Del rebusque al abuso

Ya se completan tres días del paro, en el que miles de bogotanos se ven obligados a pagar lo que sea para evitar ser reprendidos por sus empleadores.

En cada momento de crisis y desórdenes hay dos caras de la moneda: unos que la padecen y otros que se benefician. El paro de transportes en Bogotá no es la excepción. Mientras miles de habitantes de la capital tienen que hacer espectaculares peripecias para llegar a sus trabajos, hay otros que  están haciendo su agosto. Como en la guerra, las poblaciones sufren los dramas del conflicto mientras las empresas armamentistas se lucran de los muertos y las balas. En nuestro maremágnum de movilidad las técnicas del rebusque y la viveza afloran como en primavera.

Mario Cortés trabaja en una empresa de productos desechables. Todas las tardes empaca la mercancía en cajas que van a parar a supermercados y tiendas. Su medio de transporte es una moto Pulsar 125. Nunca antes la había utilizado como negocio, pero ante el desocupe en el que se encuentra en las mañanas y la angustia de la gente que no consigue cómo movilizarse, vio a la gallina de los huevos de oro. Sacó el casco del acompañante y se lanzó a la calle a buscar algún afanado dispuesto a subírsele por unos cuantos pesos. En tres horas ya se había ganado el triple de su sueldo diario: $50.000. En los tres días que llevamos de paro, Mario se ha ganado como mototaxista la mitad de lo que se gana en un mes de trabajo.

Las calles de la capital se han convertido en un circo del rebusque y en la desenfrenada cadena de abusos de los que tienen el sartén por el mango: quienes tienen cómo transportarse.

Ni en las peores épocas de la economía se había visto en Bogotá tal anarquía en el tránsito: el enjambre de mototaxistas y carros colectivos, camiones repletos de gente que, como en cualquier región del país, embuten personas como si fuesen ganado. Como se dice coloquialmente, los rebuscadores se pusieron el overol, sacaron sus viejos y destartalados trastos, desempolvaron las furgonetas y limpiaron los platones de sus olvidadas camionetas. Marcador en mano recordaron las épocas del colegio en las que hacían murales y exposiciones, y anotaron: Centro, Galerías, Tunal. Los ayudantes y pregoneros volvieron a la calle: “¡A dos mil, centro, centro. Carrera décima, calle 19!”.

Germán Martínez trabaja como conductor de una camioneta de transporte turístico, pero desde el lunes dejó de pasear gringos y alemanes para llenar el cupo con trabajadores criollos, angustiados por perder sus puestos de trabajo al llegar tarde y jadeando. Muy a las 4 de la mañana sacó el papel en el que su hija de 8 años había escrito: 20 de Julio. A las 8 de la noche regresó a su casa con la satisfacción del día laborado y pagado. En sus 10 años como conductor nunca se había ganado tanto. Al llegar le entregó a su mujer una remesa abundante, y a su pequeña hija, una cartuchera llena de colores. A pesar del cansancio de las 14 horas trabajadas su cara destellaba alegría: $700.000 era el producido del primer día de paro.

La otra cara de la moneda, la parte triste de la historia, es la de los empleados comunes y corrientes, que necesitan del servicio público para ir de sus casas a sus trabajos y viceversa. El costo del transporte ha subido como si nos encontráramos en la más grave crisis petrolera. Un pasaje va desde $1.500 hasta $10.000. La mayoría de camionetas y camiones están cobrando $2.000 por pasajero. Los mototaxistas piden desde $1.000 hasta $7.000 y algunos taxistas dejaron de hacer servicios particulares para subir cuatro personas y convertirse en taxis colectivos. Cada recorrido, $12.000. Esta semana los transeúntes de la ciudad se han gastado en transporte público lo del domingo familiar. El abuso ha sobrepasado todas las expectativas y lo peor, esta anarquía no parece tener un final feliz.

Temas relacionados