El mundo que fundaron los desplazados

Este es el rostro de la protesta que cumple cuatro meses de realizarse a cuatro cuadras de la Casa Presidencial y tiene en jaque a las autoridades distritales y nacionales.

En una de las esquinas del parque bogotano en el que hace exactamente 122 días conviven 1.939 desplazados por la violencia, Edward Caicedo dicta la lección del día a los niños del lugar. Bueno, no a los 502 muchachitos que, según un censo oficial, se crían en este minipueblo dentro de la capital colombiana —apenas a cuatro cuadras de la casa presidencial—. Son en realidad unas 15 criaturas las que corretean alrededor de las tres bancas en las que, por esta tarde, se estableció la escuela. O lo más parecido a una escuela: un tablero de acrílico apoyado en uno de los asientos, unos colores regados por ahí y unas hojas de reciclar sueltas. Y Edward, que tiene 13 años, es chocoano, lleva tres meses en este mundo recién fundado y se pasea muy parco de aquí para allá con la tarea en la mano. Como buen profesor.

Se trata del primer día de clases del niño de dientes blanquísimos y chaqueta recién adquirida. Lo asesora Cristian Vega, un estudiante de ingeniería forestal de la Universidad Distrital que junto a cinco voluntarios aparece todos los días en el parque para brindar algo de educación a quien quiera. Las vocales, uno de los temas. Es el sueño hecho realidad de Edward, que cuando grande quiere ser maestro. Sin embargo, su cuarto de primaria este año en Quibdó fue interrumpido debido a la guerra que obliga al destierro. Ahora el único colegio que conoce es este improvisado.

Un colegio que se inventa en un universo en el que, de hecho, todo es improvisado. Mal contados, cerca de 500 cambuches se levantan en buena parte de las 16 hectáreas y media del sitio bautizado como Tercer Milenio, inaugurado con bombos y platillos pues con su nacimiento se enterraba para siempre el tristemente célebre Cartucho ahí asentado, y que alguna vez se ganó el primer premio de la XX Bienal Colombiana de Arquitectura en la categoría de Desarrollo Urbano y Paisajismo.

Hoy, el paisaje es el de un cuadro en el que se ven las carpas —de menos de un metro de alto y armadas con bolsas plásticas, sacos sucios, afiches de cualquier clase y trozos de madera— agrupadas en 11 “islas” o sectores, con humo de fogones decorando por encima y ropa recién lavada de todos los colores y por todas partes. Alrededor, la cerca de la policía con sus hombres verdes y negros, protegidos con cascos, bolillos y escudos, que bordean la malla verde y las vallas de protección patrocinadas por una marca de cervezas.

Un panorama que en pocas horas cumplirá cuatro meses. Al menos, podría cumplirlos si la negociación entre las autoridades estatales y los desplazados, que comenzó la semana pasada, no llega a ninguna parte. Un panorama sometido a un clima de tensión que recientemente llegó a su punto más crítico. Todo por cuenta de dos casos de violación a menores de edad, difundidos ampliamente en los medios nacionales. Un panorama en el que, en todo caso, los minutos parecen estar contados.

Edward no habla del asunto. Es obvio que no tiene mucha idea del lío político que ha generado la protesta de los desplazados que, como nunca antes, alzan la voz, firmes, al Estado para reclamar techo digno y trabajo. Salió de su tierra con su hermano, su cuñada y su sobrino para aterrizar en este parque en el que hoy da clases. Le dijeron que era Bogotá. “Al principio me dio frío. Yo traje un buzo de Quibdó y después me dieron esta chaqueta”, y me sonríe, y su sonrisa es limpia y conmovedora.

