La resurrección de Pablo

El actor Andrés Parra interpretará al capo en la nueva serie del Canal Caracol ‘Pablo Escobar, el patrón del mal’. ¿Cómo logró meterse a su mente?

El martes 15 de mayo, en una casa del barrio Belén Fátima de Medellín, un equipo de maquilladores revivió a Pablo Escobar en el cuerpo del actor Andrés Parra. Lo transformaron con paciencia para que luciera tal y como se veía el capo el día de su muerte. Era el capítulo final de Pablo Escobar, el patrón del mal, una serie del Canal Caracol que reproduce la vida del mayor narcotraficante que ha engendrado el país. Los pasajes de esta historia están basados en el libro La parábola de Pablo, del periodista y exalcalde de Medellín Alonso Salazar: el texto más fiel y serio que se ha escrito sobre Escobar, según los conocedores.

En la página 27 del libro, citando a la revista Semana, se lee: “No dejó gobernar a tres presidentes. Transformó el lenguaje, la cultura, la fisonomía y la economía de Medellín y del país. Antes de Pablo Escobar los colombianos desconocían la palabra sicario. Antes de Pablo Escobar Medellín era considerada un paraíso. Antes de Pablo Escobar el mundo conocía a Colombia como la Tierra del Café. Y antes de Pablo Escobar nadie pensaba que en Colombia pudiera explotar una bomba en un supermercado o en un avión en vuelo”.

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Todavía es Andrés Parra. Frente a un espejo. Con un bigote tupido pintado de negro y unas patillas también teñidas. Con la cabeza rapada y brillante, porque seguramente esta mañana se habrá pasado la máquina como todos los días. Es Andrés Parra con una camiseta de fútbol de Alemania y un bluyín. En dos horas, o un poquito más, será Pablo Escobar. O Pablo, a secas. Con el pelo ensortijado, la piel ajada, la barba densa y la mirada de un hombre que está a punto de morir baleado en un tejado.

Fady Flórez será el responsable de esa transformación. Él y un equipo de tres maquilladoras más reciben a Parra hacia las 7:00 a.m. para empezar el minucioso proceso. Fady esparce crema humectante en el rostro de Andrés, al mismo tiempo que Paola Delgado va armando rizos en la peluca que usará y Ángela Palacio, La Negra, pule los últimos detalles de la barba, pelo por pelo. Siempre mirando al espejo, Parra cuenta que en octubre presentó el casting para ser Escobar —él, a diferencia de casi toda la producción, lo llama por el apellido— y que en noviembre ya le estaban diciendo usted es el elegido, pero tiene que adelgazar. Perdería 16 kilos en los siguientes tres meses.

Luego Fady toma un pincel y una cajita con una especie de acuarelas. Traza una línea grisácea en la parte inferior de cada ojo, mientras Diana Guevara, otra de las maquilladoras, va explicando que es un proceso “para agachar la mirada”. Ya hay algunos asomos de Pablo en esos ojos. Dice Parra que durante cuatro meses sólo se dedicó a leer a Escobar en tantos libros que del capo se han escrito. Leyó como un loco y subrayó cada frase que le hablaba de su personalidad, de sus maneras, de sus formas, de sus detalles.

Subrayó y luego reescribió esas frases en un cuaderno que siempre lleva con él, que es su biblia, que tiene en la portada una foto del capo sonriente. En la primera página de ese cuaderno Parra escribió, con letra menuda: “Paranoia: ser colino (…) Constante sensación de estímulo, de alerta persistente. Marihuana: uno se fuga, echa globos”. Luego contará que la marihuana era el único vicio de Escobar. Dirá que el capo murió aniquilado por la paranoia, la que le habían dejado tantos años de fumarse mínimo un ‘plonazo’ (una bocanada) diario.

En el cuaderno también está escrito: “Admiraba a figuras como El Padrino y El Siciliano, de Mario Puzzo. De El Padrino adoptó el hermetismo, los modales lentos y los largos silencios. De El Siciliano, su vocación social”. “Logró su propio sello. A las ráfagas de ametralladora de sus ídolos gangster le sumó la dinamita, a la que llamaba la bomba atómica de los pobres”. “Se le atribuyen 4.000 homicidios”. “El Patrón decía ‘hágale’ y se activaba una máquina que funcionaba con perfecta sincronización… ‘Hágale’ y explotaba una casa, secuestraban a alguien, se moría el director de un periódico o un candidato a la Presidencia”. (Citas parafraseadas o textuales de La parábola de Pablo).

“Leo y subrayo todos los detalles que me sirven. Un ejemplo: Escobar no toma trago, eso me sirve. Escobar nunca se puso bravo, eso me sirve. Estaba obsesionado con su pelo, eso me sirve… Escobar es un antinarcotraficante. Se obsesionó con los personajes de la mafia italiana que son herméticos, tranquilos. Yo me imaginaba a un histérico, salvaje, loco… y no”.

Ahora Fady se ocupa de las cejas de Parra. De darles más volumen y oscurecerlas. Paola termina de peinar la peluca y la forra con un gorro de plástico. Fady también se concentra en la nariz, en “acortarle la punta, porque la de Parra es muy puntiaguda”. Se le marcan las líneas de expresión. Se le pintan manchas en la piel. Se pone lentes de contacto para oscurecer sus ojos verdes

Parra sigue diciendo que no sólo leyó, sino que también vio todos los documentales que hablaban del capo. Estudió sus gestos, su caminar (“tiene un swing raro”, dice él. “Caminaba como un pingüino”, bromea Diana). Encontró que Escobar respiraba por la boca y que por eso la llevaba siempre entreabierta, que tenía un hombro caído, que cuando hablaba acostumbraba poner los brazos en “jarra”; que siempre, religiosamente, antes de beber cualquier líquido, miraba con desconfianza su contenido. Después Parra se obsesionó con los discursos. Los escuchó hasta memorizar el “sonsonete” de Pablo.

