Por: Alfredo Molano Bravo

Colaborar, nuestro ‘ábrete sésamo’ de cada día

LAS FIESTAS, FERIAS Y RUMBAS DE estos días son las que más le gustan al general Rodolfo Palomino.

Lo llaman de todas las emisoras de radio del país y del exterior para conocer su autorizada opinión sobre el “estado de las vías”. Y él se engolosina con el micrófono. A ratos tartamudea, pero en general es una voz de mariscal en un campo de batalla. Modula bien y es políticamente correcto. Pero cuando le dejan abierto el micrófono alterno —involuntariamente, desde luego— su voz es la de un sargento en un cuartel: “Obliguen a esa gente a usar el verriondo puente… Si a alguno de esos le pasa algo, lo pago yo”. El invierno le ayuda a salir al aire y a decir lo mismo: “Yo les pido serenidad e inteligencia a los señores conductores; en seis horas será reabierta la vía, hemos reconstruido el puente, reparado la banca y detendremos la lluvia”. Entre sus muchachos o sus hombres —los llama también mi personal, evitando tropezar con el género, pero cayendo en la posesión patrimonial— hay de todo. Unos le obedecen y cumplen y hacen cumplir la ley de tránsito; otros, no tanto, y otros usan el código vial a favor de su propio pecunio. La policía de carreteras hace parte de la viña del Señor. Los primeros son rígidos; los segundos, déspotas, y los últimos, el terror de carreteras y calles. Andan en pareja o en combo —en la España del siglo XVII se diría acuadrillados—, se esconden detrás de columnas, antejardines y troncos y, cuando menos se espera, si no están charlando por celular, saltan a los caminos. Se acercan despacio por detrás del supuesto infractor, gozándose cada paso con sus botas altas de oficial nazi. ¿Papeles? El conductor, temblando, saca unos y otros, se le caen la cédula, las tarjetas, las medallitas y por fin encuentra el pase. El agente lo mira por un lado, por el otro, repite la operación, mira al conductor: ¿Papeles del vehículo? —lo pronuncian sin hache y aspiran la i, lo que confunde—. Mira, examina, y vuelve a la carga. ¿SOAT? La desilusión de la autoridad va agriándose al no encontrar nada irregular. ¿Extinguidor? Mira fecha, volumen, color. ¿Triángulos? Los mide. ¿Botiquín? Saca cosa por cosa: curitas, algodón, gasa, merthiolate, guantes de cirugía, alcohol y hasta un condón que los estuches llevan ahora. Mira, observa y se pronuncia: la fecha de caducidad del alcohol —sin hache— está vencida. Silencio. Son 300.000 pesos, inmovilización del vehículo y de la licencia. No, pero ¿cómo así? Soy un conductor inteligente, pero no un químico. Son 300. No quiero perjudicarlo. En medio del desastre al ya casi reo le cae del cielo la palabra mágica: “colaborar”. Pero, señor Agente —con mayúscula—, colabóreme. El agente sonríe con la comisura. Se toma su tiempo en responder. Un tiempo eterno. Bueno, voy a colaborarle: cuádrese más adelante. Hecho. Mire, señala con el índice, metiendo la cabeza entre el vehículo: allá hay una bomba de gasolina. ¿La ve? Sí, claro. “Bueno, la forma de colaborar es que usted me colabore para la gasolina de la moto. Déjeme ahí pagado el combustible y tráigame el recibo. Su agente pasa después a tanquear. Continúe y sea inteligente, respete las normas de tránsito”.

En honor a la inteligencia vial, hay muchos otros agentes correctos. Hacen lo mismo que los incorrectos, con la diferencia de que llenan los datos del comparendo sin hablar mientras los buses y busetas, los camiones y las tractomulas pasan a su lado botando toneladas de un gas negro, grasoso y asfixiante sin respetar ninguna norma conocida de contaminación, velocidad, número de pasajeros. Es una policía que se para siempre en el mismo lugar y por tanto los choferes de bus, camión y similares saben dónde se esconden. Y así, bajan velocidad, saludan con un guiño y recuperan su ritmo. Las empresas exigen rentabilidad y los usuarios rapidez. Nada es más costoso que cumplir la ley y saltarse la tentación de untarle la mano a “su agente”. Un comparendo con grúa y patios vale, digamos, medio millón de pesos; una colaboración para el combustible de la moto, apenas 25.000 o, siendo generoso, 30.000 pesos. Pero la ley es la ley y hay que cumplirla, así sea más barato birlarla.

 

 

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