La libertad según Jonathan Franzen

'Freedom' fue considerada la gran novela norteamericana de 2010 y fue escrita durante nueve años por este revolucionario de la ficción.

De Jonathan Franzen se han dicho varias cosas, felizmente, ciertas: que recupera con su escritura la tradición de los clásicos; que ha publicado dos de las novelas más ambiciosas de la literatura norteamericana en el siglo que comienza —The Corrections (2001) y Freedom (2010)—; que contradice el vértigo comercial a favor de una creación pausada y ambiciosa —durante los nueve años que le llevó escribir Freedom descartó cerca de 1.000 páginas que no encajaban en la historia—; que comparte con su pasión literaria la sosegada afición del observador de aves —no en vano, la trama de Freedom gira, simultáneamente, con los términos contradictorios de una generación que se enfrenta a las guerras de Afganistán e Irak, alrededor de un proyecto para crear un santuario en el que pueda sobrevivir un ave diminuta, el cerulean warbler o dendroica cerulea, manifestándose la ruindad del poder cuando un magnate manipula los sueños de un ecologista llamado Walter Berglund y aprovecha su ilusión de proteger al pajarito como una fachada para explotar minas de carbón y destrozar el medio ambiente.

Los protagonistas de la historia que conmocionó las librerías cuando la novela se lanzó en agosto de 2010 —y que ahora alcanza cuotas tan inverosímiles como los tres millones de ejemplares que vendió en el mundo The Corrections—, representan distintas versiones de la neurosis Made in the USA: alcohólicas, sexuales, deportivas, creativas, políticas, familiares y, por extensión, nacionales cuando la libertad de la novela compromete la vida de todos los que están interesados en construir, si no un mundo mejor, al menos un mundo más soportable en medio de las amenazas de la guerra, la superpoblación del planeta y las esperanzas frustradas.

El mejor amigo de Berglund, Richard Katz, es un cantante de rock que honra el nombre de su banda, Traumatics, deprimido cuando en el supermercado musical es nominado al Grammy, su música es transmitida por las ondas de National Public Radio —una de las emisoras eminentemente intelectuales del país— y cuando su disco, Nameless Lake, se convierte en el regalo navideño que estará adornando los árboles “de cientos de miles de hogares de los oyentes de NPR”. Una estrategia comercial que demuestra cómo la mejor forma de neutralizar la libertad es apropiándose de ella para transformarla en un objeto de consumo: “Los mejores años que tuvo Katz con los Traumatics coincidieron con Reagan I, Reagan II y Bush I; Bill Clinton (al menos el prelewinsky) había sido algo semejante a un reto para él. Ahora llegaba Bush II, el peor régimen de todos, y habría comenzado de nuevo con la música si no hubiera sido por el accidente del éxito”.

Para Franzen, un accidente que recompensa su actitud creativa, capaz de vulnerar la conciencia de sus lectores con el testimonio literario de dos familias —los Lambert en The Corrections; los Berglund en Freedom—, que enseñan cómo sobrevivir en un país adicto a la competencia y a la confianza exagerada en el esfuerzo personal y la autonomía del individuo para superarse, aunque sea trepando sobre los demás —expandiendo las fronteras mercantiles cuando el mapa doméstico no enriquece de manera suficiente la cuenta bancaria: en The Corrections, la geografía escogida para los negocios turbios es Lituania—; en Freedom, Joey, el hijo de William Berglund, compra en Paraguay un cargamento de chatarra y lo vende al ejército de Estados Unidos como repuestos automotores para las tropas en Irak.

Un crítico recordaba el ensayo escrito por Franzen, en el que señalaba la agresividad de sus lectores tras publicar The Corrections: insultos recibidos vía e-mail lo tildaban de snob pomposo y verdadero imbécil, así como también le preguntaban: “¿Para quién escribe usted? Con toda seguridad no para la persona común y corriente a la que le gusta disfrutar de un buen libro”.

Sin llegar a los extremos de Dante, a quien golpeaban sus lectores convencidos de que había estado en el Infierno, el hecho es que las dos meganovelas de Jonathan Franzen —a las que se suman otros dos títulos: The Twenty-Seventh City (1988) y Strong Motion (1992), así como dos libros de ensayos: How to Be Alone (2002) y The Discomfort Zone (2006)— demuestran la utilidad de la ficción para evidenciar los dilemas, vergüenzas y escasas virtudes de una época.

The Corrections y Freedom no son complacientes. Juzgan el exceso emocional cifrado por el orgullo patriótico, el nacionalismo y el convencimiento de la superioridad ante el resto del mundo. Revelan el rencor y la hipocresía entre los buenos vecinos que viven en los suburbios de Estados Unidos y comparten un asado para espiarse mutuamente. Extrema la ironía ante lo que significa ser un perdedor en un país donde la derrota humilla al que sucumbe. Se burla de las normas que definen la convivencia en una democracia: Joey pasa de su adolescencia sin sosiego a convertirse, durante su primer año de universidad, en un republicano por motivos arribistas, codiciosos y parricidas tras descubrir que el legado de los Bush contradice el romanticismo de su padre y su amor por la naturaleza. Con el temperamento de una novela rusa —por extensión, intención de abarcar una época y construcción coral en la que se entrecruzan los destinos de sus personajes—, el rigor de Franzen no escapa a la parodia y el prejuicio cuando cae en la trampa del lugar común presentando a un militar de caricatura latinoamericana y corrupta, Armando da Rosa, con el pelo tinturado como si se hubiera untado betún, en un fragmento felizmente breve de la historia, que contrasta como una travesura adolescente con el paisaje de 562 páginas que prolongan su novela.

