Una sociedad lectora no se suicida

Invitado de honor a la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, que finalizó esta semana, el argentino habla de la literatura de un continente sacudido por los asuntos políticos. <em>Mempo Giardinelli y su santo oficio de la memoria</em>

Cuando se leen viejas entrevistas, artículos que lo nombran, sorprende ver qué poco énfasis se hace en su cara, en sus gestos, en ese físico bonachón y esa especie de luz que se insinúa en su cara cuando habla. Quizás entre debates y sentencias no es tan fácil percatarse de que el rostro de Mempo Giardinelli revela que es un hombre al que le gusta conversar. Cuando está en silencio parece un poco sombrío, pero en cuanto empieza a recordar su historia es como si la boca le arrebatara algo del espíritu que rellena sus carnes para ofrecérselo a los otros que lo escuchan. Giardinelli tiene 63 años, y tiene una voz grave que sumada a ese cierto poder del dejo argentino lo convierte en candidato soñado para arrullar con cuentos infantiles en la noche, o para susurrar quizás otras cosas al oído.

Tal vez la única razón para pasar por alto sus pelos, que empiezan ya a desteñirse, y ese librito, que le da aire de cura, que lleva siempre en la mano para anotar ocurrencias, es que sus ideas, sus libros, sus recorridos por la memoria latinoamericana y las dictaduras logran aún más luz, más matices, más redondeces que las que logra su cara en una sencilla sonrisa.

Mempo Giardinelli, ganador del Premio Rómulo Gallegos en 1991 por su novela El santo oficio de la memoria, pertenece a una generación que se vinculó a la literatura desde la perspectiva del compromiso político y social. Sus papás literarios son los autores del boom: de Gabriel García Márquez a Cortázar, de Carpentier a Vargas Llosa y Donoso. “Era casi inevitable cuando era muchachito leerlos y no sentirse de alguna manera impulsado a asumir posiciones que tenían que ver con el devenir latinoamericano y toda la ilusión que había en los años 70”, recuerda Giardinelli desde un tibio hotelcito que lo acoge por estos días en los cerros de Bogotá, en donde decanta su exquisita y colorida experiencia en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín y en donde prepara su espíritu de escritor para ir a la conquista de la Feria del Libro de Frankfurt en Alemania, la más grande del mundo. Antes de viajar dedicó tres días a la tertulia con alumnos de la Maestría en Escrituras creativas de la Universidad Nacional.

En sus primeras novelas, Giardinelli suscribió esa opción literaria en la que él y muchos otros jóvenes autores tenían una posición reconocible frente al devenir de la tragedia americana. Como es de esperarse, sus letras lo condenaron al exilio y fue siendo hijo adoptivo de México cuando escribió La revolución en bicicleta, Vidas ejemplares, su primer libro de cuentos; su segunda novela, El cielo con las manos y la tercera, Luna caliente. Con los años de fortalecimiento de las democracias, el escritor argentino ya no cree necesario dicho compromiso político por parte de las letras. Las democracias también le dieron permiso a los libros de ser más diversos. “Hoy la vieja idea del compromiso militante es una antigüedad, que está superada y que las nuevas generaciones no tienen por qué llevar como lastre, ¡por suerte!”, asegura irónico para añadir: “El único compromiso que tenemos hoy los escritores es con la buena literatura y con escribir obras que tengan significación para los lectores”.

En 1982, durante la Guerra de las Malvinas, Mempo Giardinelli se embarcó en un proyecto de ocho años que lo llevaría a ganar uno de los premios más respetables de las letras hispanas. “El impacto de esa guerra incomprensible fue muy fuerte. Supongo que a muchos colegas como a mí nos inspiró. ¡Bueno! los grandes acontecimientos siempre hacen que uno se sienta llamado a escribir y aunque cuando se escribe una novela o un cuento uno siempre está comprometido con algo, hay textos con los que el compromiso es más profundo, porque es más profunda la conmoción”.

La guerra sería finalmente un detonante para la escritura de la novela El santo oficio de la memoria, que terminó más que por ocuparse del enfrentamiento con Inglaterra, por inaugurar uno de los grandes temas que atraviesan hoy a la literatura argentina: la inmigración.

“Si la guerra desencadenó la pregunta ¿adónde va este país?, la pregunta correcta literariamente hablando fue ¿de dónde viene este país? Ahí me fui metiendo lentamente en la forma como se constituye una nación y, sobre todo, una nación tan particular como la argentina, siempre vista tan europea, con una gran colectividad judía, árabe, italiana”, comenta el escritor, quien aún, después de tantos años pasados, se sorprende de que su libro, de un carácter tan eminentemente argentino, haya sido tan bien leído en todo el mundo. Es como si el tema de la inmigración en realidad desentrañara asuntos pendientes de muchas otras sociedades.

Pero si la dictadura y la guerra habían marcado sus destinos literarios, Giardinelli no tardó en reconocer que los eventos políticos también habían afectado las opciones y los niveles de lectura del pueblo latinoamericano. “Las dictaduras, los autoritarismos combaten explícita o implícitamente la lectura, porque pretenden pueblos que no tengan conocimiento, y la lectura es conocimiento”. Esta fue la consigna que lo alentó a crear y dirigir de forma paralela a su trabajo como cuentista y novelista una fundación para promoción de la lectura en su país.

La convicción de que por muchos años América Latina padeció un proceso de embrutecimiento sistemático, en gran medida por que no existían políticas de lectura, lo llevaron a trabajar para articular lo que él considera es una verdad: “Somos lo que leemos. La lectura es una fuente inagotable para la formación del carácter. Una sociedad lectora difícilmente se suicida e inexorablemente se pacifica”, dejo escrito Giardinelli es su libro Volver a leer.

De vuelta a su oficio con la ficción han aparecido nuevas novelas y cuentos. Su obra cuentística, lamenta Giardinelli, no se conoce en Colombia, aunque  “el cuento ha sido mi trabajo fundamental en la literatura”, asegura; sin embargo, su novela Soñario pronto llegará al país. Fruto de la manía añeja de anotar los chispazos de los sueños y  esas pequeñas escenas con las que se levantaba todas las mañanas resultó esta novela, que dice es la más literaria de todas.

Mempo Giardinelli partirá pronto para Alemania. Su país es el invitado de honor a la Feria del Libro de Frankfurt y él debe llevar algo de su historia y de los rasgos de su país a esa tierra lejana donde se compran y se venden derechos literarios. Se toma un tiempo mientras piensa, pero al final se atreve a decirlo: “Preferiría quedarme en la Fiesta de Medellín”. Cree más en el efecto de esas fiestas populares que acercan a todos al libro y en donde el libro no se compra y se vende con saco y corbata, sino  “como si uno llevara una papaya o un guayabo”.