Por: Juan David Correa Ulloa

Unanimismo

Lo dijeron los principales medios culturales de América Latina a coro: “El sueño del Celta es uno de los mejores libros del año”.

Lo repitieron, a través de algunos lugares comunes, algunos comentaristas de libros: “Es un libro ambicioso, de una arquitectura notable”. Y yo aún no salgo de mi asombro tras errar con el libro desde que salió, dando tumbos somnolientos por páginas que parecen sacadas de una enciclopedia, sin encontrarle ninguna arista, ningún atisbo, ninguna virtud a una novela aburrida, sin personajes, que deambula por la geografía de un mundo carente de interés, que me convence de que Mario Vargas Llosa ha escrito obras que le merecen, además del premio, muchos lectores, pero también de que se convirtió en una parodia de aquel personaje de La tía Julia y el escribidor, Pedro Camacho, que terminó por mezclar los argumentos de sus radionovelas hasta volverse loco.

Yo no sé qué es una gran arquitectura, pero si esta armazón con una estructura más bien usual —Roger Casement está en una celda y desde allí se alternarán los capítulos entre su gran vida y su penosa muerte— es eso, me quedo con las obras menores, aquellas que no persiguen la ambición de dar cuenta de todo y no terminan en nada. Y El sueño del Celta no termina en nada porque ese gran personaje, ese hombre que se dio cuenta de que el colonialismo era el peor de los males del siglo XIX, uno de los primeros en enfrentarse a los monopolios multinacionales, no aparece nunca por ninguna parte. La escritura correcta de Vargas Llosa nos dice en sus entradas sobre él que era homosexual, que era osado, que era digno, que buscaba en la historia de su propio país la respuesta para resolver la encrucijada de su tiempo, pero no mucho más. El solo tema de la sexualidad, del colonialismo frente a asuntos tan hondos como ése, se pierde en un par de miradas que Casement tiene con amantes furtivos en África y en América. Los viajes son apenas recorridos de palabras en los cuales no se siente la fuerza del lenguaje para dar cuenta de un mundo que aún no estaba globalizado. Los personajes secundarios son de cartón: sirven para responderle al autor la manera de proseguir un relato que desde la página cien ya se sabe que no va a acabar bien, ni va a emocionar a nadie.

Es fácil ser una aguafiestas con los ganadores. Al fin y al cabo, de ellos es el reino de las portadas y los reportajes dedicados a vender libros al por mayor en un mundo que ha dejado de leer. Sin embargo, aunque en algún momento pensé en no escribir esta columna para no desaprovechar el espacio de promover un buen libro, sentí que esa voz sentada que nos dice qué debemos leer y cuáles son las grandes obras de nuestro tiempo es cada vez menos fiable. Lo es porque a pesar de todo ha caído en la trampa de subirse al tren del triunfo. Un tren, valga decirlo, que no es el de Casement, ese gran personaje que terminó metido en una novela prosaica.

El sueño del celta, Mario Vargas Llosa, Alfaguara.

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2011-01-20T22:00:00-05:00

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