Las voces de la guerra

La película "Pequeñas Voces" está en el Festival de cine de Venecia.

La virtud de los animadores de cine es su paciencia. Diez años después de entrevistar a varios niños desplazados en la Cruz Roja de Bogotá, Jairo Carrillo, Óscar Andrade y el equipo de producción que trabajó en la realización de Pequeñas voces pueden verla en una pantalla de cine y en el diálogo que tendrá con el público como una recompensa al trabajo laborioso de una década.

Alternando los testimonios de cuatro niños que representan el caos generalizado de Colombia, el laberinto de cada historia y el encuentro de cada niño al final de la tragedia en un barrio del bogotrópico —a salvo de las balas y los bombardeos repartidos entre la guerrilla, los paramilitares y el ejército nacional—, definen la tensión entre la fragilidad de las voces infantiles opuestas al rigor brutal y a los rugidos de sus mayores armados en una guerra de todos contra todos.

No hay pausas en el desarrollo de la película. Cada imagen tiene sentido. La voz de los niños, como víctimas desconcertadas de la guerra, explica lo que sucede en la pantalla. La palabra es filmada y la imagen es narrada. El equilibrio entre la audición y el ojo permite que el espectador comprenda y se comprometa con la puesta en escena, en términos de animación, de la realidad agazapada tras los colores con los que están dibujados los personajes y los paisajes en los que viven de milagro.

Colores, de alguna manera, engañosos. No precisamente por la factura visual de esmero milimétrico. La ilusión se produce por el aire festivo de las primeras imágenes y el inicio feliz que tiene cada relato, al amparo de una vida apacible en el campo, agazapándose, tras la gama de colores, el horror que asedia.

El artificio evidente de la animación —dibujos “que hablan” y están en movimiento— logra en Pequeñas voces evocar la realidad en la que se basan los trazos de sus imágenes. El apoyo mutuo entre la visión y los efectos de la banda sonora nos lleva desde la voz suave que tiene cada personaje —registrada durante las entrevistas que se iniciaron en la Cruz Roja—, hacia el estruendo de la brutalidad cuando las armas estallan.

Con los recursos sin límite de la adicción tecnológica versión siglo XXI, Pequeñas voces no excede en retórica visual lo que brindaron los niños entrevistados, evocando las texturas de los personajes y su factura unidimensional; la visión sencilla de un niño tratando de comprender con dibujos las visiones del horror.

Una película que está filmada en contra del sensacionalismo periodístico, del abuso de las cámaras buscando el resplandor de una lágrima para hacer de una tragedia un hecho sentimental, de las cifras muertas al estilo de una notaría con las que se registra el censo cotidiano de la muerte. Pequeñas voces hace que el espectador escuche a los personajes relegados del conflicto. Los adultos siempre ofrecen su testimonio porque la guerra, por supuesto, no es un asunto de niños. Aún así, a los protagonistas, tanto de esta película como de la realidad al otro lado de la pantalla, la guerra les tuerce el rumbo, los conduce hacia un futuro incierto y desapacible, con la esperanza imposible de vivir al margen, relegando en su memoria los recuerdos de la guerra.

El efecto sobrecoge: cuando la animación podría ser, para un espectador ingenuo, una tregua a la vida truculenta que registra el cine como escenario que nutre al mundo contemporáneo y sus reflexiones, Pequeñas voces describe el mundo infantil agobiado por la crueldad y, sin embargo, salvado por el cariño, sin caer en la trampa del sentimentalismo. Quizás otra aventura en el reino del miedo que ha sido Colombia desde el siglo XIX, pero una aventura necesaria cuando las “pequeñas voces” merecen que las escuchen y enseñan de qué manera el mundo adulto es tan torpe que puede hacer de la muerte un culto al exterminio.

 Su última proyección será el 11 de septiembre en el Festival de Venecia.

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