La revolución de las pequeñas cosas

La ganadora del Premio Norma de Novela con ‘El país de las mujeres’, invitada especial de la Feria del Libro.

Su juramento fue solemne, uno de esos juramentos que a los 18 son para toda la vida y la eternidad. Ella incluso levantó la mano. Dijo: “Yo Gioconda Belli juro ante la patria, ante la historia y ante el Che Guevara…”. Estaba dentro de un automóvil, frente al parque Las Piedrecitas de Managua, en pleno mediodía, al lado de otra mujer como ella, y con dos niños de testigos. “Era una cosa de un profundo significado. Ya me andaba persiguiendo la seguridad y todo eso y ya me sentía militante. Me acuerdo que ser militante sandinista era una cosa tan profundamente honrosa, uno se sentía profundamente honrado de ser militante y ese juramento era especial. En mi caso fue hecho ante Leana Núñez, esposa de René Núñez Téllez, dirigente sandinista, sentadas las dos en el carro con las grandes barrigas de nuestros respectivos embarazos”.

Aquella tarde Gioconda Belli rompió con el mundo que hasta entonces, y de alguna manera, la había rodeado. El mundo que la tuvo como interna en un colegio de monjas cerca de la estación de Atocha, Madrid, de donde sólo podía escabullirse escribiendo cartas y poemas primerizos. “Era mi única salida. De allí mi pasión por la literatura y por las plumas”. El mundo que la había cobijado con una familia de recursos, educada, y le había marcado un camino sin siquiera preguntarle su opinión. Rompió con lo establecido, las costumbres, el machismo, Dios, los españoles, la conquista, el rosario, los vestidos oscuros, la mujer como objeto sexual y objeto de labores domésticas, la vida como obligación, culpa y cumplimiento. Rompió, incluso, con parte de su sangre.

“En algunas líneas de El país de las mujeres hay un cuarto lleno de objetos de la protagonista, Viviana Sansón, sus objetos perdidos, los de su infancia, por ejemplo. A mí nunca se me va a olvidar una imagen de cuando era muy niña y observé cómo vivían las familias de los cortadores de café. Fue horrible verlos en hileras horizontales, familia por familia, todos hacinados sin darse cuenta”. Fue tan horrible que aquella escena se le quedó marcada a fuego y la determinó. Algunos años más tarde, a finales de los 60, ya casada, decidió que ella iba a luchar por las libertades, por la vida, por los derechos de las mujeres, “aunque luego volviéramos, con un poco más de estatus, a situaciones similares a las de antes. Mejor dicho, no íbamos a dirigir así como así el Frente Sandinista de Liberación Nacional”.

Fue entonces sandinista. Repasó la historia de Augusto César Sandino, sus luchas en la resistencia contra la ocupación estadounidense de los años 30, sus proclamas, y su asesinato a traición en el monte de La Calavera, ordenado por el general Anastasio Somoza García. Se hirió, primero releyendo los excesos de las dictaduras de los Somoza, y luego, reviviéndolos. Si ella no actuaba, si no hacía algo por liberar a Nicaragua del yugo de los sátrapas, con el tiempo lo pagarían sus hijos. Pasados muchos años de aquella revolución, Belli le decía a un periodista, William Grigsby, que las muertes y las luchas no habían sido en vano. “Si hoy estamos hablando es porque esa gente murió; si salimos de Somoza es porque esa gente murió; si se logró la reforma agraria imperfecta que se hizo es porque esa gente murió; si el pueblo nicaragüense se organiza en sindicatos y los patronos les tienen miedo a los sindicatos, es porque esa gente murió... ¡Pero hay tanto todavía por hacer!”.

Luego de sus años en la revolución, con algunas cartas triunfadoras y uno que otro trabajo como ideóloga del movimiento, Belli se fue a vivir a San Francisco y a escribir. Eran los últimos años 80. Escribió poemas de guerra, de rebeldía, de amor y de erotismo. “Porque había que transformar aquel concepto de mujer como objeto sexual, a realidad de mujer que disponía y disfrutaba de su cuerpo y, a la vez, regalaba placer. En El país de las mujeres, una nación gobernada por mujeres, la presidenta y sus ministras exageran su femineidad, la llevan a los extremos en lugar de esconderla, dentro de una corriente a la que yo llamaría El Felicismo. Hacer la Revolución desde las pequeñas cosas”. Escribió novelas, una autobiografía sobre sus épocas de militante, El país bajo mi piel, su visión sobre Juana la Loca, El pergamino de la seducción, y la utopía de su mundo regido por mujeres, El país de las mujeres. “Cuando yo era revolucionaria jugábamos con un partido político que se llamaría PIE (Partido Izquierdista Erótico). Era un movimiento lúdico que trascendía hacia el cambio”. La historia, su historia del país de Faguas, comenzaba con una manifestación y un jolgorio de fuegos artificiales liderados por Viviana Sansón, la presidenta de La República, y sus tres ministras. En medio de la alegría, del estruendo y las voces, un sicario le disparó. Ella cayó sobre una tarima y fue protegida por un hombre, José de la Aritmética, a quien querían llamar José de Arimatea. “Vio un hombre flaco, también de gorra, con cara de buen samaritano, inclinarse sobre ella. Quebrándose en el caleidoscopio del líquido tornasol en el que lentamente sintió hundirse, vio los rostros de Eva, Marina y Rebeca como reflejos asomados a un estanque. Cuando oyó el aullar plañidero de las ambulancias, ya sus pensamientos, como si alguien hubiese abierto una trampa, corrían a desaguar en un total silencio”.

Luego Belli contó cómo llegaron las mujeres al poder. La lava de un volcán que afectó a los hombres, sus intenciones por recuperar lo que se les perdió, el pasado de Sansón, el de sus colaboradoras... Contó, en últimas, todo aquello con lo que ella se ilusionó en los lejanos 70, cuando la revolución marchaba y las transformaciones eran posibles. Cuando el Sandinismo era una confrontación de ideas, una profunda discusión, una mezcla de fusiles, palabras y letras.

 

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