Una urna para contener el pasado

Nadie sabe qué contiene y la llave para abrirla aún está perdida. Esta es la historia de un misterio de 100 años.

Desde Francia llegó la caja con el destino bien marcado en el guacal que bajó del barco, pasó la aduana y estuvo lista para ser despachada: Bogotá-Alcaldía Municipal. La caja fuerte de metro y medio de altura, por setenta centímetros aproximados de ancho, hecha en plomo recorrió el camino desde la Costa hasta el interior para ser sellada el 31 de octubre de 1911 a las 8:00 p.m. en el recinto del Concejo de la ciudad, en ese entonces instalado en la misma sede de la Alcaldía. La instrucción quedó clara: “Urna Centenaria: para abrirla el 20 de julio del año 2010”.

En la ceremonia de clausura se encontraba el alcalde de la época, Javier Tobar Ahumada, con algunos funcionarios y concejales, además del notario segundo del circuito, Julio Pinzón Escobar, en cuya notaría habría de reposar el acta del cierre de la urna (en donde se encontraba un inventario detallado de su contenido) más una copia extra de la llave para abrirla. La bóveda quedó en un rincón de la Alcaldía, acumulando el polvo y el olvido de los días.

Las autoridades del momento previeron los muchos inconvenientes que 100 años de historia podrían traer y le encargaron a la empresa francesa Fichet, fabricante de la caja fuerte, que hiciera tres llaves para asegurar que la apertura de la urna se realizara como lo estipulaba la inscripción labrada en su frente, mandato sagrado, orden inviolable que podría desencadenar alguna plaga ancestral. Las tres llaves fueron entregadas al Presidente, al Arzobispo y al notario segundo.

La cosa se quedó así, los años pasaron uno sobre el otro, como también lo hicieron los presidentes de turno, los curas y los funcionarios públicos que se fueron sucediendo en el cargo para guardar el acta de cierre y la copia de la llave. Sin importar las dignidades del cargo, la altura del sombrero (fuera el de cubilete o la mitra) o el pago en nómina, todos perdieron las llaves: nadie sabe algo de ellas, ni los herederos, ni los registros públicos. Juan Arciniegas Franco, actual notario segundo de Bogotá, cuenta que toda la documentación anterior a 1961 fue trasladada al Fondo de Notarías del Archivo General de la Nación.

En este lugar tampoco reposa la llave que le fue encomendada al notario Pinzón Escobar, así como el inventario que daba cuenta del contenido de la caja fuerte. Todo esto, temen los investigadores de la Alcaldía y del Instituto Distrital de Patrimonio que desde hace meses se encargan de reconstruir la historia de la urna, sucedió mucho tiempo antes de que los documentos de la notaría segunda fueran trasladadas al Archivo.

A ciencia cierta, nadie sabe muy bien qué hay en la urna ni cómo abrirla. Los representantes de la empresa Fichet aseguran que en la casa matriz tampoco hay un duplicado de la llave, puesto que la caja fue hecha sobre medidas para el Centenario de la Independencia, por pedido del Concejo de la ciudad. Sin embargo, la empresa fabricante ha insistido en que sean sus operarios los encargados de abrirla en julio, para evitar el daño de las bisagras internas que pueda tener la caja, además de afirmar que se encuentran trabajando en la forma de replicar la llave que pueda abrirla.

Como la caja es de plomo, no es posible escanearla con rayos X y debido al espesor de sus paredes, tampoco se puede introducir una pequeña cámara, como aquellas que utiliza la Dijín para las caletas del narcotráfico.

Con toda la incertidumbre a cuestas, el próximo 20 de julio seguro será un día de varias sorpresas para todos los bogotanos cuando la urna sea abierta y un poco del pasado perdido regrese en forma de papeles y fotografías.

El próximo abril, el Instituto de Patrimonio abrirá la convocatoria para que los ciudadanos digan qué debería ir en la urna que será sellada el mismo 20 de julio y que deberá ser abierta en 100 años.