Un festival de cine esencial

Esta es una muestra que da prioridad al público que asiste masivamente. Este año se proyectan 339 filmes.

Treinta y cinco años después de que un abogado reconocible en el paisaje del cine por sus sombreros de cowboy llamado Dusty Cohl, el productor y fundador de la Academia de Cine y Televisión de Canadá, Bill Marshall, y el guionista y productor Henk van der Kolk fundaran el Festival Internacional de Toronto en 1976, el evento puede celebrar su historia y el privilegio de ser una referencia esencial para la cinematografía contemporánea.

Inicialmente, los “three amigos” hicieron un Festival de Festivales, una selección de los mejores festivales del mundo, teniendo en Cannes su centro de contactos y operaciones para acercar a Toronto a otras geografías en términos visuales y para activar la industria cinematográfica de Canadá. En su primera edición, el Festival exhibió 127 películas, en cinco salas, ante un público ansioso que respondió masivamente: la taquilla registró una asistencia de 42.000 espectadores. El tiempo ha transcurrido y las cifras de 2010 son elocuentes: este año se proyectan 339 películas —234 estrenadas en el Festival—, provenientes de 59 países: un total de 27.047 minutos de cine.

“Desde que empezamos, hace 35 años —señala el director del Festival, Piers Handling, en el catalogo del evento— para nosotros siempre ha sido muy importante la relación que hemos tenido con el público. Gracias a esta relación íntima y viva, la experiencia del festival es muy especial para los amantes del cine cada septiembre”.

Una relación y un diálogo con los espectadores interesados en la evolución de un arte que nutre masivamente las ideas del mundo contemporáneo, registrándose en Toronto movimientos y directores renovadores en la historia del cine reciente: el cine iraní tuvo su entrada en Norteamérica a través de los ciclos que se organizaron en Toronto para presentar al espectador una de las cinematografías más vigorosas de finales del siglo XX; directores como Wong Kar-wai, Bela Tarr, Hirokazu Koreeda, Lars von Trier, Ole Christian Madsen o Ari Folman consiguieron instalarse en el mapa del cine tras su presentación en Toronto, donde estrenaron sus largometrajes ante una audiencia que descubrió en ellos lo que este 2010 es considerado en Toronto el “cine esencial”; en términos políticos, películas que analizaron la tragedia de George Bush en la política internacional, el descalabro económico desatado por la codicia bancaria de 2007, la intolerancia y el caos desatados por la guerra de Irak o por la invasión de Estados Unidos en Afganistán, han recordado en Toronto que el mundo de la ficción no puede olvidar las tragedias de la realidad.

El cine esencial ha tenido distintas variaciones en el Festival. Su programación nos ha permitido conocer aventuras formales y narrativas, esenciales por sus aportes a un arte que se renueva permanentemente; esenciales por la manera como han desvanecido con sus experimentos las fronteras de la tecnología —un par de años atrás se presentaron en Toronto, antes de cada película, cortometrajes filmados con celulares—; aventuras éticas no menos esenciales por el despliegue temático que han reinventado la experiencia humana en la pantalla según la visión de directores como los mencionados o como los que estarán presentes, ofreciendo una respuesta elocuente a la pregunta que identifica este año al Festival: ¿qué veremos?

Durante 11 días, desde las 9:00 a.m. hasta después de la medianoche, las películas de Toronto le enseñarán a su público lo que veremos ahora y, como una promesa, lo que veremos en el futuro del cine que aguarda por nosotros; las visiones de un arte que define nuestra relación con el mundo de las imágenes, con su movimiento y con la vitalidad que le otorga su energía a una geografía igualmente esencial para conocer el estado de salud del cine, en Toronto, año tras año.

Temas relacionados

 

últimas noticias

El otro niño Jesús