Lucian Freud, el último figurativo

El miércoles 20 de julio murió Lucian Freud. Según críticos de la altura de Robert Hughes, era el pintor contemporáneo más importante de Gran Bretaña y probablemente del mundo.

Para los que todavía creemos en el valor y el poder de la pintura, y en particular de la pintura figurativa, murió un ídolo, uno de los guerreros del pincel más valerosos y atrevidos de los últimos tiempos. Su muerte, causada por una enfermedad súbita, sorprendió al mundo del arte ya que a sus 88 años todavía gozaba de una vitalidad y productividad extraordinarias.

Sin importarle las modas o corrientes artísticas del momento, Freud únicamente hizo lo que le interesó: esencialmente, pintar lo que tenía y veía al frente de sí mismo. Desafió así los parámetros impuestos desde los años 30 por corrientes como el surrealismo, el modernismo abstracto, el arte conceptual y en los últimos tiempos, por el imperio de la imagen digital. Caras y desnudos humanos, animales y paisajes prevalecen en su obra pictórica. Se identificó así más con artistas independientes como su gran amigo Francis Bacon, con quien compartió su interés por la figura humana, siendo la gran diferencia entre los dos que Freud sólo pintaba lo que veía, no lo que recordaba o imaginaba. El director de la Galería Tate de Londres, Nicholas Serota, dijo 15 días atrás al diario Daily Telegraph de esa ciudad: “La vitalidad de sus desnudos, la intensidad de sus naturalezas muertas y la fuerte presencia de sus retratos de familiares y amigos garantizarán para Lucian Freud un lugar privilegiado en el panteón del arte del siglo XX”.

Freud, quien era nieto del psicoanalista Sigmund Freud, nació en Berlín en 1922 y a los 10 años emigró con su familia a Inglaterra escapando de la persecución contra los judíos, país último que lo adoptó. En 1939 se volvió ciudadano británico y vivió en Londres hasta el momento de su muerte. Tuvo dos matrimonios fallidos (el primero con la hija del escultor Jacob Epstein) y varios hijos dentro y fuera de éstos. Tenía fama de mujeriego, jugador  y bohemio, aunque los que lo conocieron de cerca dicen que era un hombre muy privado y fundamentalmente casero. Poco le interesaron los viajes pues según el, todo lo que le interesaba pintar lo tenía cerca. El galerista William Acquavella comentó en una entrevista para la BBC que era un hombre cálido, sencillo, inteligente, perspicaz y de comentarios ingeniosos.

Con la terquedad y perseverancia que lo caracterizó como artista, a finales de los años cincuenta comenzó a desarrollar un estilo totalmente propio y original que nunca dejó de generar controversia,  incluso cuando Freud ya gozaba de una reputación indiscutible (una obra suya alcanzó en 2008 un precio de subasta récord para un artista vivo: USD$33,6 millones). Su mirada tan particular de la realidad, pasando por los filtros de su mente, de su mano, de su pincel y de su lienzo, produjo imágenes que para cualquiera resultan perturbadoras de algún modo, si no cautivadoras. Sus desnudos, por ejemplo, turban a muchos por su carnalidad directa. Sus retratos, porque proyectan facetas del modelo que éste o sus conocidos no siempre quieren ver. Un caso es su retrato de la reina Isabel, que fue descrito por muchos como poco fiel a la realidad e incluso irrespetuoso. El retrato de su amigo artista John Minton, quien a los pocos años después de ser retratado por Freud se suicidó, premonitoriamente mostraba un rostro perturbado y/o deprimido, cuando en el momento de pintarlo muchos comentaron que su expresión no reflejaba la vitalidad del “verdadero” Minton. Famosos y vanidosos que osaron posar para él reconocen que desde el primer momento en que se sometieron al escrutinio de su mirada, temblaron de miedo de ver el resultado final. Y muchos quedaron efectivamente descontentos, como fue el caso de Andrew Parker-Bowles, entre otros. Además de la reina , la supermodelo Kate Moss, a quien pintó desnuda y embarazada, fue quizá su modelo más famosa, pero también están en la lista Francis Bacon, David Hockney y otras personalidades. Pero Freud no sólo pintó a gente famosa o exitosa. El hombre o mujer del común, en particular los marginados, siempre le llamaron más la atención. William Feaver, crítico de arte que fue curador de la retrospectiva de Freud en la Tate en 2002, amigo del artista durante más de 40 años, dijo recientemente en entrevista para la BBC que uno de los grandes aportes del artista fue recuperar la importancia del retrato pintado dentro del mundo del arte, perdida bajo las influencias del modernismo y otros movimientos de vanguardia.

