Disidentes del Papa

Hacia los 70 vivían en la clandestinidad. Entre los callejones empinados y casas del barrio Guacamayas, al sur oriente de San Cristóbal, leían la Biblia, oraban y se sentían perseguidos, como si se tratara de una sociedad secreta.

Su pecado: predicar la palabra de Dios sin autorización, rechazando los dogmas del catolicismo romano, el que encabeza el Papa, el que condena a los sacerdotes que no se privan de los placeres de la carne, el que no veía en el celibato una opción voluntaria sino un deber ser.

Varios de ellos habían conformado las filas romanas antaño, antes de que se enteraran de que a finales del siglo XIX, un grupo de obispos disidentes del Vaticano, quienes no aceptaban al Papa como timonel de su religión en el mundo, se agruparan en Utrecht, Holanda, e hicieran rancho aparte: la Iglesia Vetero Católica, un catolicismo que le apuntaba a la vieja usanza, al estilo de Cristo, antes de que la ortodoxia tuviera tiempo para confeccionar la doctrina contemporánea.

Luego a Colombia llegó la libertad de cultos con la Constitución de 1991. Pudieron salir a las calles e incluso vivir con sus esposas y procrear si lo deseaban. Desde Bogotá, la Iglesia Vetero la preside Gonzalo Jaramillo, y además de congregar feligreses en Guacamayas, donde antes se escondía, ahora sus seguidores, según cuenta, han llegado hasta España y Estados Unidos, entre otras naciones que han aceptado a quienes él llama “curas modernos”.

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