La muerte y la vida se asoman al Bósforo

La elocuencia de los cementerios los convierte en epítomes de las sociedades que terminan por habitarlos.

No es un accidente que el de Pére Lachaise, en París, ostente una elegancia axiomática o que el acatólico de Roma exprese la vocación laica que cabecea en el fondo de una metrópoli de origen pagano pero santa por definición. Tampoco resulta una casualidad que más de un millón de personas vivan en las asombrosas ciudades de los muertos que circundan el centro de El Cairo, y que dicha circunstancia les permita evadir impuestos y huir, a su manera, del marasmo de una de las capitales más pobladas y contradictorias de la tierra.

Todas las necrópolis reflejan su alrededor: las pequeñas que se asoman a los acantilados de Escocia; los patios de las iglesias de muchas aldeas; la de animales en el Hyde Park londinense; el misterioso bosque de Olsany que evoca, en Praga, las leyendas del centro de Europa, en particular si se visita en una mañana de bruma; los santuarios históricos que le agregan a su condición de templos, la de lugares de encuentro entre la vida y la muerte; la de San Michele en Venecia que ocupa toda una isla; la monumental de Staglieno en Génova; el primer camposanto de Atenas donde, entre esculturas decimonónicas que añoran la antigüedad, se respira el aroma de la independencia griega, y la humilde del archipiélago de San Bernardo, en el Caribe colombiano, que junto con la minúscula de Pubenza entre Tocaima y Girardot, en un camino de Cundinamarca, podrían resumir el romanticismo inglés si no fuera por los cocoteros, los mangos y los matarratones que las llenan de trópico.

El antojo de buscar los recovecos donde la muerte reafirma su condición de eterna y, en una paradoja, se confronta con la existencia, puede llevar al viajero a uno de los osarios más singulares de la tierra: el de Eyüp en las colinas que rodean el Cuerno de Oro en las goteras de una ciudad que, como Estambul, favorece una plática sin fin entre la historia, la modernidad y las leyendas que evocan Las mil y una noches. Con sobrada razón, el contorno ocupa el cuarto lugar en la jerarquía de espacios sagrados del Islam después de La Meca, de Medina y de la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén. En el año 670, durante el primer intento musulmán por hacerse con la imponente Constantinopla de entonces, allí murió y fue enterrado Ayyub Al-Ansari uno de los adalides de Mahoma y por quien el distrito fue bautizado como “Sultán Eyüb”.

Casi ochocientos años más tarde, en 1452, después de que consiguió adueñarse por fin de la encrucijada de culturas, Mehmed II buscó la tumba del santo sarraceno y ordenó que se la resguardara en una mezquita, la más antigua de la urbe en nacer como tal, que llegó a ser el tabernáculo de numerosas reliquias, incluidos los venerables restos, atesoradas durante siglos por los conquistadores otomanos y, por lo tanto, un lugar sagrado. La comarca no tardó en llenarse de peregrinos y aún hoy sigue atrayendo fieles de varios países que profesan el islamismo: el romeraje es una obligación de los seguidores del precepto coránico.

Muy pronto, en esos primeros tiempos de la identidad musulmana, se advirtió como un privilegio yacer cerca de la tumba venerada, y Eyüp, además de las escuelas de formación para muladís o madrazas establecidas cerca de la aljama, comenzó a albergar el que habría de ser un inmenso cementerio. Algún sultán eligió el lugar para ser enterrado, mientras varios dignatarios de la corte y otros estambulitas de alcurnia hicieron lo propio. Con los siglos, la necrópolis se fue aferrando a la colina que abraza la aldea, terminó dominando el paisaje y se estableció como el límite vertical de la ría que se desprende del Bósforo y cuya forma de cacho, y el color de sus aguas al reflejar el ocaso, le merecieron el nombre de Cuerno de Oro.

Hoy, cuando se recorre en barco esa entrada del mar y se va dejando atrás el corazón palpitante de la colosal Estambul; cuando el estrecho, que conecta los mares de Mármara y Negro, y el lado asiático de la urbe empiezan a vislumbrarse apenas como líneas en el horizonte; cuando el estuario llamado en turco Haliç y en griego Khrysokeras, que resguardó los navíos helenos, los galeones romanos y bizantinos, y los bajeles otomanos, se adelgaza y se vuelve más íntimo; entre los barrios que ocupan las riberas de la rada, se yergue de pronto, como una muralla verde moteada de blanco por el mármol de las tumbas, el coto fúnebre que, en una aparente negación, es atravesado por un teleférico como si fuera apenas un parque.

Después de dejar el transbordador, que recorre el Cuerno como un autobús; de advertir en la mezquita la piedad de los creyentes; de observar a través de tupidas rejas varios mausoleos; de palpar, en alguna capilla sepulcral abierta al desgaire, los catafalcos revestidos de paño verde y adornados con los turbantes de sus inquilinos; de cruzar por una plaza, como la de Chiquinquirá, llena de tiendas de recuerdos, es preciso remontar una calzada, que a la postre es el propio cementerio, y dirigirse hacía el Café Pierre Lotí, en la cresta del collado por donde anduvo el novelista, para observar en primer plano, desde un ángulo inesperado, el moderno Estambul; ese perfil, un poco más allá, que por Aya Sofía y las mezquitas de Süleymaniye y Azul con sus cúpulas y minaretes es inconfundible y, algo más lejos, el brazo de mar que ha permitido durante siglos el tráfico de culturas

Al avanzar por esa síntesis de camino y necrópolis, se va revelando, junto con la extensión de la perspectiva, la peculiaridad casi aséptica del sepulcro musulmán que, si bien se nota en otros recodos, en Eyüp por la luz, por los algarrobos y los castaños, y por las profusión de plantas, contradice el aire de tragedia que le corresponde al lugar y que se torna inverosímil frente a un horizonte como el que se vislumbra. A cada paso surgen, como flores de piedra, las estelas funerarias que rematan las tumbas y que narran en caracteres arábigos, o con las letras del alfabeto latino que se impuso en Turquía desde el final el imperio, la historia del difunto. Los hipogeos, que parecen más bien lechos con dosel o acaso simples piedras miliarias de la vida, repasan la existencia y le dan un significado peculiar a la evocación, y a la estética de la muerte, mientras las canastillas del teleférico suben y bajan llenas de paseantes, para indicar desde arriba que la existencia también se adueña de ese espacio limitado por cipreses.

En el remanso, donde la geografía marítima que determinó el devenir de Bizancio contamina el hieratismo de los sepulcros, donde el negro de los velos no es una señal por fuerza de luto y los dolientes se adivinan menos atribulados que en otros alrededores de idéntica estirpe, la vida y la muerte se sumergen juntats en una esfera que por su imponencia merece, más allá de los dogmas, la peregrinación. Es el cementerio Eyüp, a la vista del Bósforo, donde caben las ensoñaciones y las quimeras, la esperanza y la fantasía, y las utopías al cavilar, por ejemplo, que los turcos y, en particular, los naturales de ese Estambul que ha sido forjado por varias civilizaciones y es el portón del Islam, podrían ser los únicos capaces de conseguir el diálogo necesario entre el suspicaz occidente, al cual pertenecen sin ambages, y el atribulado oriente musulmán de cuya esencia también hacen parte. Ojalá, voz de linaje arábigo que significa “Alá lo permita”, así sea…

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Texto y fotos: Fernando Toledo

Cultura

La muerte y la vida se asoman al Bósforo

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