Por: Cecilia Orozco Tascón

La inquietante nueva Corte

CUANDO LA CORTE SUPREMA ESCOGIÓ Fiscala, muchos aplaudieron el humo blanco que salió de ese tribunal porque era señal de que la persecución desatada por el ex presidente Uribe había llegado a su fin.

El país agradeció que la nueva Administración hubiera decidido doblar esa página antidemocrática, aunque todavía hay que averiguar —decantada ya la alegría— con qué ingredientes se horneó el pastel del acuerdo con Santos. Pero superado el objetivo uribista de arrodillar a los jueces, no se puede suponer que el respaldo a la Corte es incondicional e irreflexivo. Cada togado es sujeto de control ciudadano como cualquier servidor público. Ni más faltaba que por pertenecer al organismo que defendió la independencia judicial, tuviera que perdonársele a uno de sus miembros la laxitud moral que se les critica a los políticos.

El 14 de diciembre, El Espectador escribió sobre un delicado asunto en el que pocos repararon por la dispersión navideña. El editorial “El veto de la Sala Laboral” revela que los integrantes de ese sector de la Suprema bloquearon la elección de su presidente (Jaime Arrubla), del Fiscal y de muchas vacantes en los tribunales para obligar a sus colegas de las Salas Civil y Penal —en una estratagema de indebida presión— a escoger a un candidato predeterminado como miembro titular del alto tribunal. El Espectador identifica al que provocó semejante huelga: “La Corte pudo nombrar Fiscal (pero) ello sólo fue posible cuando la Sala Laboral impuso el nombre de Gabriel Miranda como nuevo magistrado”. Y a continuación pregunta: “¿Por qué inicialmente la mayoría no (lo) apoyó? ¿Qué hay en la hoja de vida de Miranda que el país deba conocer?” El periodista Óscar Montes también se refirió al tema en El Heraldo: “El grupo que lidera Francisco Ricaurte… decidió que la elección de Luis Gabriel Miranda Buelvas, costeño sabanero… merecía cualquier tipo de sacrificio… paralizó la elección de esa vacante durante más de 18 meses; la del Fiscal, más de 15, y la de presidenta de la Corte casi un año, e impidió, como era tradicional, que los (4) magistrados que se iban a retirar participaran en las elecciones de sus sucesores (con lo cual se lograba mayoría de votos para Miranda). El ‘grupo Ricaurte’ se jugó, pues, a fondo”.

Se sabe que el pendenciero togado suele bajar la majestad de la justicia al pequeño nivel de sus intereses, amores u odios. Por ejemplo, hizo simbólica presencia en un publicitado evento social de Javier Cáceres, su pana. No hay cartagenero que no sepa cómo fue posible el ascenso político del ex congresista que hoy habita en La Picota mientras se le juzga. Ricaurte tampoco tuvo problema en compartir una fiesta con el insultador de la Corte: José Obdulio Gaviria. Miranda, elegido tal cual ‘ordenó’ Ricaurte, es, obviamente, otro de los de su cuerda. Pero su candidatura se trabó varios meses porque la corporación tenía memoria del rechazo que sufrió su nombre hace años, cuando aspiraba a otro cargo que dependía de ella. Los integrantes de aquella Corte se acuerdan de las dudas que surgieron por la presunta intención del postulado de influir en el curso de un expediente que se tramitaba en el tribunal. Eso explica por qué varios magistrados no votaron entonces ni ahora por Miranda. Sin embargo, los tiempos políticos son otros y su promotor ganó el pulso. ¿A cambio de qué? Si la inclusión en de este personaje en el tribunal es parte del pacto Santos-Corte y fue el costo que pagamos por tener Fiscal, el precio es muy alto: el envilecimiento clientelista de una institución que paradójicamente se abstuvo de cumplir con el acto de elemental justicia de elegir como magistrado principal al investigador más valiente de Colombia: Iván Velásquez.

 

243392

2011-01-04T22:00:00-05:00

column

2013-11-04T18:45:07-05:00

none

La inquietante nueva Corte

26

3978

4004

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Cecilia Orozco Tascón

El pasado del DAS, nunca tan presente

El Esmad y su código penal de hecho

La Corte, presionada, elige a la topa tolondra