Rostros de la guerra en Soacha

A los grupos ilegales se suman la pobreza, las amenazas, las desapariciones, el desplazamiento interurbano y los homicidios, que hacen de este municipio una “olla a presión” a punto de estallar.

Es un país pequeño. Con acentos inconfundibles de la montaña, típicos del Llano o característicos de más allá, lejos, donde el mar baña la tierra. De rostros blancos, negros y de todos los colores. Jóvenes y viejos, tristes y a veces contentos. Una nación más pobre que pudiente, en la que se mezclan a la fuerza las costumbres, las historias pasadas, la desgracia.

Cuarenta y ocho familias llegan en promedio todos los días a Soacha desplazadas por la violencia de cualquier rincón del territorio nacional. Oficialmente, suman en total 31.500 personas, aunque algunas organizaciones defensoras de los Derechos Humanos hablan de hasta 60.000. Se alojan en este municipio, vecino a Bogotá, la mayoría en casas a medio hacer, con la esperanza de mejores vientos. Sin saber, por supuesto, que se arriman a un mundo no tan diferente al que dejaron. “Una olla a presión”, dicen las autoridades, que combina pobreza, desplazamiento interurbano, amenazas, delincuencia común, presencia de grupos ilegales, desempleo y desapariciones forzadas. Cada cosa consecuencia de la otra. Un país pequeño, pero con lo peor de Colombia.

La población que cobró notoriedad nacional hace unos dos años por el escándalo de los llamados “falsos positivos” padece una guerra interna por el territorio, en la que actúan desde pandillas juveniles, pasando por bandas delincuenciales dedicadas al microtráfico de drogas, hasta urbanizadores piratas.

Divididos en seis comunas y dos corregimientos, que suman 340 barrios, el millón de habitantes estimado del pueblo sobrevive, sin muchas condiciones para el trabajo óptimo y sin servicios públicos adecuados en el 40% de la zona, a la inseguridad soberana de calles y esquinas. No es una exageración: hay sectores a los que ni siquiera pueden ingresar sus propios residentes sin la compañía de algún mandamás.

Fernando Escobar, el personero del municipio que se atrevió a denunciar el reclutamiento ilegal de jóvenes soachunos que después terminaron muertos, aparentemente a manos de la Fuerza Pública que los presentó como bajas de la guerrilla, explica el fenómeno así: “Algo está ocurriendo en Soacha que está poniendo en peligro la vida y la integridad física de un alto número de habitantes”.

En lo corrido de dos años, 190 personas han denunciado amenazas —entre ellas están desplazados, funcionarios y docentes y directivos de colegios—. Se presentaron tres homicidios en el primer mes de 2010. “El 90% de los atracadores son jóvenes menores de 17 años”, según revela el comandante de la Policía del pueblo, el coronel Alejandro Murillo.

El panorama es de tormenta. Por tener áreas muy cercanas a la capital, como Altos de Cazucá y Ciudadela Sucre, Soacha es un corredor estratégico para algunas bandas que dicen ser de autodefensas o guerrilla. Nadie da fe de que lo sean y las diferentes autoridades civiles y de Policía debaten sobre si lo son o no. En todo caso, es el mismo terror. El mismo toque de queda que en algunos barrios impide salir después de las 10:00 p.m., el mismo panfleto amedrentador, el mismo vecino que prefiere huir despavorido para otra zona.

En momentos en que el país mediático pone sus ojos en Medellín y Cali, El Espectador recorrió este lugar en el que los índices de violencia también están desbordados. Esta Colombia chiquita, tan próxima a la ciudad, en la que la guerra se siente muy cerca. Los siguientes son algunos de sus rostros.

“Los pandilleros no llevan pistolas, pero sí machetes”

Se llama Fitzgerald y vive en un sector de nombre medio tenebroso en el barrio Ciudadela Sucre, frente a Altos de Cazucá: Puente Roto. En realidad se trata de una mínima curva por la que pasan los escasos vehículos que suben hasta esta zona enmontañada de Soacha. No tiene luz ni agua. “De noche es mejor no venir por acá”, cuenta. Tiene 15 años y está en 8º de bachillerato. “Hace 15 días hubo un apuñalado por mi casa —continúa—, los pandilleros no llevan pistolas, pero sí machetes”. De 4 a.m. a 1 p.m. trabaja llenando la planilla de los buses en una esquina estratégica, justo al lado de la Base Militar de Ciudadela Sucre. Hoy no está laborando, sino asistiendo a Andrés, un muchacho de pasamontañas y pantalón de bota ancha. “Yo no quiero meterme a una pandilla, aunque quién sabe si pueda hacer algo más. ¿Qué más se hace por acá acaso? La gente que puede trabaja en casetas y vende sus cosas. Uno va al colegio y todo, pero a la universidad no creo. Además, en qué llegaría hasta la casa, si por aquí suben muy poquitas busetas. Mejor dicho, después de las 10 p.m. no se consigue una”.

