La biología del arte

‘Homo artisticus’. Una perspectiva biológico - evolutiva.

El mundo del arte -y sobre todo el de la crítica de arte- está invadido de una palabrería seudo filosófica casi imposible de entender por su jerga posmoderna y el lenguaje rebuscado.  En Homo Artisticus,* la estudiosa antioqueña Ana Vélez intenta abordar el arte desde una perspectiva muy distinta: racional, científica y evolutiva. Tanto para los artistas (quienes producen el arte), como para el público (los que disfrutamos de las artes), parece haber claros criterios estéticos en nuestro cerebro. ¿Están nuestros criterios artísticos en los genes, o son modelados por la cultura? Ana Vélez intenta dar respuesta a estos y muchos otros interrogantes sobre las relaciones entre los seres humanos, el arte y la belleza.

Según su libro, todas las culturas que se conocen poseen algún tipo de actividad artística, hasta el hombre de Neanderthal la tuvo, ¿Puede inferirse de ahí que la actitud artística forma parte de la naturaleza humana, que de alguna manera le resultó ventajoso para la supervivencia?

El impulso que nos lleva a perfeccionar objetos y acciones y a embellecerlos es un universal humano; esto es, pertenece a la especie, con total independencia de la raza y la cultura. La perfección y la belleza de muchas acciones humanas sociales e individuales aumentan el éxito social de quienes las ejecutan. Además las acciones humanas, que repercuten en la buena convivencia del grupo social y por tanto sobre la supervivencia del individuo, son más eficaces si son artísticas (por ejemplo los rituales y las ceremonias). 

¿Cree usted que existen criterios estéticos innatos, o son implantados por el medio cultural en que se crece?

Poseer criterios estéticos innatos es necesario pues por medio de ellos hacemos elecciones en el diario vivir, a veces vitales: parejas, lugares, olores, sonidos, etcétera. Creo que existen criterios estéticos innatos pero no son como nos los imaginamos: no dicen qué es lo bello y qué es lo feo, sino que se comportan más como instrucciones básicas (algoritmos mentales) que orientan nuestras elecciones. Estas instrucciones, supongo, están diseñadas para un hombre que ocupaba un mundo cultural mucho menos complejo que el de hoy, pero que deben readaptarse a la situación actual. La información visual, auditiva e intelectual que proporciona el mundo en el cual se crece genera estéticas distintas, aunque las instrucciones internas, con la que venimos dotados, sean las mismas. 

¿Qué efectos puede tener el medio cultural en los criterios para definir lo bello?

Uno de los cálculos mencionados influye en que inventemos una relación entre belleza y costo. El medio cultural puede aumentar el costo, y la consecuencia es un aumento en la sensación de belleza. Un ejemplo lo explica mejor. El medio cultural puede atraer la atención sobre un objeto dado, un reloj, digamos. Después, le aumenta el costo y logra así aumentar la sensación de belleza, solo con estos dos artificios. La moda del vestido ilustra cómo la cultura influye en la percepción de lo bello. Las modas pasadas, no muy distantes en el tiempo, casi siempre nos parecen feas.


Usted habla en su libro de la tendencia humana a perfeccionar, ¿cómo definir lo perfecto? ¿Podría hablarse de progreso en el arte?

En la historia de la cultura hemos llamado artísticos a aquellos objetos o acciones que juzgamos por encima de lo “normal” o más perfectos. Para evaluar lo perfecto tenemos que ser capaces de calcular inconscientemente promedios, y también de adjudicar funciones o metas. Es respecto a esas metas que se puede medir la perfección. Calificamos algo de perfecto cuando creemos que no puede ser mejorado, y deja de serlo una vez alguien logra mejorarlo.

No creo que se pueda hablar de progreso en el arte, en el sentido en que hablamos de progreso en la tecnología para hacer hornos, por ejemplo; pero sí se puede hablar de progreso si definimos previamente el tipo de arte, el estilo y sus metas específicas. La historia del arte no es como la historia de los hornos. La función del horno ha sido casi siempre la misma; la función del arte, en cambio, ha variado muchas veces, y la definición misma de arte ha cambiado con el paso del tiempo.  

¿Valor artístico implica belleza? Si no, ¿qué relación existe entre los dos conceptos?

El valor artístico puede estar relacionado con la belleza pero no la implica; esto es, puede haber arte feo. El valor artístico está relacionado más con el placer, y la belleza produce placer. La idea de que arte significa belleza ha hecho carrera en nuestra cultura, y se necesita entrenamiento especial para despojarse de ella. El arte de los siglos XX y XXI no ha tenido como meta la conquista de la belleza. El valor artístico resulta de la  conjugación de múltiples factores, en muchos de los cuales son determinantes los intereses sociales. Los curadores del arte plástico de hoy buscan un arte comprometido política y socialmente, y no están interesados en manifestaciones meramente decorativas, así que la selección de obras de arte plástico que encontramos en las bienales y exhibiciones poseen con frecuencia esta característica.

