Climaterio pasional

La pareja de la realidad se desdobla en la pareja neurótica de la ficción: el director turco Nuri Bilge Ceylan y su mujer, Ebru Ceylan, interpretan en la pantalla a Isa, el profesor que padece una crisis marital, y a la señora Bahar, su desconsolada y aturdida cónyuge, con quien comparte el yugo de una relación fracasada, hasta que Bahar intenta revivir una palabra arcaica pero no menos actual por la enemistad que surge entre diversas parejas: el “conyugicidio”, que cifra la muerte de un cónyuge a manos de otro.

Iklimler (Los climas, Bilge Ceylan, 2006) es la vieja historia narrada de nuevo, con una forma cinematográfica que descubre composiciones visuales de una plasticidad que honra al director de fotografía del filme —Gökhan Tiryaki—, contribuyendo al embellecimiento del drama —en su estética, no en su ética—, y un trabajo delicado pero enfático de la banda sonora que revela el entorno en el que se encuentran y desencuentran los personajes, compitiendo entre sí en un mundo donde los ruidos hacen parte de la realidad como si se tratara de personajes paralelos que comentan el naufragio del amor hecho espejismo y pasado.

En el transcurso del verano, del otoño y del invierno, la temperatura de la relación cambia proporcionalmente al temperamento que imponen la ira, el desengaño, la furia del erotismo salvaje o el afán de reconciliación cuando lo único que podría decirse la pareja es “adiós a todo eso”.

A Bahar la conocemos de una manera sosegada y melancólica, durante el viaje inicial que sugiere el aliento del verano en el cuerpo y en su relación con Isa. Cuando el otoño aparece con su lluvia en el paisaje, el contraste de Bahar con la amante fortuita y desaforada a la que regresa Isa, la hechizada y lujuriosa Serap (Nazan Kesal), el arco masculino entre las dos mujeres se tensa hasta revelar que todo es en vano y la búsqueda insaciable está condenada al vacío.

Se ha dicho del cine de Bilge Ceylan que tiene un “estilo contemplativo” desde que ganara el Gran Premio en el Festival de Cannes 2003 con su anterior largometraje: Distant. Con la colaboración de Gökhan Tiryaki y el sonido que registran Ismail Karadas y Olivier Do Huu en Los climas, su manera de observar las relaciones, sin agregar más de lo que sucede, permitiendo que el espectador concluya cuáles son las emociones y los motivos para el amor hecho odio, logra un tono de documental indiscreto que complace el voyerismo crónico de cualquier cinéfilo.

Oímos con frecuencia el latido de perros lejanos, el paso de los bueyes sobre el barro, el rumor del viento, el cierre de la puerta de una camioneta en la que Isa y Bahar sostienen una conversación crucial, la atmósfera sonora de un cine que está hecho para ver y escuchar mientras los personajes deambulan con su carga a cuestas por la geografía del drama. Un cine realizado en la dimensión contraria a la avalancha sonora hecha impacto auditivo y al desarrollo dramático del tipo de guionistas que explican antes que sugieren el contenido emocional de cada escena.

Los climas detiene el vértigo del ojo y hace de la visión un acto pausado, al ritmo sin premuras que tienen el guión y su puesta en escena. Permite la pausa de la reflexión para comprender cuánto hay de Isa y de Bahar en todos nosotros. Quizás se trate de una ficción, como en el caso del director y su mujer protagonizando a los personajes de la película, o de un documental con la apariencia de la ficción, que recrea el delirio del trance amoroso tras el que puede estar agazapada una dura y tortuosa realidad.

 

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