Locos por los animales

En la capital un grupo de  20 jóvenes se dedica a defender los delfines de Japón y las focas de Canadá.

Cerca de 20 jóvenes llegaron el pasado 3 de septiembre a las instalaciones de la embajada de Japón. “¡No a la caza de delfines! !No a las aguas teñidas de rojo por la sangre de estos animales!”, gritaban una y otra vez. En sus rostros se veía la furia e indignación que habían caracterizado tantas otras protestas. Esa vez le pedían a las autoridades japonesas que recapacitaran sobre las leyes que permiten acorralar a estos inmensos mamíferos acuáticos, con sus crías como carnada, hasta las aguas menos profundas y desangrarlos hasta la muerte. En la temporada de pesca, que como todos los años comenzaría en octubre, cerca de 20 mil delfines serían sacrificados por los pescadores de la aldea de Taiji (Japón).

“Para los japoneses estos animales son una plaga que acaba con los demás peces marinos. Permitir la tortura de miles de delfines es, según ellos, la manera de neutralizar la competencia natural”, decía Eduardo Peña, uno de los organizadores de la protesta y líder de la asociación de  defensa de animales Animanaturalis, que tiene cientos de asociados a lo largo de todo el continente.

En aquella tarde lluviosa las peticiones de este grupo de bogotanos se desvanecían ante la indiferencia de los transeúntes. Parecía como si solamente ellos entendieran lo repugnante que resultaba el  brutal maltrato al que eran sometidos estos animales. Gritaban, componían canciones, agitaban sus pancartas. Al final, nadie respondió sus súplicas.


Meses antes habían estado frente a la embajada de Canadá en protesta por la caza de focas. Igual que los delfines, miles de estos mamíferos son exterminados legalmente por los cazadores cada invierno. En este caso son acorralados sobre el hielo y golpeados con bates de madera y picos de hierro hasta que no pueden luchar más por su vida y mueren.

Este año, el Ministerio de Pesca canadiense permitió el sacrificio de 320 mil focas, que terminaron regadas sobre el antártico dejando una oscura mancha. En el 2007 fueron 270 mil y en el 2006 un total de 335 mil. “Hoy encontramos un cachorrito de foca que estaba herido y perdido. Fue aporreado, pero logró escapar”, relató AJ Cady, portavoz del Fondo Internacional para el Bienestar Animal, el pasado mes de enero. En el 2001 esta misma organización denunció que el 40% de los animales había sido despellejado estando vivo.

Hace siete años, cuando Eduardo Peña y Felipe Soler decidieron unirse a la red internacional de protección de animales Animanaturalis y conformar un grupo en Bogotá, apenas dimensionaban la magnitud del maltrato del que son víctimas los animales en todo el mundo. En ese entonces eran estudiantes universitarios y habían escuchado las teorías de Peter Singer sobre la liberación animal y las relaciones de los seres humanos con la naturaleza. Se dedicaban a estudiar cine, a promover mediante cortos documentales el respeto por los animales y a motivar a los demás sobre la adopción de los cachorros huérfanos. Como parte esencial de su vida dejaron de consumir carne, comprar cueros y todo tipo de materiales provenientes de animales. Desde entonces su lema ha sido la resistencia natural.

“Los animales no deben ser usados como comida, vestimenta o entretenimiento. No deben ser utilizados en experimentos o para el trabajo”, estas son sus principales consignas. Con el tiempo, sus amigos y los amigos de sus conocidos comenzaron a unirse a su causa. Al principio no entendían el porqué de los tantos sacrificios.


Pertenecer al grupo representa un cambio de vida que muchos no logran. En este momento, son 20 los jóvenes, la mayoría universitarios, que se reúnen cada mes en un restaurante vegano en el centro de la ciudad para planear su próximo golpe. Su meta es que cada vez más bogotanos vean lo que ellos ya vieron. Que aunque sea unos pocos pongan fin a la insaciable necesidad del hombre de apoderarse de todo.

Una de sus protestas más recordadas es quizá la que protagonizaron cerca de ocho mujeres que desnudas y con banderillas clavadas en sus espaldas, que simulaban el sufrimiento de los animales en la corridas, se posaron frente a las escaleras del Palacio Liévano. Era el mes de agosto, se celebraba el Festival Taurino gratuito de Bogotá y cerca de 50 toros iban a ser los protagonistas de la faena. Un mes antes, el 30 de julio, mientras en el Congreso se debatía un proyecto de la senadora Dilian Francisca Toro mediante el cual se declararía la feria taurina de Cali como patrimonio cultural de la nación, los jóvenes activistas hacían presencia en la Plaza de Bolívar. Ese día varios senadores se opusieron al proyecto y organizaron una comisión antitauromaquia.

El 5 de octubre fue la última vez que los agresores de animales supieron de este grupo de jóvenes. Desde ese día planean la movilización que realizarán en diciembre en las afueras del Congreso para pedir por “un circo sin animales”. De manera simultánea los activistas de Animanaturalis en España, México, Venezuela, Ecuador, Chile y Argentina, entre otros países de América Latina, llevarán a cabo protestas y campañas de sensibilización para lograr este fin. Esta será la última gran movilización con la que terminarán un año de activismo en pro de la naturaleza.

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2008-11-08T22:00:00-05:00

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María Camila Peña

Bogotá

Locos por los animales

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