“De aquí nos sacan muertos”

El día después del escándalo por las violaciones cometidas dentro del asentamiento, el cielo amaneció de luto. El parque, como casi siempre, se levantó a eso de las 4:30 de la mañana, después de una noche plena de incertidumbre por un censo oficial que todo el mundo confundió con un operativo para llevarse a los niños. Fue uno de los temas del día: en versiones de prensa se dijo que el Instituto de Bienestar Familiar entraría para recoger a los menores enfermos, tratarlos y devolverlos sanos. Nadie creyó que la entidad oficial no quisiera quedarse con ellos permanentemente, lo cual generó pánico en unos e irritación en otros.

Uno de los que más evidenciaron su cólera por el asunto fue Pinochito: “Vaca parida no pasta lejos, papá. No se van a sacar nuestros chinos. De aquí nos sacan con vivienda, comida y proyecto productivo o muertos”, dice levantando el puño amenazante una y varias veces, para luego arreglarse la gorra roja sobre una cabeza rapada al estilo militar.

Tiene mote de niño y estatura de niño, pero en realidad bordea los 30 años y es uno de los 26 líderes de la protesta, divididos según él entre los que “organizan lo menos complicado” y aquellos que están “parados en la raya”. Los segundos son 12 aparentemente dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias para conseguir lo que creen justo.

Pinochito, quien prefiere que su nombre se mantenga en reserva por seguridad, justifica la toma del parque en la ineptitud del Estado para solucionar el drama de los desplazados. “Ellos levantan el polvorín con sus actos... por su culpa esta protesta es una olla express de cuatro litros a la que le metimos 100 litros”.

De nuevo el puño, la gorra. Luego, me propone un recorrido por el lugar, cuya primera parada es en la olla comunitaria en la que don Pedro Antonio Peña prepara alimentos para él, su ahijado y sus vecinas. La leve llovizna que cae entonces no intimida el fuego que el señor de 72 años atiza de cuando en cuando.

El tinto empieza a hervir en un caldero curtido y al lado, en otro muy parecido, el arroz colorado se seca, dejando ver unas verduras rojas, verdes y anaranjadas. Las noticias de la radio se escuchan desde un cambuche cercano y el anciano, de ojos azules, mezcla la comida con dos cucharazos y acomoda una piedra que amenaza con desbaratar el fogón.

Son casi las nueve de la mañana y la rutina de este desplazado, proveniente de Florida, en Santander, se repite en casi todas las carpas. La olla, el arroz, el tinto y, en algunos casos, granos o plátanos fritos.

Más allá, en la plaza central del parque, cinco mujeres lavan ropa y dos hombres toman su baño. “Tenemos dos mangueras que usamos por turnos, para bañarnos o para llenar las canecas”, explica Pinochito. “Yo me baño por ahí cada tres días”.

En un cambuche vecino, cerrado con una puerta que parece de madera, se asean las mujeres. Bueno, se asean aquellas que tienen para pagar los 300 pesos que cuesta el alquiler de esa especie de “baño privado y exclusivo” que funciona con manguera. Doña María Oliva, una señora muy bajita de ojos grandes, trabaja lavando la ropa de algunos de sus compañeros para ser una de las pocas que se pueden dar el privilegio.

No es la única que labora sin tener que salir de la ciudadela a vender tintos o verduras, como hacen muchos. El recorrido con Pinochito llega ahora a la peluquería de Sixto Javier, un moreno de 23 años que prestó una máquina eléctrica para rapar hombres y niños a dos mil pesos por cabeza. Realmente, la infraestructura del negocio se limita apenas a una banquita y un extenso cable que va quién sabe a dónde por la energía que permite encender el aparato. Energía que sirve para los dos televisores que alcancé a ver dentro de cambuches en la caminata. Cambuches en los que apenas si cabría un niño y que milagrosamente alojan entre cinco y seis cristianos cada uno.

Las horas pasan, y el día, y se acaba el recorrido. Más caras, más historias, más miserias. Mientras, se empieza a vislumbrar para estos manifestantes una luz con las jornadas de concertación en las que, advierten, no piensan ceder.

 

últimas noticias