El espía de la infidelidad

Para Jairo Vega, quien desde hace 15 años tiene una agencia para cazar infieles, lo más difícil de su oficio es tener paciencia.

El detective es un fantasma, usted no lo ve ni lo percibe, pero ahí está, vigilándolo a usted, esperando sigiloso el momento propicio para grabarlo o tomarle fotografías con las manos en la masa, sobre la mujer o el hombre que desvió su atención de la persona a la que juró amar para siempre, y que, entre los celos y el rencor, ha decidido recurrir a un detective de infidelidades.

Si usted anda a pie lo seguirá a pie, a prudente distancia, y se hará pasar por un peatón del común. Mirará las vitrinas. Simulará que espera a alguien. A lo mejor estará acompañado de una mujer con la que entablará una charla que tiene como único fin hacerle creer que es un transeúnte más. Pero lo seguirá. Estará atento para cuando entre a un restaurante, a un bar, a un cuchitril, a un motel, a un club, a donde sea.

Si toma el bus irá detrás de usted, tal vez vestido de traje. Si el seguimiento amerita varios días y cree reconocer un rostro sospechoso, será muy tarde, el detective ya no se valdrá del disfraz: le confiará el caso a un colega que nunca levantará sospechas y que, valiéndose de que usted ha recobrado la calma, emprenderá su seguimiento con la información que le aportó, desesperada ya, la persona que intuye una infidelidad.

Así lo asegura Jairo Vega, un hombre que no se parece en nada a un detective y que bien podría pasar por un empresario. No titubea, bien sabe que la seguridad es la mejor cualidad que puede tener un hombre que ha decidido entregar su vida al espionaje. Entrar a ese mundo “fangoso” de la traición, asegura él, no es muy gratificante. Con 15 años en el medio y diez detectives a su cargo, para este caleño, que también es músico, lo más odioso de su trabajo es tener que dar las malas noticias, sobre todo a mujeres que no saben qué hacer con su vida.

Los numerosos casos que ha tratado le confirman que la infidelidad tiene una diversidad abrumadora de formas y territorios. Van desde la mujer que tiene varios amantes, hasta el hombre que ha ocultado a su pareja una nocturna inclinación homosexual que a plena luz del día contrasta con su varonil carácter de macho.

Una llamada

Todo comienza con una llamada: “¿Aló? —es una voz angustiada de una mujer de la alta alcurnia—. Necesito que sigan a mi marido”. “Claro que sí —le dice Jairo—, los honorarios son de 70 mil pesos por cada cinco horas… Le presentamos pruebas en video o en secuencia fotográfica. Absoluta reserva. ¿El señor se moviliza en carro?”. Ella responde que sí. “Entonces necesito placas, marca y color del vehículo, una foto grande y reciente del individuo y una descripción física. ¿Tiene guardaespaldas?”. La mujer asiente: “Anda siempre con cuatro, en dos Toyota burbuja de vidrios polarizados y blindados, y una moto”. Le da a Jairo los datos necesarios. Él, su número de cuenta bancaria.

Fue una semana dura. El tipo era un paisa panzón y de ademanes vulgares, de no más de un metro setenta de estatura, pelo al rape y voz aguardentosa. A los compañeros de Jairo les costaba esconder el nerviosismo. Sabían que los guardaespaldas del narco, al que no se le conocía un enemigo directo, andaban armados, así que una torpeza los haría pasar de perseguidores a perseguidos y en ese caso no tendrían mucho chance.

El sospechoso vivía en un costoso apartamento en el norte de la capital. Casi todos los días iba a un sitio en la Avenida Jiménez, donde comerciaba con esmeraldas. En la noche le gustaba frecuentar discotecas, sobre todo unas que estaban a lo largo de la Pepe Sierra. En ese caso, dos detectives se ubicaban en una mesa vecina o en la barra y poco después salían para darles paso a otros dos colegas. Mientras tanto, se comunicaban por celular. Siempre tenían listas las cámaras camufladas en talegos. En esos días no consiguieron nada.

Otros de sus lugares preferidos eran los casinos, sobre todo el de Unicentro. Allí el individuo se mostraba realmente como era: un despilfarrador, aunque se cuidaba de no decir cosas que lo vincularan con el círculo al que pertenecía. Jugaba a los dados y al póker. Jairo se encargaba de tener al tanto a la mujer que había solicitado el servicio. A la vez ella era quien le informaba si su marido iba en la camioneta negra o la vinotinto, pues muchas veces, en algún punto de la ciudad, se separaban y esto complicaba las cosas. Los detectives llevaban seis días investigando. Estaban exhaustos y no habían conseguido nada, pero la noche de la victoria estaba cerca.

La mujer avisó que su marido saldría ya no en alguno de sus lujosos carros, sino en la moto, una Harley-Davidson roja, de ensueño. “Era un tipo astuto, se haría pasar por escolta”, comenta Jairo con una sonrisa maliciosa. Como lo había hecho hasta entonces, él y sus compañeros se pusieron en marcha detrás, en un carro particular, un taxi y en una moto. A prudente distancia se hacían pantalla. Se cambiaban de separador en cada semáforo. Lo siguieron a través de la autopista, luego por Eldorado, junto a sus dos camionetas. “Estábamos alertas. Sabíamos que en cualquier momento haría un movimiento imprevisto”. Así fue. Poco antes de llegar al aeropuerto, las dos camionetas continuaron de largo, mientras la moto se desvió hacia un sector que Jairo conocía muy bien: Álamos (había seguido a otros hombres hasta allí), y aparcó la moto frente a un motel. “Aquí fue, me dije. Mis compañeros se perdieron. Lentamente entré en el sector y claro, allí, en la puerta del edificio, lo esperaba una mujer a la que besó en la boca”.

Como había acordado, llamó a la esposa del infiel de inmediato. Ella, una mujer alta y bella, llegó enseguida en una camioneta y con sus propios guardaespaldas. Al verla, Jairo la llamó y le señaló el lugar. Fue entonces cuando pudo ver que escondía una pistola. “Su trabajo ha terminado, puede irse”, dijo fríamente. Jairo la vio entrar al motel, se subió en su moto y pensó: “El resto de la historia ya no me importa”.