 Michael Allen, empleado de una librería emblemática de Washington, Politics and Prose, presentó Freedom en septiembre pasado asegurando que aunque Estados Unidos sea el país de la autosuficiencia, “esta magnífica novela nos recuerda que somos angustiosamente vulnerables a la percepción de los demás”.

Una actitud defensiva y paranoica que define la vida, los triunfos y las miserias de Patty Berglund, la heroína que recuerda en la novela a sus hermanas rusas —Anna Karenina, Natasha Rostova—, tan apasionadas como ella cuando trata de solucionar su vida en el mundo familiar que lastra su existencia.

Doblegada por las apariencias, Patty es la esposa ejemplar, la vecina modelo, la neurótica por excelencia, la amante accidental de Richard Katz y la esposa fugitiva cuando William se entera del romance que vivió con su mejor amigo —al que Patty se atreve cuando lee en Guerra y Paz de qué manera Natasha, después de comprometerse con Andréi, es pervertida por el apuesto y lujurioso Anatole—. Hundida en la nostalgia cuando recuerda su pasado como basquetbolista profesional, con los años el terreno de la cancha se extiende al mundo entero donde compite por el aplauso de los otros. Una actitud explicable por la vergüenza que la acompaña desde que fuera violada en una fiesta estudiantil por el hijo de una pareja, aliada políticamente con sus padres, renunciando a sus derechos para no quebrantar la relación. Tratando de recuperar su autoestima, Patty se convierte en una atleta excepcional, que a pesar de sus esfuerzos no puede sostener el ritmo y se limita a ser una buena y rutinaria ama de casa. Su affaire con Richard es entonces una forma de explotar; una venganza en contra de la vida que no la satisface.

Los personajes secundarios contribuyen al caos interior: adolescentes al borde del colapso; hermanitos millonarios que cumplen con honrar los grandes sueños de su patria; magnates forjados por la herencia de Nixon, Ford y Reagan; campesinos iracundos por la violación de sus derechos; bellezas mitológicas de ancestros hindúes como Lalitha, nacida en Missouri, asistente y fanática de William en su cruzada ecológica; ciudades presentadas a manera de personajes urbanos con registros diferentes —Nueva York y Washington—, vinculándoles a todos la preocupación por el futuro del país en el que viven y administran su concepto de lo que puede ser la libertad, a favor o en contra de los otros.

Una libertad representada de manera tiránica en cualquier lugar del mundo donde Estados Unidos defienda sus intereses en el mercado libre; que Walter considera como algo tendencioso cuando se discuten los derechos civiles y la derecha manipula las ideas explotando los resentimientos de clase; que hace de Patty alguien cínico cuando analiza los privilegios de su vida y se tiene lástima “por ser tan libre” —como una niña rica con mala conciencia—, contradiciendo sus ideas sobre la obligación que tienen los padres de enseñarles a sus hijos cómo es la realidad.

La libertad que para Jonathan Franzen es un ejercicio de estilo a través del ritmo y la forma con los que dosifica y presenta los hechos; alternando los capítulos con el diario de Patty, escrito “por sugerencia de su psicoanalista”, mientras evoluciona el destino de los personajes.

Hacia el final de la novela, cuando William Berglund emprende una batalla ecológica en los alrededores de la cabaña donde se retira a vivir, la libertad reaparece con tono tragicómico: William les pide a sus vecinos que no dejen salir a sus gatos para evitar que se coman a los pájaros que lo obsesionan. Su enemigo más odiado es Bobby, la mascota de una familia que sospecha de William cuando el animal desaparece. El remordimiento de William y las tensiones que ocasiona su presencia en el lugar se desvanecen cuando Patty decide recuperarlo en contra del rencor que ha tenido por años debido a su affaire con Richard. La vida se mejora entonces por la terquedad de Patty y por el rescate de una libertad que no vulnera a nadie.

Una lección que Franzen aprendió nueve años después de publicar The Corrections. Oprah Winfrey la escogió para su Club del Libro. Franzen reaccionó con arrogancia. Dijo que su novela pertenecía a “la tradición del gran arte literario”; que las selecciones de Oprah estaban determinadas por el sentimentalismo. Los términos fueron distintos con Freedom: Franzen autorizó a Oprah para que seleccionara la novela y Oprah la anunció en su programa como una obra maestra. Se cumple una vez más el espejismo del respaldo comercial que puede tener la gran literatura y, lo que es mejor aún, que la gran literatura transforme la visión que pueden tener del mundo millones de lectores.

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Hugo Chaparro Valderrama

Cultura

La libertad según Jonathan Franzen

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