Un camino de muerte

El artista colombiano Miguel Ángel Rojas reflexiona sobre la violencia y la destrucción que rodean al mundo del narcotráfico. Las hojas de coca, la cocaína y los billetes de un dólar son los protagonistas.

Miguel Ángel Rojas reflexiona sobre la búsqueda fácil de la riqueza, el poder y el placer.  / Gabriel Aponte
Miguel Ángel Rojas reflexiona sobre la búsqueda fácil de la riqueza, el poder y el placer. / Gabriel Aponte

“Parece que la bruma hubiera bajado a este lugar”, dijo el curador y crítico colombiano José Roca cuando entró a la sala principal del Museo de Arte de la Universidad Nacional. Hay un gran silencio habitado. Se escucha el croar de algunas ranas y el canto de chicharras y grillos. En el suelo blanco y reluciente reposan grandes rocas que parecen asilar la memoria de la tierra. Testigos de tiempos inmemorables, cubiertas de musgo y espolvoreadas con mambe de coca.

Esta pieza, titulada Territorio de decepción, parte de la más reciente exposición del maestro Miguel Ángel Rojas, El camino corto, es una falsa puesta en escena que habla de los nefastos efectos que tiene el negocio de la droga en la naturaleza. Una pintura tridimensional que también augura la muerte. “Los visitantes entran, le echan un vistazo a la escena y exclaman que es bonita, bella. Pero cuando terminan de hacer el recorrido, detrás de una roca encuentran una fosa, una tumba que hace referencia a la muerte”, afirma el artista.

En una pared cercana, sobre una enorme fotografía de un paisaje natural salpicado de pequeñas calaveras está escrita la frase “cae del cielo / bienhechor rocío / como riego santo”, que se repite con fervor en la Novena de Aguinaldos. Al mismo tiempo que invoca el sentimiento sublime de un país religioso como Colombia, critica el silencio indiferente con el que se ha tratado el tema de los riegos con glifosato.

Las demás paredes de la sala albergan la obra más grande de la exhibición: una pieza de 4,5 metros de altura por 117 metros de ancho, que está hecha con pequeños e incontables círculos verdes. En la parte más alta están escritos con puntos de coca los nombres de famosos consumidores: Jim Morrison, Billie Holiday, Diomedes Díaz, James Brown, Sigmund Freud y Diego Maradona, entre otros. Los que murieron por sobredosis están marcados con una estrella.

En la parte inferior, hechos con puntos de billetes de un dólar, sobresalen los alias de narcotraficantes y capos que se han enriquecido con el tráfico de la cocaína: Rasguño, Huevo de Pisca, Chapo y El Mugre, por mencionar unos pocos. Con esta instalación, que le da el nombre a la exposición, el artista reflexiona sobre la relación que se ha formalizado, a través del tráfico de drogas, entre el primer y el tercer mundo.

“Se llama El camino corto porque los narcotraficantes quieren ser ricos ya y los consumidores quieren ser felices ya. Están marcados por un deseo insaciable y así de rápido como quieren conseguir las cosas encuentran la muerte”, asegura Rojas, quien desde la década de los 80 ha trabajado el tema de la droga desde múltiples lecturas y técnicas artísticas.

En una entrevista para la revista Literal, Latin American Voices en el año 2008, el artista cuenta cómo empezó a trabajar con billetes: “Una de las noticias que me llevaron a trabajar con dólares fue una publicada por un canal mundial acerca de una patóloga americana que busca gérmenes en los billetes de dólar, porque son los que tienen más circulación en el mundo. Descubrió que 7 de cada 10 billetes tenían cristales de cocaína. El consumo es elevadísimo. La represión no es la salida, primero hay que aceptar que la gente busca este tipo de experiencias. Luego hacer campañas de educación, controlar y legalizar el uso para evitar la guerra entre países, que es peor”, dijo entonces. Rojas asegura que no hace arte sin cuestionar la realidad.

En La cosecha, otra sección de la muestra, varias cabezas pequeñas cuelgan de una pared como metáfora de la muerte. Es una fosa común de los indígenas y campesinos muertos en las etapas de producción de la coca.

El túnel del tiempo es el último segmento de la exposición. En una sala oscura del museo, alumbrada por una tenue luz proveniente de una pequeña vitrina, descansa la cabeza de un mambeador de coca cubierta por una capa de terciopelo verde. Un fragmento de una cabeza precolombina de la cultura tumaco del siglo IX que él mismo completó y esculpió. Está acompañada de otras cabezas más pequeñas que tienen una mancha de hiel en la boca, parecida una mordaza. Son los testigos del desastre y por eso la amargura escurre de sus bocas. Al final de un largo y penumbroso pasillo de la sala, frente a estos testigos, se proyecta el video de un voraz directorio telefónico cuyas agitadas hojas tragan coca sin parar. Aquí, Rojas representa la brecha entre lo ancestral y los valores consumistas y autodestructivos de nuestros tiempos.

Para María Belén Sáez de Ibarra, curadora de la muestra, El camino corto “puede ser un camino ilegal, pero también lleno de formas aceptadas socialmente, como lo es la guerra misma, como lo es el dinero espurio de los tráficos ilícitos que ha de acallar todas las voces, para comprar el silencio cómplice de la historia, del instante en el peligro, del tiempo del ahora”.

 

Hasta el 3 de noviembre en el Museo de Arte de la Universidad Nacional, carrera 45 Nº 26-85.

 

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