En memoria de Eugenio Montejo

La escritora Piedad Bonnett recuerda la vida y obra del poeta a quien siempre admiró. Por otra parte, su amigo cercano, el escritor, periodista y columnista Ibsen Martínez lo evoca a  través de un poema: ‘Orfeo’.

El jueves 5 de junio, a las 10:30 de la noche según precisa noticia que me envió la poeta Yolanda Pantín murió el poeta venezolano Eugenio Montejo, por quien las dos sentimos siempre gran admiración y cariño.

Sus últimos días transcurrieron, no en Caracas, donde vivió muchos años, sino en la ciudad  de Valencia, muy cerca de Güigüe, el pequeño pueblo adonde llegaron sus mayores, procedentes de Canarias. De ese lugar entrañable, al que volvía cada tanto, me habló con emoción el día de agosto de 1997 cuando lo entrevisté para el Magazín Dominical de El Espectador, mientras me explicaba que él, como casi todos los miembros de su generación poética –la del 58, de la que hacen parte también Rafael Cadenas, Juan Calzadilla y Ramón Palomares– vivió su niñez en un momento de transición entre un país agrario y un país moderno, que le permitió tener la doble experiencia del campo, lugar de crianza de sus padres, y de la ciudad, espacio donde creció y se educó.

Para el momento de la entrevista había leído yo ya, con verdadera pasión y deslumbramiento, todo lo que Montejo había escrito hasta entonces, y por lo mismo iba un tanto intimidada. Me recibió un hombre de atavío y maneras muy formales, que a pesar de una ronquera que lo afectaba y cierto cansancio que traía de su intervención en el Festival de Poesía de Medellín, me dedicó con generosidad todo su tiempo, mientras casi pedía perdón por estar ocupando mi tarde de un domingo. En esa larga e intensa charla tocamos los temas más diversos: su infancia, su oficio de diplomático que lo llevó a vivir en Lisboa durante varios años, los matices de su obra, su percepción de la poesía venezolana. Que yo lo oyera con la atención que despierta siempre una conversación inteligente fue mi salvación, porque mi novatada como entrevistadora tuvo consecuencias manifiestas: aquella misma noche, cuando traté de oír sus palabras para elaborar mi artículo, de mi grabadora sólo salieron unos murmullos ininteligibles que era incapaz de registrar. De memoria, pues, y apoyada en unas pocas notas que había garabateado, debí reconstruir la entrevista, que, por fortuna, tuvo después su visto bueno.

Muchas otras veces iba a encontrarme con Eugenio Montejo –él y yo, al lado de otros poetas latinoamericanos y españoles fuimos luego, gracias a la iniciativa de Fran Cruz y Juan Carlos Marset, miembros fundadores de la Casa de Poetas de Sevilla– y su caballerosidad, lucidez e inteligencia me impactaron siempre. Su literatura es inagotable. Como ensayista es preciso, original, incisivo. Como poeta, de una delicadeza que, paradójicamente, entraña una gran fuerza. “Lo que persigo ahora –me dijo aquella primera vez– es un poco más de exactitud, que nada esté puesto gratuitamente en el poema”. Pero


esa exactitud a la que aspiraba no era la del pensamiento racional (“en poesía –dijo alguna vez– sólo lo afectivo es efectivo”) sino la que nace del poder alquímico de las palabras. La misma que le permitió crear infinidad de versos a la vez contundentes y misteriosos, como éstos: Para que Dios exista un poco más/ –a pesar de sí mismo– los poetas/ guardan el canto de la tierra. O éstos otros: El hermano al morir te quemó en llanto/ pero el sol continúa.

Como casi todo buen poeta, su obra gira en torno a unos pocos temas. Uno de ellos es la memoria de sus antepasados, evocados a través de la huella, de la ruina, de un olor –el del humeante café hirviendo en la paila– o de una imagen mítica: ¿De quién es esta casa que está caída?, dice en un poema; y en otro, memorable: Aquel caballo que mi padre era/ y que después no fue, ¿por dónde se halla?; también la naturaleza tiene una presencia constante en su poesía, pero no como paisaje idealizado sino como encarnación de la “terredad”, término que acuñó para dar cuenta “de la condición de nuestros días en la Tierra”. Las cigarras, los árboles, el canto del gallo, las nubes, los llanos, la nieve, la madera, aparecen testimoniando esa terredad, su modo de estar traspasados por el tiempo, otro de sus grandes temas: “De la cigarra, animal melancólico/ insecto de líricos hábitos, / sólo nos queda la ceniza/ y anillos secos en los árboles.”   “Siempre quise los árboles, es un cariño que empieza antes de mi poesía –me dijo Eugenio en aquella entrevista del 97–. Y cuando iba al campo llevaba semillas. Recuerdo que alguna vez unos campesinos me apodaron el doctor semilla”. Y añadió, hablando desde un deseo que es hoy de muchos: “El próximo siglo será el  de la preservación y el cuidado de la naturaleza”.

No le interesaron a Eugenio Montejo ni los relámpagos oníricos del surrealismo, ni el frío registro de una poesía intelectual. Creía con fervor en un nuevo lirismo, seco, hondo, emotivo. Le mortificaba aquel fundamentalismo que pretende desvincular poesía y emoción, aunque tampoco creía que poesía y pensamiento estuvieran reñidos. Porque sentía a Venezuela como patria entrañable, se le vio en los últimos años pesaroso por la suerte de su país, y su postura política se tradujo en actos concretos, de gran peso ético. Alguna vez cité un verso suyo para hablar de la manera como él concebía estar en  la vida. Hoy, por su extraordinaria y bella ambigüedad, me sirve para hablar de su estación en la muerte: Estar aquí en la tierra: no más lejos/ que un árbol, no más inexplicable.

Vida de Montejo en breve

Nació en Caracas, Venezuela, el 18 de Noviembre de 1938.

En 1998 recibió el Premio Nacional de Literatura.

En 2004 se ganó el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo.

Fue diplomático y trabajó en la embajada de Venezuela en Portugal en varias ocasiones.

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