El presidente Iván Duque condenó el atentado en la Escuela General Santander

hace 1 hora
Por: Reinaldo Spitaletta

Aquellos sesenta

LA GENERACIÓN DEL MAYO FRANCÉS, o la que en Estados Unidos rubrican como la “Baby Boomer”, está en etapa de jubilación.

Fue fabricante de utopías y la que, en efecto, convirtió a los jóvenes en agentes sociales y protagonistas de la historia. Enmarcada dentro de las revoluciones sociales y culturales, politizó a la juventud, que antes de la Segunda Guerra era apática o de derecha. Sin embargo, en los sesenta, las juventudes no eran uniformes.

Había, claro, aquellos pelados alimentados de inconformidad, influidos por la Revolución Cubana, las luchas de liberación nacional, el socialismo, y por los discursos de Adorno, Marcuse, Sartre y las vertientes marxistas. Otros, sobre todo en Estados Unidos, eran una prolongación de la generación Beat, las experiencias alucinógenas, el hippismo y en cierta forma la marginación de los combates sociales. Proclamaba una especie de individualismo, excrecencias del capitalismo.

Estos conformistas, que parecían una derivación de James Dean y del héroe efímero, son extraordinariamente retratados en literatura en obras como Los Cachorros, de Vargas Llosa. La primera, la de los románticos iconoclastas y contestatarios, quiso cambiar el mundo, ser una referencia histórica: antes y después de ellos. La otra, de goce pagano y superficialidad, estaba alienada por los cánones de la sociedad de consumo y sumergida en un despistado carpe diem.

En ese sentido, la década de los sesenta, la de la revolución sexual y la minifalda, estuvo llena de contradicciones y por eso no puede verse como una uniformidad, así usaran bluyines gringos y camisas con efigies del Che Guevara. Afloraron las culturas juveniles, que revolucionaron los comportamientos y las costumbres, sobre todo, como indica Hobsbawm, en la manera de disponer del ocio y en las artes comerciales. Eran momentos en los que “hacer el amor y hacer la revolución no podían separarse con claridad”.

Hubo aquellos que aseguraban con los hechos que las maneras de romper ataduras y normas sociales, de deslindar terrenos con los padres y los vecinos, eran el sexo y las drogas. Pudo ser la parte tonta de aquellos “años maravillosos”. La otra, la de los que creían ser parteros de la historia, era la de ocupar las calles, evidenciar la protesta, intentar cambiar las relaciones sociales y soñar. Porque, tal vez como lo dijera Yeats, los sueños puede que no se cumplan, pero te alientan.

En América Latina, en la que hubo hippies subdesarrollados, irrupción de guerrillas, la salsa, pero también expresiones de la “nueva canción” y las baladitas mediocres de la “nueva ola”, apareció el Boom literario. Al mismo tiempo, los norteamericanos esterilizaban indios, ponían gobiernos fantoches y seguían —pese a las demostraciones estudiantiles— reinando en su coto de caza.

En los sesenta, una parte de la juventud afinó sus discursos antiimperialistas, mientras otro sector se afiliaba al ácido lisérgico y los hongos. Al tiempo que unos veneraban a los barbudos cubanos, a Mao y el poeta y guerrero Ho Chi Minh, otros idolatraban las comunas hippies y creían que no bañarse o dejarse crecer el pelo eran actos revolucionarios. Unos hacían señales de “paz y amor” y otros gritaban “crear dos, tres, muchos Vietnam”.

En Colombia, a la que el mayo francés llegó mucho después, surgiría en los setenta, la generación más tremenda que la historia del país haya conocido: la del movimiento estudiantil que estalló en 1971. A cuarenta años de aquel levantamiento, es otra vez hora de los balances: ¿sería una generación perdida?

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Reinaldo Spitaletta

El sainete nacional

Duque y los “padres fundadores”

Ratas, zapatos y asafétidas

El excremento del diablo

Bananeras, 90 años de una masacre