Por: Cristina de la Torre

La sombra de los Borgia

EL JÚBILO SE APODERÓ DE LOS CATÓlicos más firmes.

El 18 de enero se confirmó que el testimonio de un milagro atribuido al difunto Juan Pablo II abría la puerta a la beatificación de este papa, despegue de una carrera hacia su canonización inexorable. Tras estudio concienzudo del caso, teólogos, psiquiatras y neurólogos del Vaticano concluyeron que “no había explicación científica” en la sanación de la monja francesa Marie Simon-Pièrre, víctima de párkinson; que fue la mano de Juan Pablo la que obró el prodigio. La Congregación para las Causas de los Santos ratificó el hallazgo, y el papa Benedicto lo sancionó con su firma. Juan Pablo será Magno. Y santo.

Pero la feligresía desengañada de un papado que funge como la última monarquía despótica y corrupta de Occidente no asimila la extravagancia de beatificar a un hombre que se ha tenido por la sombra de los Borgia: mafias; sectas secretas; frenético agitar de sotanas por los sombríos corredores del Vaticano para encubrir la pedofilia de los clérigos y el lavado a raudales de dinero que hoy tiene a la jerarquía de Roma entre los palos de la justicia; discursos, homilías y una diplomacia de aliento a dictadores; mordaza a los inconformes que quieren volver a Jesucristo; y, ay, el que David Yallop denunciara como presunto asesinato de Albino Luciani por envenenamiento en el día 33 de su pontificado, por anunciar látigo contra la corrupción financiera de la Iglesia, por proponerse retomar la perdida senda liberal y evangélica de Juan XXIII. Juan Pablo II ocuparía el trono y porfiaría en hacer la vista gorda frente a los males que a tantos católicos han alejado de Roma.

Conocida de autos su predilección por sátrapas como Pinochet, Videla y la Junta Militar de El Salvador —que cobró la vida a 75 mil personas— Juan Pablo abandonó a monseñor Romero cuando éste se hizo voz de su pueblo. Según Yallop en su libro El poder y la gloria, al voluminoso expediente que Romero le había presentado, cargado de pruebas contra el gobierno militar de su país, y en la convicción de que el papa alzaría una voz de protesta, éste le respondió que no todo habría de ser la justicia social; que lo primero sería conjurar el peligro del comunismo; que le recomendaba prudencia y, en vez de denunciar “situaciones específicas (se acogiera) a principios generales”. Dos meses después moría Romero de un balazo en el pecho, en presencia de la multitud, mientras oficiaba misa. El cardenal López Trujillo, artífice del viraje ultra derechista de la Iglesia en la Conferencia Episcopal de Puebla en 1986 y favorito del papa, concluyó que a Romero lo habían asesinado izquierdistas interesados en provocar una revuelta.

Escribe nuestro autor que un informe de 2001 estimaba en 50 mil millones de dólares la lavatija del Banco Vaticano. Hoy abordan el caso los jueces. Tan desenfrenado como la venalidad financiera será el envilecimiento moral de la jerarquía eclesiástica, siempre lista a disolver en el secreto el abuso sexual de los curas. Y de obispos como Marcial Maciel, protegido del papa, aún a sabiendas de que sus crímenes sexuales se extendieron a los propios hijos del fundador de los Legionarios de Cristo.

En su libro Los pecados de la intransigencia, Álvaro Ponce recuerda que hace un siglo, cuando ya el clero colombiano instigaba a los conservadores a librar guerra santa contra los liberales, el padre Baltasar Vélez llamó a la cordura. Pero el obispo de Pasto, Ezequiel Moreno, prohibió terminantemente obedecerle. Un decreto pontificio de la Santa Romana Universal Inquisición ratificó la censura. En 1992, el papa Juan Pablo II proclamaría santo al obispo Ezequiel. Bueno, si se ha canonizado también a Escrivá de Balaguer, ¿por qué no elevar a los altares a López Trujillo, tan veloz en recibir platas non sanctas “para los pobres”? ¿O a Juan Pablo Magno?

 

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