El crítico de arte británico Martin Gayford publicó hace poco un excelente libro, Hombre con bufanda azul (‘Man with a Blue Scarf’, Thames and Hudson, 2010), en donde relata lo que fue la experiencia de posar para Freud en el periodo 2004-2005. En su caso, la tarea duró más de un año, más de 25 sesiones, pasando por las cuatro estaciones, días azules y días grises, días felices y días tristes para artista y/o modelo, en los que a veces se desbarataba lo que se había hecho en meses anteriores porque ya no era “real”. Gayford entendió que para Freud era esencial que hubiera una relación fuerte entre pintor y modelo y que el proceso mismo se volvía más importante que el resultado final, para los dos. Nunca se aburría pintando el mismo motivo y nunca parecía tener afán de terminar, lo que desesperaba y al mismo tiempo fascinaba a sus modelos. Era perfeccionista y ambicioso y estas fuerzas lo animaban a trabajar día a día sin parar.

El famoso artista conceptual Damien Hirst (sus animales preservados en formol o la calavera cubierta de diamantes son algunas de sus obras más conocidas), quien de vez en cuando coquetea con la pintura sin publicitarlo demasiado, dijo a Martin Gayford lo siguiente acerca de la obra de Freud: “Lo que me encanta es la interacción entre lo representacional y lo abstracto. Desde lejos su obra parece de un gran realismo fotográfico, pero cuando uno se aproxima a ella se empieza a parecer más a un de Kooning. Uno puede siempre identificar una buena pintura cuando al acercarse a ella se descubren esas marcas nerviosas…”. En esas marcas tan personales de Freud pudo tener que ver, según Gayford, su miopía crónica. Según Freud, quien realizó muchos autorretratos, al final toda su obra, incluyendo los retratos de otros humanos, eran autobiográfica y eso puede explicar también la “rareza” y “nerviosismo” que proyectan sus imágenes. Su interés por el autorretratismo  hizo que algunos lo tacharan también de exhibicionista.

A diferencia de otros grandes pintores de su tiempo, como David Hockney o Chuck Close, nunca le interesó pintar con base en fotografías. La fotografía, decía, “ofrece una gran cantidad de información sobre la forma como cae la luz sobre los objetos, pero casi sobre nada más” (pág. 97 de Hombre con bufanda azul). Además del reto de encontrar “la vida y carnalidad” en los sujetos o en las formas que pintaba, el acto físico de pintar, el olor y la textura de la pintura, ir sobreponiendo una capa sobre otra de ese “delicioso” material, era lo que lo movía. Pese a que era pintor por excelencia, comenzó como dibujante. Pensaba que el dibujo era más difícil que la pintura: “Poder dibujar bien es lo más difícil, mucho más difícil que pintar, como se puede constatar con el hecho de que es mucho menor el número de artistas que fueron grandes dibujantes, como Dürer, Ingres, Degas, sólo unos pocos, frente al gran número de grandes pintores en la historia del arte”, dijo a Gayford en una de las sesiones que compartieron juntos.

Dentro de las múltiples influencias sobre su obra, están los pintores alemanes de la época de Weimar como Otto Dix, pero éstas se remontan a artistas clásicos como Dürer, Hans Memling, Ingres y Tiziano, entre otros. Cuenta Gayford que respecto a la gran disputa del arte en el siglo XX, entre si Picasso o Matisse era el artista superior, Freud decidió que el ganador era Matisse. Desde su punto de vista, lo que siempre  interesó a este último de manera honesta era “la vida de las formas, de lo que finalmente se trata el arte”. El arte que se hace como el teatro, para impresionar o dejar estupefacto al público, era una de sus aversiones. Freud creía que Picasso, a quien conoció personalmente, era en el fondo un teatrero.
 

 

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