Monólogo para todas las edades

La autora de 'Veladuras' cuenta cómo construyó esta historia cargada de nostalgia y habla de algunos de los problemas actuales de la literatura infantil.

“Hay una cosa que siempre tiene que ver en mi escritura y es algo que sucede afuera, y que funciona como un disparador para algo de mi mundo interno. Lo que me llevó hacia esta historia fue algo que me contó una persona con relación a su papá. Ahora, no se trata tanto del relato, sino de que esta persona tenía una manera de pensar en su padre y su madre propia de un adolescente: muy fascinada por el primero, y como enojada con la segunda. El núcleo de la conversación es la fascinación con la que habla de él, quien ya había muerto. Su relato me tocó en un lugar propio, misterioso, y terminé escribiendo sobre algo que empezó con una historia que me contaron.

“Siempre mis proposiciones son de orden formal, cuestiones acerca de la forma. La historia misma me llega más de un modo azaroso. Lo que me propongo cuando hay algo que me inquieta es comenzar a preguntar desde dónde lo puedo contar. Me interesa muchísimo el narrador: el juego de proponer otra mirada para ver cómo se ven las cosas desde allí. Yo me fijé la meta de contar la historia hacia atrás y desde las voz de Rosa, que resulta muy compleja porque hace uso de una metáfora del lenguaje del noroeste argentino, y porque esta es una mente confundida, un poco en el borde de la insania. Esto era, para mí, el punto de vista de Rosa, la protagonista. Todo lo que contara tenía que entrar desde ahí, ya que el éxito del proceso de escritura, si se quiere, es lograr contar todo desde un ángulo, como si se tratara de un cineasta que planta la cámara en un lado, bueno, yo planto el oído y la mirada, y desde ahí se ve ese mundo.

“El tema de la locura es uno que me interesa mucho porque pasé mi infancia en un pueblo en donde hay un asilo de enfermos mentales. Cuando yo era chica, este asilo era el más grande de Suramérica, con siete mil pacientes, en un pueblo que en esa época tenía entre cuatro y cinco mil habitantes. Nosotros íbamos a fiestas en el asilo, mucha gente del pueblo trabajaba allí. Estaba muy naturalizada la locura, era parte del paisaje. Mientras más particular y desconfiable sea el narrador, es más difícil la escritura: se apuesta mucho más en el juego porque uno corre más riesgos de equivocarse que con un narrador muy tranquilo, que lo mire todo desde arriba.

“Cierta idea de nostalgia, de cosas perdidas, atraviesa mi obra de maneras distintas. Yo pienso que esto se alimenta de un par de fuentes: creo que tiene que ver con los pueblos de la llanura, con lo que es la pampa argentina, que otorga una condición humana cargada de melancolía. Por otra parte, soy hija de un italiano que nunca regresó a su tierra, y siempre hubo esa nostalgia de la vida que se quedó allá.

“Mi infancia influyó muchísimo en toda mi obra, pero no necesariamente con lo que me sucedió, aunque en mi poesía sí sucede así. La narrativa ha sido para mí, la forma de mirar a los otros, cercanos o azarosos casi, que me encuentro y me cuentan episodios, y esto dispara una asociación de recuerdos que van alimentando algo que, pasado el tiempo, puede terminar convirtiéndose en historia. Claro que a veces recurro a cosas de mi propia vida o de mi entorno, como quien va al sótano en busca de algo que le faltó, un rasgo, una frase.

“Yo he hecho una obra un poco extraña para el mismo campo de la literatura infantil, en el sentido en que hay libros como ‘Veladuras’ que no se adaptan muy bien al rótulo. Cada libro ha respondido a una necesidad de entrar en algo hondo.

“El tema de los encasillamientos es una necesidad de afuera. Yo siempre he respondido con reticencia a eso: la etiqueta de escritor para chicos, escritor para grandes, así como la de este es ensayista, poeta y así. Yo me considero una escritora a secas.

“En la literatura infantil hay un círculo vicioso entre la escuela, las editoriales y los escritores. La escuela demanda ciertos libros apropiados para ciertas cuestiones y los editores fabrican para esas necesidades; o los editores se pueden anticipar a estas y fabricar para esos currículos. Lo más terrible es completar ese círculo con la anuencia de escritores que escriben para la demanda editorial, que a su vez busca satisfacer la demanda de la escuela.

“Un escritor de verdad, si me permiten decirlo, es una persona capaz de ahondar en una búsqueda propia, muy personal, luchando en sí mismo con esas cuestiones que están en el mundo del cual uno forma parte.

“Lo que a mí me pase: emoción, perturbación, conmoción con respecto a mí misma es un eco de lo que le puede llegar a pasar a un lector. Un escritor tiene que escuchar su propia caja de resonancia, estar muy atento como primer lector que es de ese trabajo nuevo. La escritura nunca debe responder al deber ser de ningún orden, sino al campo el ser, por decirlo de alguna forma”.

 

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