¿Por qué el arte ya no parece estar interesado en conquistar la belleza?, ¿Por qué incluso  a veces reniega de ella? ¿De dónde viene nuestro gusto por cosas que parecen monstruosas?

Arthur Danto, el famoso crítico de arte norteamericano, piensa que la belleza se ha vuelto fácil de lograr, además muy común. Creo que Danto tiene razón, y de allí el relativo desprestigio de la belleza en el arte. Estamos rodeados de imágenes bellas, de objetos bellos, de espacios bellos. Para atraer la atención es necesaria la novedad. Lo anormal atrae la atención.

Quizás sea más fácil hoy encontrar lo anormal, lo llamativo, en lo contestatario, en lo tonto, en lo puerco. El arte acude a todos los recursos disponibles. Y no es que sintamos gusto por lo monstruoso, solo es curiosidad. 

¿Puede ser “arte” cualquier cosa que los artistas hagan?

En la actualidad la respuesta es: sí, siempre y cuando los críticos así lo definan y logren convencer al público de ello. El valor intrínseco de la pieza de arte es el asunto más espinoso de este fenómeno. El arte es tan misterioso que logra volver de satín y terciopelo “el nuevo traje del emperador”, no importa que vaya desnudo mientras la gente crea que ve el vestido de gala; no importa que la obra sea una tontería, si la gente toda o casi toda cree que está frente a una legítima obra de arte. El efecto final que el arte de hoy tiene que producir es convencer al espectador de que se trata de arte; si lo logra, adquiere la propiedad de artístico. El consenso social convierte el trabajo en obra de arte, aunque solo dure un cuarto de hora.

¿Qué papel desempeñan los expertos o conocedores de arte?

El juicio de los expertos es decisivo pues ellos de cierta manera definen qué es y qué no es arte. El llamado arte “culto” se ha vuelto complejo, hace referencia a otras obras previas y necesita ser juzgado por los conocedores. La gente los necesita como guías e intermediarios. Ellos disponen de más parámetros que los simples espectadores. El arte popular, en cambio, tiene al gran público como juez. Muchas deformaciones, como el alargamiento del cuello, cicatrices producidas adrede, o platos enormes incrustados en los labios han sido práctica común en algunas culturas.

¿Demuestra esto que la percepción de lo que es bello puede variar casi sin límites?

Hay un error al pensar que este tipo de actos se realiza para parecer más bellos. En los grupos sociales existe la necesidad de afirmar el sentido de pertenencia, de demostrar algún tipo de poder o de indiferencia al dolor, incluso de resistencia a los parásitos, o de aumentar el estatus; por eso muchas acciones, en realidad, persiguen estos fines, no el de aumentar la belleza. Sin embargo, el consenso de que una piel llena de pústulas o de que el aspecto del hombre elefante sean feos no es relativo ni flexible. En todas las culturas los hombres prefieren como parejas las mujeres que emiten señales de juventud y fertilidad. En todas las culturas las mujeres preferimos los hombres un poco más altos y fuertes que el promedio, y cuyos cuerpos emiten señales de haber sido moldeados bajo el influjo de la testosterona.

¿Qué relación existe entre el éxito social de una obra y su valor intrínseco, si es que puede hablarse de esto?

Algunas obras de arte conmueven, repercuten, significan y gustan a los espectadores de distintas culturas y de distintas épocas; pasan el “examen del tiempo”. Otras tienen  éxito efímero, y otras, ninguno. Las que pasan el examen del tiempo dan pie para pensar que poseen cualidades que casan con ciertos aspectos de la percepción y de la condición humana. Es como si encajaran bien en las estructuras más primitivas de nuestra mente, en esas que se han mostrado insensibles al trabajo cultural. Algunas obras alcanzan un éxito desmesurado en un momento específico y después son olvidadas. Estas parecen poseer cualidades que casan con aspectos sociales y circunstanciales que están más en las necesidades creadas por una situación específica, que en las estructuras sociales, estéticas o emocionales de nuestra mente.    

Las obras artísticas se venden a veces a precios astronómicos, ¿se ha convertido el arte en un gran negocio?

Sí, lo cual revela aspectos muy interesantes de la psicología humana; el aumento de precio aumenta el valor de la obra, lo que a su vez aumenta el valor de aquel que la puede adquirir y el de toda obra que pertenezca al mismo artista.

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