Víctor Gaviria visita Ciudad Bolívar

El director y una de sus actrices recorren las zonas más conflictivas de la localidad para proyectar sus películas y escuchar vivencias.

Mileider Gil tiene 23 años, un noviazgo tranquilo y un trabajo aceptable en un negocio de internet. Las calles de Medellín se convirtieron en su único hogar cuando tenía cinco. De la mano de una amiguita de su misma edad las recorrió de arriba abajo y de abajo arriba. A los siete conoció las drogas y empezó a pedirles plata a desconocidos. Cometió “todo tipo de travesuras” hasta que un día, cuando ya había cumplido los 10, un funcionario estatal se la encontró y la obligó a internarse en un hogar de paso.

Tal cual, esta es la historia que Mileider —vestida con una infantil blusa a cuadros color fucsia y un pantalón blanco— ha venido a contarles hoy a los alumnos de 6º, 7º y 8º grado de bachillerato del colegio Cundinamarca, en el barrio Perdomo de Ciudad Bolívar.

El ambiente en el auditorio repleto de sillas plásticas es de total desorden. Muchos desatienden las palabras de la invitada, pero aquellos que la miran lo hacen con el rostro iluminado. Parece que esos estudiantes, de uniforme azul muy oscuro, no pueden creer que se trate de la misma persona que vieron actuar en la película que les acaban de proyectar los profesores.

Porque Mileider es una de las protagonistas de la que podría ser la cinta colombiana más emblemática en el tema de la juventud desesperada y enloquecida de los barrios populares: La vendedora de rosas, una obra de arte creada “con el material de la vida misma”, como explica su director Víctor Gaviria. Una obra de arte a la que, de hecho, sólo le sobrevive la joven que hoy se presenta.

Su paso por esta institución forma parte de un recorrido de tres meses que ella y Gaviria, su mentor, realizarán por unos 20 colegios de Ciudad Bolívar, situados en las zonas más conflictivas de la localidad, para proyectarles a los alumnos la película y hablarles sobre su contenido.

Una actividad —liderada por la Alcaldía de Ciudad Bolívar y la Corporación Festival de Cine Santa Fe de Antioquia— que bien queda resumida como: el artista —uno de los más brillantes artistas del país— que recrea un universo y luego lo comparte con aquellos seres que a lo mejor están viviendo en uno muy similar.

“Son pelaitos que tienen un pie en la inclusión y el otro en la exclusión”, resume acerca de su público de ahora el cineasta de 54 años que cree que sus películas pueden ser fácilmente utilizadas por los jóvenes para hablar de ciertos temas, y reconoce buscar con estas jornadas “darles vigencia a las cintas que no han sido vistas por las nuevas generaciones. Ya basta que al arte lo quieran limitar a las grandes galerías, inalcanzables para muchos”.

 No es la primera vez que lo hace. Los largometrajes de Víctor Gaviria —Rodrigo D, no futuro, La vendedora de rosas y Sumas y restas— ya habían estado de gira por Medellín y varios de sus municipios cercanos.

Al director, sin duda, le gusta el programa y, con toda paciencia, en medio de un alboroto casi absoluto, responde las inquietudes de los alumnos.

 —“¿Y por qué consumían droga?”, lanza la pregunta uno que no aparenta más de 12 años.

—“Aunque casi toda la droga de la película es de mentiras, a veces los muchachos llegaban tan drogados que si no seguían consumiendo se negaban a grabar y se ponían muy agresivos”, le explica Gaviria.

—“¿Y por qué está en la cárcel la protagonista?”

—Porque se volvió muy famosa y ella sólo se sentía a gusto entre sus amigos de la calle... Se enamoró de Ferney, el padre de su hijo, un joven al que mataron los paramilitares... Entonces se sintió muy mal y se prestó para participar en el robo de un taxi... El taxista murió en el hecho”.

  Luego, Mileider continúa su relato diciendo que, a los 10, Víctor Gaviria la encontró en el hogar de paso. Le preguntó todo sobre su vida. Le propuso participar en su película. La llevó a vivir, junto al resto de actores naturales, en un edificio de tres pisos. La escuchó mucho. Y le regaló el papel de Andrea, la niña de la calle que no fuma ni se deja tocar por los hombres y, al final, regresa con su familia. Casi la misma historia de la actriz, que también trabaja ayudando al director en su nueva película.

“¿Que qué ganamos contando estas cosas? Llevar el mensaje de que la calle no es como la pintan... De mis compañeros en la película, la mayoría murió... Las niñas tienen ahora hasta cinco hijos”, dice Mileider.

 El recorrido continuará —en horario de siete de la mañana a 12 del día y de una a cinco de la tarde— durante dos semanas más. Después, se iniciarán los talleres con grupos más pequeños para que los estudiantes escriban reflexiones y crónicas acerca de sus vivencias.

A la salida de la primera jornada en el colegio Cundinamarca, Anderson Anaya, un alumno de 11 años, se le acerca a Gaviria. “Tengo que contarle algo”, le dice.

En seguida el niño comenta con sus compañeritos que “en La Estancia, en Cazucá, en Santo Domingo, en Galicia, en Bosa... En muchos sitios por acá, se ven niños chupando pegante. Hay muchos ladrones”.

“¡Qué maravilla sería hacer una película en un colegio de acá! Los maestros de estos niños son los verdaderos héroes de este país”, exclama Gaviria.

Luego, Anderson se retira para pedirle un autógrafo a Mileider.

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