Nos quedan pocas

Imagínese que, por cualquier motivo, usted lleva tiempo sin leer un libro. Si usted es afortunado, puede pasarle que al cruzar por una calle se encuentre con una vitrina llena de libros y su consciencia le presente una discreta queja por el abandono intelectual al que se tiene sometido.

Y digo afortunado porque supongo qué tipo de librería es la que ha despertado a su consciencia del letargo. Me imagino una colorida vitrina que le induzca, como la magdalena de Marcel Proust, a un recuerdo grato: la incomparable sensación de cierta lectura hace tanto tiempo en la que usted encontró ese género de plácida felicidad.

Imagino una librería pequeña y cálida, con uno o dos libreros a cargo que seguramente le saludarán con cortesía, con una sonrisa cómplice y afectuosa en la boca. El encargado respetuosamente le ofrecerá su atención y le ayudará a ponerse cómodo. Pocos minutos después usted no tendrá inconveniente para contarle la razón que lo hizo cruzar la puerta de la librería.

Él pasará a relatarle montones de experiencias excitantes con los libros que ha leído. Después de un rato, se sentirá tan contagiado por la pasión del librero que, si no toma precauciones, correrá el peligro de salir del establecimiento sin un peso, con una pila de libros y con el inquebrantable propósito de botar a la basura el televisor de su cuarto.

Quizás usted sencillamente sea un lector callado y exigente, que le gusta ser bien atendido y que busca en una librería el conocimiento y la seriedad que exige un tema tan complejo como el de los libros. Seguro no tendrá problema para imaginar uno de estos pequeños establecimientos en donde se desviven porque usted salga satisfecho, en donde encuentra mucho más que los cinco títulos más vendidos de las grandes cadenas, en donde hay diversidad y estanterías que sí motivan su interés.

En fin, puede que usted sepa que lo que le pido que imagine existe y si no lo sabe, es probable que ahora tenga muchas ganas de ir a un sitio así. Lo que de pronto no sabe, lector, es que este tipo de sitios está en vía de extinción. Existe una ecología cultural que también es frágil, pero que pasa más desapercibida que la otra. Ésta, como la otra, necesita atención y protección. Nos quedan pocas librerías como éstas y el ambiente para ellas es hostil.

Lamento profundamente, al igual que muchos otros habitantes de esta ciudad, la desaparición de las librerías La Caja de Herramientas, Verbalia, y de Exopotamia. Tres de estos frágiles y encantadores lugares cierran en este mes; tres animales maravillosos e irreemplazables.

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