“La mente es la que tiene la respuesta”

Fue por una taza de chocolate que Amanda se aprestó durante tres horas y media a adivinar mi futuro, a hablarme de los dos supuestos hijos que voy a tener, de los dos trabajos que me darán la fortuna económica en mi vida y de las cinco mujeres que acompañarán mi expectante sentimental.

La duda se apoderaba de mí. Traté de hacer un par de preguntas, pero me contestó, sentenciosa, que estaba adivinando el futuro, que no indagara por él y que si tenía dudas sobre mi presente y mi pasado, me las despejaría con la lectura del tarot, la segunda parte de la sesión.

Sus ojos apuntaban rápidamente a varios cientos de puntos cafés que reposaban en el asiento del pocillo. “Vienen procesos fuertes en tu vida, te vas a despegar de las personas que tienes a tu lado y vas a comenzar un camino solo”, apuntó. “Pero vas a flaquear mucho y tendrás que pelear con garras para poder triunfar y por eso, te debes guiar por tu mayor fortaleza: la intuición, acompañada de la velocidad y agilidad mental que aquí se observa”, dijo.

En medio de su lectura descifró varios números (432, 42, 2) que me dio a elegir para jugarle a la suerte, anotarlos en mi memoria, o simplemente, para recordarme que existe una tendencia llamada numerología, que podría servirme para entender mejor mi existencia y protegerme de las que ella llamó “cosas malas”, y que, finalmente, podrían servirme de guía en el camino que venía labrando desde que empecé a desarrollarme profesionalmente.

Dijo ver un pescado de mar en la taza, que indicaba mis opciones de vida. A su lado, yo me movía velozmente y salía libre de corrientes rápidas y uno que otro remolino. “Victoria sobre retos venideros”, concluía. Paradójicamente, Amanda tomaba agua de un vaso de plástico y me apuntó con el dedo una fuente eléctrica que estaba sobre un archivador junto a un pequeño bonsái oriental. Entonces, con el pocillo en la otra mano, los señaló diciendo: “Son parte de una decoración inconclusa de feng shui que traté de hacer en el local, donde el agua es señal de limpieza y majestuosidad”.

Habló de la muerte de un hombre de 65 años, de problemas de salud por falta de sueño, de una enfermedad hereditaria en los huesos, del interés por crear mi propia empresa y hasta se aventuró a asegurar que del 100% de mis presupuestos económicos, alcanzaría el 75% de ellos. Un par de segundos más tarde, con un silencio que se adueñó del lugar, donde sobraban las esencias y los cuarzos milimétricamente puestos en los stands que daban al público, pues nosotros estábamos tras un biombo de madera, dio paso a la segunda parte de la consulta.

“Tres preguntas puedes hacer, pero nada referente a lo que te dijo el chocolate”, explicó. Después de haber tomado esa taza de bebida caliente que poco disfruté, me dediqué por espacio cercano a una hora a sacar grupos de tres cartas consecutivas y preguntar por mi salud, por la de mis padres y por un viaje al extranjero que próximamente va a hacer mi hermano. La mesa daba la medida exacta para que la baraja de cartas se extendiera completamente. Amanda y sus arcanos empezaron a aventurarse en las primeras respuestas.

Eran las 12:30 del día y el calor se adueñó del lugar, tal vez por lo pequeño del local o por la entrada casi directa del sol. Aunque nunca me presenté con mi nombre completo ni le hablé de mi signo zodiacal o del oficio al que me dedico, datos que generalmente servirían para descifrar la personalidad, me dejó saber que las cartas le decían que yo escribía y que podría decir que era periodista, apunte que me deslumbró, sin duda. Habló certeramente de mi forma de ser: fuerte por fuera, débil por dentro, emprendedor, comprometido, luchador, creativo y malgeniado; quizá lo supo por los arcanos, quizás por mi comportamiento en el lugar. Aún no logro descifrarlo.

En el tránsito hacia las respuestas a las preguntas sobre mi presente, del que puedo decir acertó en su mayoría, habló de runas, chacras, cuarzos, arcanos mayores y hasta del poder de la mente. De que su videncia había empezado a los seis años, cuando observaba imágenes en las tazas de chocolate que tomaban sus papás. Luego, cuando subía a los buses, y como trenes desenfrenados veía la vida de las personas que estaban a su lado, tenía que cerrar los ojos y rezar para que aquellas visiones dejaran de atormentarla. Dejó salir el nombre de algunos de sus maestros de las artes adivinatorias y sanatorias, entre ellos varios orientales, que fueron los que le ayudaron a direccionar su videncia. Me habló de su práctica de reiki universal, que es la técnica de sanación con las manos.

Mientras charlábamos, me comentó que tenía 50 años. Yo había pensado que no llegaba a los 40, fundamentalmente por su forma de vestir, juvenil, espontánea. Entonces, con una fluidez verbal envidiable, puso a mi disposición una baraja de cartas de ángeles. Tomé una. La imagen, según Amanda, traducía creatividad, “un reflejo más de tu forma de ser”, dijo. Luego, entre un cúmulo de cristales, tomé una piedra: “Es tu chacra, tu centro de energía, que está en la cabeza y que tienes que abrir, una de las misiones que tienes por concretar”.

Al final de la consulta, saqué de mi bolsillo los $60.000 que costaba, y los puse sobre la mesa, junto a la taza de chocolate, el tarot, los ángeles y las piedras. Le confesé cuál era mi misión y le consulté si podría contar la experiencia en el periódico. Amanda tomó tres cartas y con la ayuda de un péndulo, las indagó. Me dio un sí contundente. Después le indagué sobre mi futuro laboral y una frase salió desde lo más profundo de su pecho, dijo, porque desde allí sale la voz que le ayuda a interpretar el tarot, simplemente para responder y despedirme diciendo: “Acuérdate, la mente es la que tiene la respuesta”.

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