La novia de Gabo en París

Tachia Quintana era una especie de mito en torno a la vida del escritor. Dasso Saldívar, biógrafo del Nobel, apenas la nombró, y Gerald Martin habló con ella para la biografía que lanzará en Inglaterra en octubre. <b>El Espectador</b> la entrevistó en exclusiva.

Los ojos de la actriz Tachia Quintana son inolvidables. Me abre la puerta de su casa y me admiro, su rostro tiene algo de Gabriel García Márquez, de inmediato es familiar, la siento protagonista de una historia de amor y amistad apuntalada gracias al tiempo fecundo del arte, la poesía, la música, el teatro, el cine.

Brilla en sus ojos la luz de un ser alimentado por lo humano, por el fuego compartido de muchas miradas, entre ellas las de ese joven escritor colombiano que a primera vista, desde el primer momento, se le haría inolvidable. 

Sus ojos expresan una suerte de “nostalegría”, parece decir: somos felices con los bellos recuerdos, vibra en nuestro cuerpo siempre la flecha clavada del amor-amor, el flechazo del Otro, de ese “alguien” capaz de regalarte un claro de luna.

¿Tiene noticias de él ?

Sí, hablé con Mercedes hace unos días, me dijo que está bien, que todo va bien...

¿Sabe si está escribiendo un nuevo libro ?

Dicen, dicen... pero yo no sé...

Otro de los grandes amigos de Gabriel en París, el escritor gallego Ramón Chao (el padre de Manu), colega desde su época en Radio France Internacional, me había dado las señas de Tachia.

Ella vive en un edificio situado cerca del Bulevard Saint-Germain-de-Près, en el corazón del mundo editorial parisiense, Gallimard, le Seuil, Grasset, a un paso de la Maison de l’Amérique Latine.

El apartamento es espacioso, iluminado por muchas obras de arte, repleto de libros.

– Gabriel compró hace años el piso de abajo. Somos vecinos, cuando viene a París... Álvaro Mutis se hospedó allí hace unas semanas.

Me cuenta con gusto que los ve “magníficos”, con Gabriel se vieron “ahora en enero”, estuvo cantando vallenatos toda la tarde en Barcelona, en casa del cantautor Paco Ibáñez, otro gran amigo, “vino con Mercedes y estuvimos allí hasta las nueve de la noche, cantando vallenatos como no le había oído cantar desde el año 56”.

Tachia Quintana es “la novia vasca” de Gabriel García Márquez, un amor inolvidable de la época cuando él estaba escribiendo en París la historia del Coronel esperando una carta vital, sin su pensión de jubilado.

Él era un muchacho de 28 años, ella lo evoca como alguien con mucha poesía en su ser, en su manera de ver el mundo, si contemplaban juntos un bello claro de luna sobre el río Sena, “él me decía: ‘se lo regalo’ ”.

Tachia conoce muy bien la obra de Gabriel, se nota que ha leído con reiterado placer todos sus libros.

¿Le gustó su último libro, ‘Memorias de mis putas tristes’?


– Bueno, me gustó bastante, si uno lo sitúa dentro de todo lo que ha pasado, es quand même (aunque usted no lo quiera) el libro de una persona que ha sufrido bastante de todos estos ataques de la salud... entonces, teniendo en cuenta todo eso, encuentro que sí...

– ¿Vio la película que hicieron sobre ‘El amor en los tiempos del cólera’?

–  No, no la he visto yo.. aquí tuvo muy poca acogida, ni en España tampoco, en realidad las películas sobre sus libros desgraciadamente son siempre frustrantes, El coronel... también, incluso...

Se conocieron el día de la primavera, un 21 de marzo, ella conserva muy bien la memoria de esos años. Aprendió por ejemplo que “mamerto” quiere decir en Colombia comunista, el filósofo y jurista “Luis Villar Borda era un gran mamerto”, dice riéndose.

La energía de la juventud le dará un velo romántico a las privaciones de esa época, todos eran artistas en ciernes, cada uno buscaba su destino. Ella sigue admirativa ante la humildad, la modestia, la sensibilidad de Gabriel.

– “Alguien que cala de tal manera en el alma humana… puedo decir que en los nueve meses que pasamos juntos me conoció más que mi marido en 40 años”.

Desde hace algún tiempo Tachia está ensayando el Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, quiere presentarlo el próximo año.

– Usted nació en Bilbao, en el País Vasco español... por eso Gabriel la llama “la vasca temeraria”... llegó a París en 1953, a los 26 años, era actriz de teatro...

