La hora del confesionario

La ciudad de los pecados y las confesiones vista desde La Porciúncula y el 20 de julio. Infidelidades, lujuria y ambición, tres de las faltas en las que más reinciden los católicos.

En el norte de la ciudad, las paredes del templo son testigos de las confesiones que hacen los ríos de gente, en su mayoría empleados de entidades bancarias, que transitan por el corazón financiero de la capital. Desde las seis de la mañana, las campanas de la Porciúncula acompañan el paso acompasado de los transeúntes que salen apresurados de la estación de Transmilenio de la 72.

Rodrigo de Jesús Carvajal es el párroco de la Porciúncula desde hace siete meses, cuando abandonó su natal Barranquilla para enfrentarse a feligreses menos espontáneos, pero igualmente afectuosos, como él mismo los describe. Allí, junto a los monstruos de concreto,  ejecutivos devotos que arriban antes de que comience el Pico y Placa aprovechan para entrar en el templo. 

¿Cómo son las confesiones hoy?

Hoy en día hay una mayor cercanía entre los fieles y nosotros, hay una acogida fraternal a quienes se acercan a solicitar un servicio nuestro  y mucho más tratándose del sacramento de la reconciliación. En los templos sigue existiendo el confesionario. Comprenderá que la estructura es para aislarnos del resto de la gente, porque ésta casi siempre  acude dentro de la eucaristía, y ahí está un sacerdote celebrando y otro confesando, y existe  también la posibilidad de ir al despacho y pedir una cita.  Los más jóvenes prefieren esta opción, mientras que los adultos mayores optan por el confesionario. 

¿Cómo son las penitencias?

De acuerdo con lo que confiesa la persona. Para cosas leves, se les propone a hacer una oración más profunda. Si se acusan de no venir nunca a la eucaristía, invito a que vengan una o dos misas seguidas. Frente a cada penitencia, se les explica la importancia, el por qué y que no lo tomen como un castigo sino como una forma de alimentar más su espíritu, fortalecerse más en el Señor, porque al fin y al cabo Dios es el que nos da esa capacidad de superar las limitaciones humanas, que por naturaleza las tenemos, y  nuestra tendencia al pecado.

Siempre que se habla de tentaciones la gente piensa en el tema sexual, pero no, por ejemplo  las pirámides, el afán de conseguir dinero y todas esas cosas son tentaciones. Cuando uno está lleno del espíritu de Dios, fortalecido en ese santo espíritu, es capaz de decir “no, yo sé hasta dónde llego”. Para eso, se necesita realmente de esa asistencia divina.

Frente a pecados de tipo social, una penitencia puede ser  traer un mercado para los pobres como una forma de retribuir una corrupción por ejemplo. Algunos también le tienen que retribuir de alguna forma a su empresa si se roban algo.  Yo no he recibido confesiones sobre lo de DMG, pero sí me han llegado comentarios , pero no en un sentido de confesión. Desafortunadamente la gente considera como pecado o falta grave la codicia cuando ya han tocado fondo.

¿Con qué frecuencia se confiesa la gente?

Hay personas que por su formación, en este caso los mayores, se confiesan  el primer viernes de cada mes y se lo ofrecen al sagrado corazón de Jesús. Cada ceremonia se inicia con un acto penitencial, que es válido para arrepentirse de aquellas faltas tontas, que uno no sabe ni siquiera por qué mintió, o una mirada que provocó un mal pensamiento. Ahí no hay pecado,


pues los sentimientos no tienen moralidad, no son buenos ni malos, son reacciones espontáneas a un estímulo. Dentro de la eucaristía, uno se puede reconciliar con Dios y acercarse a la comunión. La iglesia tiene una norma mínima que es de confesarse al menos una vez al año, pero, así como hay que alimentar el cuerpo biológico hay que alimentar el espíritu. Eso se hace con la oración, con la práctica de los sacramentos,  con la lectura diaria de la palabra de Dios.

¿Cuál ha sido la situación más extrema que ha debido afrontar en un confesionario?

Algunas personas vienen con mucha ansiedad y le dicen directamente a uno: “me voy a confesar porque  me voy a suicidar”. Esos han sido los casos extremos, pero gracias a Dios ninguno se ha suicidado. El Señor en esos momentos lo llena a uno de mucha fortaleza, sabiduría y uno entra en un diálogo con la persona y logra  calmarlo poco a poco. Hace poco me ocurrió, acá en la Porciúncula, el caso de  una niña que de casualidad estaba con el novio,  estaba hecha un desastre físicamente y se  había intentado suicidar. No encontraba nada positivo. La tranquilicé hablándole del novio, que  otra persona en esta situación la hubiera abandonado, que se sintiera agradecida. En esos casos se les invita a que después vengan y dialoguen, les doy mi nombre para que me busquen en el despacho. Muchos vienen después de la recomendación.

Hay casos que no son fáciles de  manejar, porque uno no es un psiquiatra. En esos casos, se les aconseja ir a donde el especialista sin dejar de darles una guía espiritual. 

¿Se sigue confesando la gente?

La verdad es que todavía la gente acude bastante.  En las parroquias los religiosos siempre estamos formados como una fraternidad, que mínimo son tres, entonces siempre hay personal disponible para este tipo de atención.

Acuden bastantes personas, hombres y mujeres. La gente joven también viene bastante, es algo muy bonito. Me causa curiosidad que algunas personas abandonan la iglesia católica, se van para iglesias cristianas y, muchos de ellos, cuando están en situaciones muy graves lo vuelven a llamar a uno. De pronto a veces la gente se queda en la formas, que allí se canta, se grita. Esas son manifestaciones externas, Dios es el mismo.

¿Cuál es el pecado que con mayor frecuencia confiesan?

Digamos que una vida desordenada sexualmente. Ese es el elemento común. Se sabe que tal acto responde a la influencia de los medios de comunicación. Digo esto porque en toda novela usted ve que hay promiscuidad  y todo eso va calando en la sociedad. Las personas son más débiles aún cuando no tienen una buena formación cristiana y en valores. Cuando estuve en Barranquilla vi que los niños iban a misa y se confesaban: “le di un beso a mi amiguita”. Escucho desde esos hechos tan inocentes, hasta los problemas que hay entre la familia por mentiras o rabietas, lo cual es lo más común que acerca a los feligreses al confesionario.

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