“Cuando empezó todo ese proceso yo estaba hecho un lío. No entendía cómo Escobar podía ser tan bueno y tan malo al mismo tiempo, hasta que me reuní con un psicólogo que me dio su cuadro clínico: era un ser antisocial y sádico. El antisocial nace con una habilidad para crear dentro de su cabeza la moral y la ética que, según él, tiene que regir; se sale del sistema y crea sus propias reglas. Por eso no hay culpa. Escobar estaba enfermo. El psicólogo decía: ‘si él hubiera nacido en Estados Unidos, o en un país desarrollado, desde chiquito se hubieran dado cuenta de que había que encerrarlo, de que ese tipo de personas no pueden estar en la sociedad porque no pertenecen a ella. Eso fue para mí muy aliviador. Ya no lo juzgo. No lo odio. No lo amo. Se volvió como un paciente mío”.

El siguiente paso es la peluca. Fady le humedece la cabeza a Parra con un pegante y se la acomoda. Está peinado de lado. Le pinta algunas canas. Para la escena de hoy ya el capo tiene 44 años. Tanta bala y tanta guerra lo envejecieron, lo enfermaron, lo engordaron hasta llegar a 115 kilos. Ahora ya no es Andrés Parra frente al espejo. Es Pablo Escobar con su mirada temible. Está el hombre que tenía “ausencia total de asco, pudor, miedo y vergüenza. El Escobar que estaba convencido de que matar a los que mató fue una decisión políticamente correcta —dice Parra—, como para Uribe fue bajarse a Reyes o para Obama, bajarse a Osama Bin Laden. Es exactamente igual. No creo que Obama haya entrado en una profunda depresión después de lo de Bin Laden. Escobar tampoco”. Por último le ponen la barba.

El de hoy, frente a las cámaras, será un Pablo solitario. Abandonado. “Ha enterrado a muchos. Es un Escobar enfermo de gastritis, al que el largo consumo de marihuana ha vuelto muy paranoico”, cuenta Parra. Lo está persiguiendo medio país: la DEA, el Ejército, ‘Los Pepes’. Ya han sido demasiados muertos a su nombre: el entonces ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla (1984); el director de El Espectador Guillermo Cano (1986); el candidato presidencial Luis Carlos Galán (1989), y otros tantos miles.

En las grabaciones de hoy Andrés Parra lucirá agotado. Habrá una atmósfera casi de funeral entre los otros miembros de la producción. “Es una carga emocional muy grande”, asegura el actor, que prefiere no compartir con sus compañeros de trabajo en los tiempos libres. Que busca el silencio de la habitación de un hotel para descargar el enorme peso de ser Escobar. Que desde ya, sin empezar aún a ser transmitida la serie, está sintiendo el asedio de la gente que sólo le pregunta por el capo; por el inteligente, guerrero y calculador de sangre fría, que no respetaba para nada la vida, que tenía una debilidad especial por su familia y que era fiel creyente de Jesucristo (La parábola de Pablo).

“Hoy la gente me mira y no me ve a mí. Quieren tomarse fotos es con Escobar, no conmigo. Andrés es sólo un títere. Y a usted le pasó hoy. ¿Vio que dejó de entrevistarme a mí para entrevistarlo a él, y preguntarle qué comía, cómo caminaba, qué fumaba? Eso mismo les pasa a todos”.

Andrés Parra

Nació en Cali el 18 de septiembre de 1977, pero creció en Bogotá. En los últimos años ha interpretado dos papeles en televisión que le han dado un gran reconocimiento: el del mafioso ‘Anestesia’, en la telenovela ‘El cartel’, del Canal Caracol, y el del narcotraficante Jaime Cruz en la telenovela ‘La bruja’, del mismo canal.

Su interpretación del padre Gabriel en la película ‘La pasión de Gabriel’ le permitió obtener el premio a Mejor Actor en el Festival de Cine de Guadalajara, México. Parra es egresado de la Escuela de Formación de Actores del Teatro Libre. Una buena parte de su carrera se ha desarrollado en el teatro. Su debut en la televisión lo hizo en la novela ‘Por amor a Gloria’ y al año siguiente el cine le abrió las puertas con películas como ‘Satanás’, ‘El amor en los tiempos del cólera’ y ‘Perro come perro’.

Pablo Escobar

Nació el 1° de diciembre de 1949 en Rionegro, Antioquia, y murió el 2 de diciembre de 1993 en Medellín. Escobar fue uno de los fundadores del llamado cartel de Medellín y ha sido el narcotraficante colombiano más temido en el mundo.

Cuando ya contaba con una mafia estructurada, fue elegido representante a la Cámara suplente para el Congreso de la República en 1982. Una corta carrera que se terminó un año después, cuando empezó a ser acusado abiertamente de tráfico de drogas.

Ese mismo año, 1983, el Departamento Antidroga de Estados Unidos lo vinculó a las organizaciones de narcotráfico, con lo que empezó su vida en la clandestinidad.

Se le atribuyen miles de muertes en esa guerra, entre ellas la del director del diario El Espectador, Guillermo Cano.
 

 

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