Adiós al escritor de los niños

El autor de 'Zoro' y 'La alegría de querer' fue reconocido como el padre de la literatura infantil colombiana.

Jairo Aníbal Niño últimamente se vestía siempre de blanco. Sus ropas, que no eran más que la extensión pálida de sus pelos y sus bigotes blancos, hacían que se acrecentara una cierta sensación, entre quienes lo veían o hablaban con él, de que se estaba convirtiendo conforme pasaban los años en uno de esos personajes fantásticos, propios de los cuentos infantiles que desde finales de los años 70 venía creando en sus libros.

Al que mucho bautizaron como “el padre de la literatura infantil colombiana” no pudo estar presente en la reciente Feria Internacional del Libro de Bogotá, firmando como era su costumbre los libros que los niños compraban. Un dolor, según recuerda haberle oído su amiga y también escritora Pilar Lozano, le atravesaba todo el cuerpo. Su libro ¿Por qué los pájaros azules no comen hormigas? anduvo algo huérfano en la Feria, pero sus buenas ventas le dieron la certeza a Jairo Aníbal de que aún sin su presencia, esa que hacía que incluso otros escritores infantiles quisieran robarle niños de las filas, su literatura sobreviviría.

A pesar de que en los años 70 la única literatura infantil existente en el país era un legado de los cuentos europeos, a Jairo Aníbal Niño no le costó conseguir una editorial que creyera en ese que se convertiría su proyecto de vida, crear libros para los pequeños. “Él venía de una militancia muy fuerte de la izquierda, sobre todo desde el teatro, y antes de ganar el premio Enka de Literatura en 1977 con su cuento Zoro, era muy conocido porque había obtenido un premio con su obra El Monte Calvo, una pieza sobre los veteranos de la guerra de Corea en el Festival de Teatro de Nancy, en Francia. Mantenía para entonces además una columna en la revista Cromos y ahí escribía cuentos maravillosos, como el de aquel Drácula que se vino a vivir a los páramos boyacenses porque huyó de Transilvania, se enamoró y la enamorada le dio una sopa de mute con mucho ajo y lo mató”, recuerda con gracia y añoranza su amigo y compañero de aventuras literarias Celso Román.

Su incursión en la magia de crear personajes para los más pequeños empezó justamente con ese libro Zoro, que fue el resultado de una serie de viajes que el escritor hizo al Amazonas. Allí conoció al capitán de un barco con el que navegó río abajo y que lo adentró en las profundidades imposibles de la selva, en donde se cruzó con un pueblo indígena que tenía como guardianes de sus hijos pequeños a un ave que llamaban el Ave Tente. “Era una especie de garza rechonchita que hacía un escándalo pavoroso cuando algún animal peligroso, como una culebra o un alacrán, se acercaba a las criaturas”, recuerda Román.

Después vendrían De las alas caracolí, Dalia y Zazir; su libro traducido al italiano Ho male alla pancina del cuore, que traduce Me duele la pancita del corazón, y La alegría de querer, libro este último que la crítica consideraría uno de los más importantes en su carrera. “Su obra no sólo fue pionera de un camino que luego muchos autores seguimos”, explica Pilar Lozano, “sino que sus libros lograron conquistar los colegios y las escuelas y se convirtieron en los primeros insumos para la promoción de la lectura en las edades más tempranas”, explica la narradora.

Jairo Aníbal Niño partió a los 69 años de edad, pero su vasto trabajo literario, que sin duda supera algunas críticas que se quejaban de su escritura almibarada, deja un universo de personajes y moralejas que podrán seguir conquistando a miles de niños.