Yo vigilo, tú me vigilas

El sector de la vigilancia privada genera 170.000 empleos

Mientras la ciudad aún duerme, sumida en un pesado letargo, él se levanta. El reloj marca las cuatro de la mañana, la oscuridad aún cubre todos los rincones de Bogotá. Dos horas después, luego de atravesar de un extremo a otro la capital, llega a su puesto de trabajo. Literalmente es su puesto, ya que, en buena parte, sus funciones son sentarse y esperar.

Él hace parte del pequeño ejército de la vigilancia privada, un pulpo enorme con tantas ramificaciones como preocupaciones pueden tener los seres humanos. Este monstruo gigante genera, aproximadamente, unos 170.000 empleos directos y tiene cobertura nacional.

La seguridad es un tema prioritario en un país como Colombia, en donde buena parte de la historia patria está manchada por la violencia y donde la paranoia comienza a ser no una condición mental, sino un rasgo de personalidad de la población. Al igual que los seguros de vida, la seguridad privada negocia con la misma materia, se alimenta de la misma fuente: la incertidumbre, la imposibilidad de saber desde dónde o cuándo vendrán los ataques, los robos, los muertos.

El gran hermano

En el país hay, según la Superintendencia de Vigilancia y Seguridad Privada, algo así como 758 empresas dedicadas a cuidar el sueño y la tranquilidad de los colombianos. De éstas, el rubro más numeroso son los departamentos de seguridad,  encargados de estas tareas al interior de las empresas; de estos existen 1.298. En segundo renglón se encuentran las empresas de vigilancia privada con armas, que suman 525.

A todas y cada una las regula la Superintendencia de Vigilancia y Seguridad privada. La seguridad no es juego, mucho menos cuando se está hablando de un sector que genera al año más de tres billones de pesos en ingresos.

Los controles son tan variados como curiosos. Dentro de las 20 resoluciones emanadas por la Superintendencia  están contenidas las reglas en cuanto a armamento, capacitación y funciones se refiere. Para el ente no hay detalle que se escape, todo es importante, hasta los colores de los uniformes de los vigilantes. El espectro cromático es sospechoso.

Para constituir una empresa de servicios de vigilancia, o de algún otro ramo del sector, debe enviarse una petición al gran ojo que todo lo ve. Es éste quien  analiza la propuesta, evalúa los riesgos, justifica las medidas. En últimas, la Superintendencia decide si es adecuado para una organización el uso de perros antiexplosivos, si debe tener un tanque o una pistola.

1, 2, 3: Vigilante

Tal vez el aspecto más visible, la cara que sale al escenario todos los días, sea el de la vigilancia privada; los miles de hombres y mujeres que abren puertas, revisan paquetes y contestan citófonos todos los días. Sin embargo, detrás de la cortina se esconde todo el equipo técnico, aquellos que preparan la función, los maquilladores, los encargados de las luces, los del vestuario.

Dentro de este sector se encuentran las escuelas de capacitación,  encargadas de, como su nombre lo indica, dar la instrucción necesaria para aquellos que quieren emplearse como vigilantes.

La Academia de Formación en Seguridad Colombo Latina es una de las 56 de su tipo que se encuentran dispersas por todo


el territorio. Tiene 11 sedes a nivel nacional y funciona desde hace 10 años. Al mes gradúa, por cada sucursal, 300 personas en varias modalidades. Eso es un promedio de 80 por semana.

Para ser vigilante hay que aprobar, al menos, dos cursos. El primero, que en esta escuela tiene un valor de $100.000, es una introducción a la vigilancia y la seguridad privada. En él, los alumnos tendrán que revisar rápidamente temas como deberes, derechos, obligaciones y anotar juiciosamente en sus cuadernos el cómo, por qué y para qué de la vigilancia privada, una especie de credo que recitarán todos los días antes de entrar a trabajar, cuando se acuesten, mientras esperan.

Después de esto, el aspirante debe escoger. Al llegar al curso básico, con un valor de $105.000, el segundo peldaño en la escalera que lleva hacia la seguridad, la persona se va por uno de cuatro caminos: vigilancia, escolta, supervisor u operador de medios. El más pedido, según la misma escuela, es el de vigilancia: la preocupación no deja dormir a nadie.

En esta etapa del proceso la persona ya está lo suficientemente capacitada para golpear la puerta de una de las 662 organizaciones de vigilancia privada, que se dividen en empresas de vigilancia con armas, sin armas y cooperativas de vigilancia con armas.

Sin embargo, las opciones no se acaban ahí. También existe un curso avanzado, en donde se profundizan los conocimientos adquiridos en el básico, así como una rama exclusiva para especializaciones, que incluyen seguridad terrestre, portuaria, petrolera, hotelera, grandes superficies, comercial, residencial, entre otras.

Pero el estudio tampoco finaliza en este punto. Una vez contratado, la empresa de vigilancia debe enviar cada año a su personal a cursos de actualización. De la misma forma, las pruebas de polígono son rutina al interior de una empresa de vigilancia. Apuntar y no fallar es la consigna.

El cuento de la vigilancia

Desde 2002 se venía registrando un descenso en el número de empresas de seguridad privada con armas y sin armas. Sin embargo, 2007 fue el año que aguó la fiesta. El año pasado el sector creció 17% y 16%, respectivamente; esto es, se pasó de 453 empresas con armas en 2006, a 529 en 2007, y de 74 sin armas la cifra subió a 86.

Algunos podrían pensar que la reactivación económica del país y el consecuente disparo de la construcción habrían ayudado a generar más empleo y mercado para el sector vigilancia. Otros dirán que lo que ha crecido es la inseguridad, lo cual  genera una respuesta inmediata en busca de protección, de alguna especie de calma y sosiego. El delicado balance entre los opuestos justifica la existencia de ambos lados: el día genera la noche, la inseguridad la vigilancia.

Paradójicamente, Luz María Lesmes, gerente de Elgy Ltda., una compañía con nueve años de experiencia, y que tiene bajo su cuidado cerca de 30 edificios, afirma que la preferencia de los usuarios, en este momento, es por la seguridad sin armas. “Ellos quieren un vigilante que no esté armado, puesto que en muchos de estos edificios hay niños y gente mayor para quienes las armas, más que una medida de protección son un riesgo”.

No obstante, el hecho incuestionable es que el negocio es bueno. Las tres primeras empresas de vigilancia privada con armas generan, anualmente, ganancias por casi 353 mil millones de pesos. Por su lado, los tres primeros en vigilancia sin armas tienen ingresos cada año de poco más de 47 mil millones de pesos.

Otra de las jugosas aristas del sector reside en el blindaje, una de las industrias nacionales que es reconocida mundialmente por su calidad. La experiencia hace al maestro. En Colombia, 22 de las 33 empresas que blindan y alquilan vehículos blindados provocan réditos por algo más de 90 mil millones.

En cifras

758

es el número de empresas que se dedican a labores de seguridad privada, tanto de vigilancia como de blindaje, transporte de valores y escuelas de capacitación.

3,1

billones de pesos generó en 2007 y 2008 la industria de la seguridad privada, lo que significa un 20% más que en el período entre 2006 y 2007.

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