Por: Óscar Alarcón

MACROLINGOTES

SEMANALMENTE LEO EN “EL PAÍS” de Madrid a Elvira Lindo quien, por lo demás, escribe como su apellido.

Pues recientemente se refirió a la Feria del Libro de Guadalajara y dijo que le correspondió compartir mesa redonda con personas que contaron sus experiencias sobre lectura, entre quienes estaba un colombiano, llamado José Alberto Gutiérrez, conductor de un camión de basura de Bogotá.

Narra que nuestro compatriota, con palabras sencillas, contó que un día, mientras hacía su recorrido habitual, vio que en el suelo alguien había dejado un ejemplar viejo de Tolstoi. Se lo llevó a su casa y su mujer, modista, se encargó de restaurarlo amorosamente como quien zurce una prenda delicada. Desde entonces tiene la práctica de recoger todos los libros que encuentra a su paso y sus compañeros barrenderos le han servido de cómplices, hasta el punto que con frecuencia le gritan: “¡José, libros!”, y se lo colocan en el asiento de al lado. De esta manera ha recogido gran cantidad de volúmenes, muchos de los cuales han pasado por las manos de su señora, para ser ordenados en la biblioteca en perfecto estado. El camionero —debe pertenecer a una suciedad anónima— comenzó a colocarlos en el primer piso de su casa y allí empezaron a acudir mujeres y niños del barrio pobre en donde vive. Y a estas alturas tiene montadas tres bibliotecas.

Me puse a averiguar por tan extraordinario compatriota, desconocido para mí y para muchos, y me han dicho que le han hecho reportajes en televisión, que yo no he visto. Se me parece al personaje de Una soledad demasiado ruidosa, el relato del checoslovaco Bohumil Hrabal, quien luego de 35 años se volvió culto porque durante ese tiempo se dedicó a prensar libros y papel viejo.

A pesar de que ha sido merecedor de reportajes en televisión que, repito, no he visto, las vacaciones de fin de año me impidieron iniciar su búsqueda porque mucho es lo que deseo hablar con él y visitar sus bibliotecas para ver si en ellas encuentro alguno de los libros que la muchacha de la casa echó a la caneca, según ella, por razones del servicio.

 

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