Más allá de lo evidente

Ahí estaba el vidente, sentado en un café cualquiera, con una pinta más de administrador de empresas que de vidente, tomando agua embotellada y moviendo sus botas texanas como dando señal de que llevaba ya un rato esperando.

No era la primera vez que yo buscaba tener un conocimiento de mi destino. Sin embargo, como nunca antes, este encuentro estaba precedido de testimonios apasionados de amigos que daban fe de los "magníficos poderes de este hombre", así que me fue muy difícil no llegar con un halo de credulidad al lugar. Eduardo es vidente desde los seis años y asegura que la vida de la gente se le revela "escena por escena como el negativo de una película".

Esta vez no había velas ni olores dulces de iglesias, no había ninguna transacción comercial de por medio, ningún intercambio del tipo: "Te doy estos 150 mil pesos porque me digas eso que quiero oír". No se requería de palmas de la mano, chocolate, cartas o tabaco. Éramos sólo los dos sentados en una mesa cualquiera. ¿Cuál es tu nombre completo?, me preguntó, y cerró los ojos sin ningún gesto de solemnidad ni ademán alguno de misticismo.

Después de unos minutos de concentración, y ya con los ojos muy abiertos, empezó a hablar de mi carácter. Yo, que no soy tan novata en estas artes de consultar el futuro, trataba de ser neutra, de no dar señales que pudieran ser ‘víctimas' de interpretación. Después de que yo le di una sucesión de monosílabos, el vidente, como si fuera un escritor que sabe cuándo darle un vuelco a la trama porque está perdiendo la atención de su lector, me preguntó: ¿Qué pasó con ese anillo que le dio un amor de hace muchos años? Desconcertada, le conté la historia de cómo efectivamente un anillo que por más de cinco años usé se había quedado por error en las manos de una niña que en el terminal de buses de Nueva York se lo había medido, antes de que yo partiera de la ciudad.

Este vidente cree profundamente en Dios, asegura que puede ver los ángeles y los arcángeles y no saca lucro de su don, porque precisamente piensa que "es un regalo para ayudar a la gente que merece ser ayudada". Desde pequeño, cuando a veces estaba en la sala de su casa y llegaba gente, él veía imágenes que sentía la necesidad de comunicar. Después de chequeos y preocupaciones familiares que apuntaban a que uno de los más pequeños de la familia estaba perdiendo la cabeza, descubrieron que lo suyo "se trataba de un poder". Ese "poder" le ha servido para anticiparle negocios exitosos, celebraciones o accidentes a la gente que conoce y le sirve para anticiparme que a pesar de que me acabo de comprar un par de botas, me voy a comprar otro par.

Aunque yo quisiera que nos apresuráramos a entrar más en los misteriosos avatares del futuro, el vidente sigue dándome escenas muy reveladoras de la vida que he llevado. Lo hace, sin duda, porque mientras más me da información que puedo contrastar y que resulta verídica, el poco escepticismo que me traía encima fruto de infortunados encuentros anteriores con las artes adivinatorias, se desvanece por completo. En este punto es imposible no estar completamente seducida.

Antes que darme las típicas sentencias: "veo un viaje", que parecen tan probables para cualquier mortal, su habilidad le permite describirme escenas. Me describe mi cuarto con exactitud y me habla, por ejemplo, de un gesto que hago en las mañanas ante el espejo; me habla de mi sufrida dolencia estomacal y hasta de lo indecisa que siempre soy con mi pelo. Se refiere a mis tres amigas con precisión de detalles: la del pelo largo, la del pelo crespo y la que se pasa el pelo por detrás de la oreja. Me habla de mi tío recién muerto, de mi mamá, del hombre moreno extranjero de ojos claros que me encontraré en unos años y asegura que en poco tiempo me ve subiéndome en las escaleras de un avión, que estaré esquiando y que visitaré París.

Ante la cantidad de información, la curiosidad parece imparable y le disparo una lluvia de preguntas que abruptamente interrumpe: "No todo puede decirse, hay muchos detalles que no veo, porque hay que limpiarte la energía, pero además, Dios no me permite decirte todo. No puedes decirle todo a la gente porque eso la predispone mucho". Qué se puede decir ante semejante sentencia. De inmediato me pide que anote las fórmulas de unos baños nocturnos a base de flores y mieles, luego pone sus manos sobre las mías para medir la energía (y en este punto pienso que hubiera sido preferible un lugar más íntimo que un café) y luego, como creando una burbuja a mi alrededor, pasa sus manos haciendo chasquear los dedos al final. "Hay videntes que tienen su poder en los ojos o en la planta de los pies, yo lo tengo en las manos", me explica antes de finalizar el procedimiento.

Eduardo muchas veces no vuelve a ver a sus ‘pacientes' (no son clientes), porque una cita suele ser suficiente. "La gente no puede empezar a depender de estas cosa, eso hacen muchos para hacerse ricos, es la clave del negocio, pero a mí me interesa que la gente se vaya feliz". A pesar de esto, convenimos una cita para después, cuando finalice los baños y así destaparme "unos cuantos canales energéticos del amor que sin duda tengo atascados". Al final, un abrazo profundo de despedida me hace sentir que de repente el desconocido sabe algo verdadero sobre mí. Antes de irme me pide que rece por él, porque aunque es una paradoja, Eduardo, el vidente, puede ver por completo mi vida, pero nunca sabrá qué será de la suya.

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