Buscan rolos para Alá

A los musulmanes bogotanos les encanta orar a una cuadra de la Plaza de Bolívar.

Allí se reúnen todos los días, desde hace más de medio siglo, a la luz del día y en pleno centro del bullicio de la ciudad. Nadie los ve. Su presencia es tan evidente que los oculta, como la carta robada de Allan Poe. Escuchan todo, lo ven todo, pero ellos se mimetizan sin quererlo entre las imágenes de ciudad condensadas en el sector. Entre turistas desocupados, bogotanos presurosos, prostitutas, gamines y caravanas que escoltan a congresistas, ministros y jefes de Estado.

Su mezquita es modesta pero acogedora y al atravesar la puerta principal resulta difícil creer que se encuentre en el cuarto piso del viejo edificio de lo que fue el tradicional almacen Tía de la carrera décima. Allí se congregan todos los viernes al mediodía, para su oración más importante, los musulmanes del sector, quienes escogieron ese enclave para vivir y poner sus negocios de telas y textiles cuando llegaron a la ciudad. Al principio se reunían en casa de algunos de ellos, pero desde 1979 cuentan con su propio centro de oración (mezquita), que a la vez es usado como lugar de estudio (musala), en el que enseñan árabe e islam.

Como la comunidad fue creciendo y, según estudios de la Universidad del Rosario, ya supera las mil personas (más de 300 son colombianos convertidos al islam, los demás vienen de Medio Oriente), cuentan también con otra cerca del estadio El Campín, otra junto al Concejo y la Mezquita Estambul, en Teusaquillo. De arquitectura francesa cuidadosamente preservada, ésta última resulta la más impactante a ojos de los transeúntes. Las demás también distan bastante de esas construcciones mozárabes y eclécticas con que son asociados los musulmanes. Quizá por la misma razón, el imam (líder espiritual) Ahmad Tayel viste como un colombiano común y corriente y no el atuendo del profeta, conocido como sunna. “No tenemos que usar ropa especial para ser musulmanes”, repite tras enfatizar que lo importante es creer que hay un solo Dios en esencia y en persona. Ese fue el mensaje que este sirio, especialista en literatura inglesa, vino a difundir en Colombia hace 17 años, por encargo del Ministerio de Asuntos Religiosos de Kuwait, ante la escasez de líderes espirituales.

Pero como el islam es una religión sin jerarquías, cualquier persona podría dirigir la oración, siempre y cuando sea un buen lector, según Ibrahim Isahani, otro miembro de la comunidad: “Todo creyente debe predicar”.

Ibrahim usa la sunna. Alí Hassam, no. Pero ambos coinciden en las oraciones del viernes con personas como María del Pilar Cortés, de la Asociación Benéfica Islámica de Bogotá. Se descalzan, lavan en orden sus manos, boca, nariz, cara y pies, escuchan una explicación en árabe y luego en español sobre cómo ser un buen musulmán y luego oran por cinco minutos. Se inclinan y levantan varias veces mirando hacia La Meca, en una sala en la que hombres y mujeres están separados mientras oran, como en cualquier comunidad musulmana. Luego retoman sus actividades en medio del bullicio de la Bogotá que aún no se percata de su presencia.

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