La vida al borde de un abismo

Los habitantes del barrio El Progreso denuncian que hay más de diez casas a punto de caerse y que no han recibido respuesta de las autoridades.

Los últimos dos muertos que aparecieron tirados hace quince días en una calle de Altos de Cazucá, la supuesta presencia de las Águilas Negras en ese sector y una laguna que resultó convertida en una gran fosa común, han dejado en el olvido a familias como la de Efraín Caicedo, que habitan la misma zona pero viven un drama diferente: sus casas están al borde de un abismo. Con las lluvias se ha ido derrumbando más. Están a punto de quedar atrapados en una avalancha, y según los vecinos de la comunidad, a pesar de las reiteradas advertencias, la administración municipal no ha hecho nada. La Alcaldía se defiende, dice que el requerimiento para realizar una inspección llegó apenas el martes de la semana pasada.

“La atención de las autoridades se ha centrado en otras cosas, como la inseguridad. Pero se les han olvidado aspectos fundamentales para vivir, como es tener una casa segura”, dice Nelson Pájaro, presidente de la junta de acción comunal de El Progreso, el barrio donde vive don Efraín con su esposa, Marleni Gutiérrez, cinco hijos y cuatro nietos, que tienen entre un año y medio y tres años de edad.

Cada vez que los nietos de don Efraín salen a la calle, hay decenas de advertencias de los adultos de la casa: “No corran, no jueguen afuera, no se acerquen al barranco que de pronto se caen”. Las recomendaciones las están haciendo desde hace un año, porque el lote que quedaba al lado de su rancho se lo han ido llevando los fuertes aguaceros, hasta dejar un abismo de 20 metros de altura a tan sólo unos pasos de la puerta de su casa.

Los niños no volvieron a jugar afuera, y la familia Caicedo Gutiérrez no volvió a tener tranquilidad. Cada vez que llueve por las noches, los mayores interrumpen el sueño para escuchar cómo van rodando las enormes piedras por el abismo, cómo la montaña se va derrumbando, y sin perder tiempo, abren la puerta para vigilar la caída del agua. “Debemos estar pendientes para salir corriendo”.

Son doce casas las que están en peligro de deslizamiento, según Nelson Pájaro, y 23 ranchos los que podrían quedar sepultados en la parte inferior de la montaña. “Llevamos casi un año en diálogos con la Alcaldía, pero todavía no han hecho nada —cuenta Pájaro—. Cada vez que hay un aguacero y empieza a caerse la montaña por partes, llamamos a los bomberos y ellos simplemente llegan, supervisan el recorrido del agua, el desprendimiento de la tierra, acordonan el sector con una cinta que dice ‘alto riesgo’ y se vuelven a ir”.

La secretaria de Gobierno de Soacha, Ligia Goyeneche, dice que la solicitud para realizar una inspección llegó sólo hasta el 24 de junio. “La visita no se ha realizado porque hemos tenido deslizamientos en la parte baja de la montaña, en el barrio Villa Esperanza, El Barreno. Allí, con el aguacero del jueves de la semana pasada se derrumbaron algunas casas. Ese mismo día


se presentaron emergencias en todo el municipio, en barrios como Corintos, Los Robles y La Capilla. Se desbordó el río Soacha e inundó sectores como Altos de la Florida y El Divino Niño”.

Según Goyeneche, la casa de don Efraín está construida en una zona ilegal. “El 80% de las construcciones que hay en Soacha son ilegales. Toda la zona de Altos de Cazucá está construida sin licencias, los habitantes de estos sectores saben que están en zona de alto riesgo. Todo lo que hay sobre la loma es invasión”.

La llegada  a la capital

Efraín Caicedo llegó a Bogotá hace más de 20 años. Vivía en Armenia con su esposa. Entre los dos decidieron viajar a la capital porque habían escuchado que en esta ciudad encontrarían trabajo, oportunidades y dinero. Primero llegaron a pagar arriendo a Bosa. Don Efraín entró a trabajar como cotero en Corabastos. Años después compraron un terreno por cinco millones de pesos en Altos de Cazucá, construyeron un rancho y se pasaron a vivir allí. Desde ese momento ya han pasado 10 años, tiempo en el cual se han tenido que acostumbrar a la violencia y a la inseguridad, así como a la presencia de la Policía “sólo cuando hay muertos y vienen a recoger los cuerpos”, como dijo un vecino del sector. Ya se habían acostumbrado a vivir inseguros por esas razones, pero desde hace unos meses se les acabó la poca tranquilidad que les quedaba. Temen quedarse sin rancho o, peor aún, morir sepultados.

No sólo ellos viven con ese temor. Sus vecinos también sienten que corren peligro. Los niños tienen prohibido salir a jugar en las calles de barro, porque a alguno le puede pasar lo que le sucedió a Javier, el hijo de doña Rita Cifuentes. El niño, de diez años, estaba jugando, dio un paso en falso y se cayó al abismo. Afortunadamente, dice la mamá, sólo se abrió la frente, pero pudo ser más grave. Los vecinos de El Progreso piden que los reubiquen en una zona segura. “Llevamos casi un año en esto. Las autoridades  vienen, nos visitan, y se vuelven a ir. La visitadera no nos sirve de nada. Nos tienen que solucionar el problema”, expresa Nelson Pájaro, el principal líder del barrio.  Ligia Goyeneche argumenta que  la Alcaldía les ofrece a las personas que viven en lugares de alto riesgo un arriendo de $250 mil, durante seis meses, para que salgan de esa zona.  

Mientras llega la visita y la ayuda, la familia Caicedo Gutiérrez  sigue sin conciliar el sueño. “No puede uno dormir de pensar que un aguacero se nos puede llevar la casa, que en cualquier momento se nos cae en pedazos”, dice Leidy, de 19 años, madre de Liseth y Juan David, dos bebés de uno y tres años de edad.

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