Por: Alvaro Forero Tascón

Mitos presidenciales

LA REPUTACIÓN DE LOS PRESIDENtes tiende a ser paradójica: la historia no se limita a evaluar su éxito político, y la percepción popular de su legado es a veces más producto de la leyenda que de los hechos.

Un buen ejemplo de esa paradoja es Ronald Reagan, de quien se celebran en estos días los 100 años de su nacimiento. Durante el escándalo Irán-Contras, cerca de un tercio de los norteamericanos quería que renunciara, pero con el paso de los años se convirtió en un ícono a quien se le atribuye haber marcado una era de treinta años. Y como sostiene el periodista Will Bunch en el libro Tear Down this Myth, la imagen de Reagan es más producto de la fabricación republicana que de la realidad.


Según Bunch el primer mito es que Reagan fue uno de los presidentes más populares de Estados Unidos. En realidad su promedio de favorabilidad en las encuestas está por debajo del de su vicepresidente, George Bush padre, y del de Clinton, Lyndon Johnson y Dwight Eisenhower. Recién salido del poder, Reagan apareció debajo inclusive del impopular Jimmy Carter. Sólo desde que en 1994 se conoció que Reagan padecía alzhéimer, y los conservadores iniciaron la campaña para endiosarlo con fines electorales, empezó a subir pronunciadamente su popularidad.


Un segundo mito es que Reagan fue un reductor de impuestos. Recién llegado al gobierno redujo fuertemente la tasa impositiva, pero al año siguiente hizo el mayor incremento de impuestos que se hubiera hecho en ese país en épocas de paz, para frenar un déficit fiscal desbocado. Subió los impuestos a la gasolina y en la reforma tributaria de 1986 hizo el aumento de impuestos empresariales más alto de la historia de Estados Unidos.


Un tercer mito es que Reagan fue un halcón, término que se utiliza para nombrar a quienes favorecen políticas militares y exteriores agresivas. Aunque décadas antes Reagan había predicho, como muchos otros, la caída de la Unión Soviética, Bunch dice que su verdadera contribución a ésta fue haber negociado tratados de reducción de armamento y el apoyo a las reformas internas de Gorbachov. En una encuesta de USA Today cuatro días después de la caída del Muro de Berlín, 43% de los norteamericanos le daba el crédito a Gorvachov y solamente 14% a Reagan. En comparación, su vicepresidente y sucesor, Bush padre, fue mucho más agresivo militarmente.


Un cuarto mito es que Reagan redujo el tamaño del gobierno federal. A pesar de su guerra retórica contra el Estado, durante su administración el número de empleados federales creció y el gasto público se incrementó todos los años, la deuda pública se disparó de 700 billones a 3 trillones, y Reagan no cumplió la promesa de eliminar los ministerios de Educación y Energía.


Un quinto mito es que Reagan fue un guerrero cultural conservador. Su guerra fue realmente retórica, pues no impulsó políticas sociales concretas ultra conservadoras. No promovió, por ejemplo, la prohibición constitucional del aborto, uno de sus temas bandera.


Reagan es realmente la cara simpática y dogmática de una ola conservadora que se impuso en el mundo gracias a la conjunción de fenómenos históricos gigantescos —caída del comunismo y globalización—, que durante dos décadas impulsaron el crecimiento económico y el poder político norteamericano.

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