El eterno soñador

Perfil de Francisco Whitaker Ferreira, cofundador del Foro Social Mundial, quien participará este sábado en la cátedra Orlando Fals Borda del Instituto Distrital de la Participación y Acción Comunal.

Fue en Chile donde el último giro sucedió, el cambio definitivo que llevó a que Francisco Whitaker Ferreira pasara de ser un arquitecto brasileño a un activista político mundial. Fue en el septiembre negro de 1973, el mes aciago que marcaría las muertes de Salvador Allende (acorralado como un perro en el interior del Palacio de la Moneda por el general golpista Augusto Pinochet) y el poeta Pablo Neruda, cuando Whitaker y su esposa decidieron mandar a la nada la vida profesional para abrazar la causa política, el sueño de que este mundo caótico y atribulado puede cambiar para mejor.

Ya en mayo de 1968 había visto, testigo de primera mano, cómo los estudiantes franceses se lanzaron a las calles de París para exigirle a los poderes una transformación social de profundidad. Era una época convulsionada, pero, al mismo tiempo, rebosante de esperanza: una licencia del pesimismo que tan útil les resulta a los gobernantes. Fue un tiempo definitivo que marcó la ruta que, cinco años más tarde, emprendería Chico, como se le conoce coloquialmente a este soñador de casi 80 años.

“La peor forma de hacer política es no hacer política”. Francisco Whitaker decidió hacer algo, varias cosas. Cansados, o tal vez preocupados, por la doctrina emitida desde el Foro Económico Mundial, en Davos, Suiza, Chico y otros compañeros decidieron poner en marcha el Foro Social Mundial desde 2001. Los cálculos más optimistas hablaban de 2.500 asistentes. Fueron 20 mil. “Uno de los organizadores del Foro, un capitán de la industria con un intenso compromiso social, se preguntaba por qué en Davos se definía el futuro del mundo: ¿por qué tenemos que dejar que estas personas decidan cómo debe ser todo? En ese momento decidimos crear nuestra reunión, que no es económica, sino social”.

Después de varias décadas de trabajo político intenso (Whitaker fue concejal de São Paulo en dos ocasiones y promulgador de una reforma a la legislación electoral brasileña que ha dejado sin piso la elección de más de mil funcionarios por crímenes como la compra de votos), Chico piensa un segundo y responde que uno de los primeros recuerdos que tiene de sus propias convicciones data de 1951 cuando, en medio de una profunda educación católica, le dijeron que el pecado más importante era el pecado social: dejar de preocuparse por la miseria era lo peor que uno podía hacer.

Whitaker creció para ver cómo los gobiernos de Brasil, como todos en Latinoamérica, permitieron que se gestaran dos países en uno solo: aquel que puede comprar cosas y otro que apenas sobrevive a costa de su trabajo. Como muchos ciudadanos de esta parte del mundo, Chico está convencido de que los gobiernos no harán nada, pero la gente sí. La gente que en 1986, bajo el amparo de la Iglesia y la teología de la liberación, entre varias otras instituciones, introdujo el plebiscito, el referendo y la iniciativa popular de ley en la Constitución brasileña. La misma gente que 10 años después utilizó estas herramientas para limpiar el escenario político de la corrupción que impera en los poderes legislativos del continente: “El poder legislativo se ha convertido en una mesa de negocios en donde casi todos sus integrantes se hacen elegir eternamente para cerrar tratos comerciales”, dice Whitaker.

Después de tanta revolución fallida, de la eterna lucha entre el capital y la oportunidad, Chico habla de esperanza. Por eso está en Bogotá, y el sábado dirigirá una charla acerca de su ideal de sociedad, de cómo las políticas esbozadas en el Foro pueden construir ciudades más incluyentes y justas.

Con palabras suaves, en un español atravesado por el musical acento del portugués, Whitaker aboga por la cooperación en vez de la competitividad, por la agrupación en oposición a la individualidad. “La única salida posible es la organización de la sociedad. El reto del futuro, la lucha del mañana, será el despertar de la consciencia”. De nuevo, el pecado más grave es el pecado social.

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