El arquitecto del jazz

La Universidad de los Andes lanzó hace cerca de dos meses un libro de memorias en su honor.

Eran los años 50. Los faros redondos del Oldsmobile convertible modelo 48 alumbraban la ruta mientras su amigo dormía. Al día siguiente los papeles se invertirían y Ernesto Jiménez dejaría el volante para descansar. Salida: Chicago. Destino: Nueva York. Lugar: Birdland Bar. Objetivo: Ella Fitzgerald y Louis Armstrong. “Eran los tiempos del jazz”.

Con poco más de 20 años, Ernesto Jiménez partió de la capital con rumbo al norte a perseguir la arquitectura y luego el jazz. En su etapa primigenia, la Universidad de los Andes hizo convenios con centros de estudio estadounidenses, planes de intercambio estudiantil, así que luego de trazar sus primeros pergaminos en el centro de la capital fue a parar a la Universidad de Illinois. De tanto en tanto, cuando las obligaciones le otorgaban una licencia, recorría las 60 millas que la separaban de Chicago, donde con la cabeza inclinada hacia arriba y la mandíbula colgando, trataba de ver la cúspide de los edificios más altos que jamás había visto: el Lake Shore Drive, uno de los íconos de la arquitectura moderna.

“Se vivía la posguerra, el aire se mezclaba con la euforia y el progreso. Para alguien que, como yo, venía de estudiar la teoría de la arquitectura, verla convertida en práctica era sencillamente extraordinario, una maravilla. Los rascacielos se levantaban masivamente y el uso del cristal en las construcciones… la razón convertida en edificios”, comenta el arquitecto con voz pausada y analítica. Está sentado en el escritorio de su oficina en el cuarto piso de un edificio engendrado por su lápiz y su escuadra en la calle 79, a la altura de la carrera 15.

Sin meditación previa, Ernesto Jiménez resultó inmiscuido en la obra de dos de los más célebres arquitectos de las últimas épocas. Ludwig Mies van der Roche, quien años más tarde se convertiría en el creador del Lake Shore Drive, había llegado a Chicago en la década del 30, dejando atrás el régimen nazi que de a pasos monstruosos se iba robusteciendo. También tuvo contacto con Frank Lloyd Wright, aquel veterano de pelo blanco, sombrero y cejas tan pobladas como una gran urbe, quien creía que la arquitectura perfecta era la que se pensaba en relación con el entorno, que las construcciones ideales se verían como parte del paisaje y no como simples estructuras. Para él, cada elemento, por pequeño que pareciera, era importante. “La esencia de un ladrillo, por supuesto, reside en su ladrillez”, escribió Wright en alguna ocasión.

Los escuchó a ambos en conferencias como el aprendiz que, aunque lejano, siente cómo cada palabra es la puerta a un nuevo mundo, un mundo que intentaría recrear de vuelta en Bogotá. Regresó a mediados de los 50 con nuevas ideas dentro de su equipaje, a encontrarse con una ciudad de 500.000 habitantes de la que empezaban a desprenderse suburbios.

Jiménez, en compañía de su socio y amigo Álvaro Cortés Boshell, con quien fundaría la firma Jiménez & Cortés Boshell, fue uno de los primeros en diseñar planos para los entonces vírgenes terrenos de El Chicó, Antiguo Country y El Lago. Trabajó, de igual forma, con el también arquitecto y ex alcalde de Bogotá, Jorge Gaitán Cortés, quien lo tuvo de alumno en la Universidad de los Andes y lo metió en la docencia en el mismo claustro. Allí, años más tarde, una de sus estudiantes, de nombre Ximena, diría que su carrera universitaria se dividió en dos: antes y después de Ernesto Jiménez.

Entre las aulas, las mesas de dibujo y la tinta de rapidógrafo, que a veces se derramaba sobre el pergamino y lo obligaba a volver a empezar, este arquitecto ha participado en más de 200 proyectos de construcción. De ellos, el edificio Avenida 82 (calle 82 con carrera 7ª) le valió el Premio Nacional de Arquitectura Bienal en 1996. No obstante, si se le pregunta por cuáles han sido sus obras más gratificantes, responderá que Campoalegre (calle 111 con carrera 9ª), por “la unión que se logró entre las viviendas y la naturaleza”, y su finca de descanso en Sutatausa, una casa blanca de ventanales grandes y espacios amplios en la que cambia el lápiz por acuarela, a la vez que escucha y canta vallenatos y bambucos, o hace remembranza de sus días de jazz.

Ernesto Jiménez es un hombre que con recato reconoce que su ingenio ha dejado huella en una ciudad de muy rápido crecimiento, un hombre de pocas palabras y muchos trazos. “No soy bueno para dar conferencias. El silencio es mejor. Me gusta que la arquitectura hable por mí”.

Temas relacionados