“La problemática es muy complicada”: Policía

Por primera vez un coronel llegó a comandar la Policía de Soacha. Se trata del oficial de más alto rango que ha ocupado ese cargo. Alejandro Murillo lleva 30 días con las riendas del municipio.


¿Con cuántos hombres cuenta para cuidar a Soacha?

Con 525.

¿Qué tan complicada ve la situación de seguridad en el pueblo?

La problemática en Soacha es muy complicada.  Parte de esta población llega y se pone a trabajar en construcción, a barrer o a vender bolsas. Otros, se meten a jíbaros, al microtráfico o a robar. Hay que hacer un plan social para darles oportunidades dignas.

Algunas bandas dicen ser de las Auc o la guerrilla, ¿qué tan cierto es eso?

Se trata de grupos armados, pero no de bandas con grandes estructuras y un comandante.

Puntualmente, ¿qué hace la Policía en el caso de los barrios a los que a veces no se puede entrar ni siquiera siendo residente?

Hemos creado la estrategia de corredores seguros. Aprovechamos las calles que cuentan con luz.

Dos botones para la muestra

— Catorce rectores de instituciones públicas de Soacha fueron amenazados en 2009 en un panfleto que circuló por varios barrios del municipio. En otro volante amedrentador, también el año pasado, aparecieron los nombres de algunos estudiantes. Los hechos exacerbaron los ánimos en los colegios y de alguna manera impulsaron la ley de la requisa y la desconfianza entre unos y otros. La Institución Educativa de Ciudadela Sucre, uno de los barrios críticos del pueblo, fue una de las afectadas. “Las medidas nos han dado resultados. Aquí les he encontrado a los alumnos drogas, puñaletas y hasta un revólver”, cuenta Angélica Pabón, la rectora.

— No fue sino que se bajara del bus que lo traía de la universidad, sobre la Autopista Sur, cuando varios hombres atacaron a Érick Guerrero, de 23 años. Lo apuñalearon en una pierna. Sucedió el pasado mes de noviembre. Desde entonces, el joven soachuno les pide todas las noches a su madre que lo busque en el paradero para ir a pie hasta su casa, en el barrio La Magdalena. El problema es que en ese sector la luz pública se apaga cada 10 minutos, durante un período igual, y luego vuelve a encenderse.

El padre de Soacha

“Tengo 58 años y nací en Bogotá, pero prefiero que no se sepa mi verdadero nombre. Vivía en Suba Rincón con uno de mis hijos, quien era sordomudo y, además, padecía retardo mental. Tenía 35 años. Se llamaba, digamos que José. Él andaba conmigo para arriba y para abajo, ayudándome en mi trabajo, que es pintar paredes y servir en obras de construcción. Yo le indicaba y él me ayudaba. El 5 de diciembre de 2007, a las 8 a.m., José se me desapareció de un conjunto residencial en el que estábamos pintando un apartamento. Se bajó del 5º piso y no lo volví a ver ni a saber de él hasta que un día, exactamente el 16 de diciembre de ese año, me llamó el CTI de la Fiscalía para avisarme que José había muerto en un combate entre el Ejército y al guerrilla en Puerto Boyacá. Eso es lejos. Yo fui y me lo entregaron con tres balazos en la espalda, sin un brazo y envuelto en plástico. Es muy duro eso. La misma gente que me lo entregó, un sacerdote, me dijo que eso era un falso positivo, que no dejara eso impune. Con decirle que mi hijo era zurdo y le apareció un arma en la mano derecha. ¡Era mudito, por favor! Cómo iba a saber usar una pistola. Puse la denuncia en la Personería de Bogotá y no me quisieron atender. Luego de unas llamadas anónimas a mi casa decidí venirme a Soacha. El Personero de acá quería que me reconocieran como desplazado, pero no lo hicieron. Me da hasta cosa juntarme con las madres de Soacha, no sea que me amenacen como a ellas”.