Arte para quitar y poner

La obra de este artista bogotano está permeada por las posibilidades que ofrece el mundo digital.

Quizá todo ya está inventado. Todas las palabras ya se han escrito, todos los colores se han pintado y todas las notas ya se han cantado.

Quizá haya que darle la razón  a la noción de historia de Walter Benjamin donde todo es siempre el retorno de lo mismo. En los caminos recorridos se buscan las reinterpretaciones, las asociaciones y justamente en esa búsqueda se encuentra la obra del artista bogotano Pablo Tamayo. 

Desde que era estudiante en el Instituto de Arte de Florencia en Italia, los retratos han sido siempre una constante en su trabajo plástico. Es consciente de que el arte también responde a las tendencias y que lo figurativo, de cierta manera, ha perdido vigencia en medio de la marea de instalaciones, videos, fotografía, entre otros. Ha experimentado varias técnicas y en el afán de cumplir la promesa de lo novedoso, acoge los retratos, este medio ancestral que reemplazaba la fotografía, y le imprimió un lenguaje contemporáneo por medio de las posibilidades de lo digital.

De esta manera hace una reconstrucción análoga de una foto digital y con alfileres reemplaza cada pixel. “Lo que yo quería era que el computador me diera un resultado más complejo y que no me facilitara el proceso, pero que me ayudara a llegar a otro sitio. Es quitar el estigma del facilismo en lo digital”, asegura Tamayo. El hecho de utilizar técnicas contemporáneas en los retratos es una manera de acentuar que aún hay un pie metido dentro de la tradición. 

Ahora, para la galería Nueveochenta realizó una obra que se aleja del tema de los retratos, pero tiene el mismo lenguaje en  color y concepto.

El acercamiento de Pablo con los computadores lo tuvo porque en un tiempo se dedicó a hacer renders (creación de imágenes en tercera dimensión) para arquitectura y diseño. Ahí descubrió las puertas que abría lo digital, una herramienta que pocos asocian con el arte, pero que ofrece posibilidades infinitas.

Este trabajo fue inspirado por unos logos japoneses que vio en una revista. Como principio artístico, Tamayo necesita coherencia y comunicación en su proceso creativo. “El lenguaje mediante el cual llego a estas visualizaciones tiene un punto de partida, del cual nace todo lo demás”. Las composiciones colgadas en la pared tienen todas el mismo número de piezas. Doce curvas, doce rectas y doce ángulos componen el kit, haciendo alusión a un juego o a una especie de rompecabezas que se basa en el sentido de la simetría.

Las 36 piezas tienen un pegante especial que permite quitarlas y ponerlas cuantas veces se quiera e instalarlas en la pared al gusto de cada cual. La intención es extenderle a la gente el don de artista porque tienen la posibilidad de alterar, de interactuar y de jugar con la  obra. Los dibujos corresponden a las mismas piezas, pero  alternando ángulos, rectas y curvas se pueden obtener imágenes infinitas.

Todo esto lo hace con la absoluta ausencia de color, utilizando sólo el blanco y el negro. Para Tamayo, los colores son como adornos que no dejan ver la esencia de la obra. “Llegué a la conclusión de que si alguna obra mía iba a ser interesante, iba a quitarle el componente que llamaba la atención en términos inmediatos, y si a la gente le gustaba era porque traspasaba las apariencias”.

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