que tienen de las dos y eso los hace más interesantes en una ciudad como esta. Walter Tevis lo resumió en una frase de El color del dinero, el libro que se convirtió en clásico del cine. El escritor norteamericano no jugaba bien al billar, pero le encantaba ir porque es un sitio perfecto para “entender los movimientos humanos”.

En la capital hay más de 5.000 registrados, muchos de ellos clásicos. En el Londres, El Patriarca, Chapinero, Country, El Mirador de la 147, donde ahora acostumbro a jugar al menos una vez por semana, encuentra uno poetas que no tacan pero declaman; marinos añorando travesías; litigantes mudos, concentrados en los efectos naturales y contrarios; pensionados que alternan sus últimos días entre el tablero de ajedrez y la mesa de paño verde italiano; adolescentes que saben más de


sistemas numéricos para carambolas a tres bandas que de la vida; apostadores compulsivos agresivos; alcohólicos públicos; vagos ‘gotereros’ que ven pasar la vida al ritmo de los tastases; abstemios como yo a quienes les basta una botella de agua, pizarra y bandas tibias, taco noble, casquillo entizado y pulso reposado para alcanzar el trance. Tal vez ningún padre de familia que lea esto va a estar de acuerdo conmigo, menos si sabe que es el discurso parcializado del hijo de Gilberto, campeón máster distrital, mi partner.

¿Qué buen ejemplo se encuentra en un billar ? No muchos. Aparte de Mutis, Jaime Bedoya, campeón nacional de carambola libre, en cuadro, a tres bandas, campeón suramericano, latinoamericano, fue cuarto en el mundo. Lo asume como un “deporte ciencia, de mente y disciplina”. Me lo dijo en el Club Internacional, entrenando en una mesa Sam española, a las 10 de la mañana.

Sí. Es verdad. El condenado negocio y la diversión están del otro lado. Pero sin ese caos estos salones no serían retrato de ciudad. El lugar ideal para un encuentro de amigos. Mutis lo dijo en un verso de Cita: a la hora “del golpe de las bolas de billar”, en ese momento preciso convendría encontrarse. Cortázar se lamentaba de no haber conocido a Felisberto Hernández en un club de billar, para estrecharle la mano con confianza, para cosechar una amistad entre chico y chico, para charlar de las carambolas de la vida. ¡Bendito vicio!