– Sí, pero cuando llegué a París lo dejé... empecé a dar recitales de poesía, en realidad me gusta mucho más la poesía que el teatro, creo que soy buena diciendo los poemas, mucho mejor que como actriz de teatro, he estado durante veinte o treinta años diciendo poesía para los emigrantes, los exiliados, todo ese medio, hubo un momento en el que en París había quinientos mil españoles... entre los años sesenta y ochenta, mucha emigración económica... estuve aquí todo ese tiempo. A Gabriel lo conocí en el cincuenta y seis, en el Café Mabillon, donde él estaba esperando a su amigo Joaquín Novais, que era un periodista ya mayor, de O Globo, un portugués, era muy chistoso porque Gabriel decía que ese señor hablaba todas las lenguas en portugués, era verdad, tenía un acento tan fuerte, hablaba muy bien francés, hablaba inglés, hablaba español, pero con ese acento portugués muy fuerte... entonces el otro decía que hablaba todas las lenguas en portugués... allí nos conocimos, cuando yo terminé el recital de poesía al que había invitao a este señor bajamos al Café Mabillon y ahí estaba Gabriel García Márquez, delgadito, con su bigotazo negro, y... bueno, pues nos saludamos, empezamos a hablar, no sé qué, bueno, muy bien, y nada...

– ¿Le dio la impresión de que él era romántico?

– No, de momento qué... qué romántico. ¡Era un muchacho!, un tipo bastante tímido, muy tímido. Luego nos fuimos a pasear por el Sena y a partir de ahí él me volvió a llamar, me volvió a buscar, y empezamos a salir... empezó el idilio.

– ¿Dónde vivía usted en esa época?

– Vivía en el 90 de la rue d’Assas.


– ¿Se fue él a vivir con usted?

– ¡No! Él vivía entonces en el Hotel de Flandres, lo que pasa es que claro, cuando comenzamos a... esto... estábamos juntos muy a menudo, evidentemente, paseábamos mucho por el Luxemburgo, que lo teníamos a veinte metros de mi casa... confieso que me parecía exagerada la dedicación de Gabriel a la escritura, no era alguien que estuviese dispuesto a dejar la máquina de escribir para ir a trabajar recogiendo cartones y papeles por unos francos.

– ¿Él estaba escribiendo en esa época ‘El coronel’...?

– No, él había escrito ya La mala hora, la estaba revisando, y fue, digamos, cuando ya estábamos... vivíamos... ya nuestra relación era bastante firme, cuando se le ocurrió El coronel... porque al principio él era, como usted sabe, corresponsal de El Espectador, pero en medio de eso llegó la dictadura y cortaron, El Espectador no mandó más dinero, entonces El coronel, pues efectivamente está inspirado en esa espera que Gabriel tenía de que le llegará su cheque... que no llegaba... que no llegaba nunca, ese es el leitmotiv...

– ¿Él le hablaba de esa novela, le dijo algún día: ‘estoy escribiendo ...’?

– Sí, sí, naturalmente... me lo dijo, me la leía, y a mí me parecía maravillosa... para mí, por así decirlo, es el mejor libro, quizá porque yo le tengo un cariño especial... pero mire lo que son las cosas de la vida, mi primer amor fue Blas de Otero, poeta español, y fue muy curioso porque una de las veces que lo fui a visitar, tanto años después, le conté, le dije ‘¿no sabes quién es, quién fue mi segundo novio?’. Entonces cuando se lo dije, me contestó ‘aaaajá, ¡pues no está mal, no está mal!’. ¡Ja!, si yo, como dice Gabriel, donde pongo el ojo pongo la bala, entonces él me dijo: ‘Uno de los libros que más me gusta, casi más que Cien años, es El coronel, a mí me dio mucha alegría, le dije ‘pues mira, ese es el libro que Gabriel escribió cuando me conoció a mí’...  incluso tengo un libro de Blas dedicado en el que pone ‘a la coronela de París’... ¡Ja!

– ¿Inspiró usted de alguna forma el carácter, el personaje de la mujer del Coronel ?

– Pues sí, en realidad la Coronela tenía, tiene mucho de mí... porque es cierto que en esos tiempos teníamos tanta dificultad, tanta estrechez económica, que muchas veces me desazonaba mucho, además no estaba muy bien de salud, tenía que hacer mil trabajos y mil cosas pa’ poder comer, y él, el pobre, ¡no sabía más qué hacer que escribir! Esa tensión, eso, es un poco lo que le pasa a la pobre Coronela, del gallo, que dice: ‘Sí, muy bonito, pero hay que comer’, y yo encuentro justamente que el final de la novela es una especie de respuesta del Coronel que dice ‘¡puf!, bueno, !pues ya¡ hasta aquí, basta ¡Eh!’.

– ¿Sugiere que en ese final literario está escondida la ruptura entre ustedes? ¿El final de vuestra aventura de amor?

– Nosotros nos separamos de común acuerdo diciendo ‘esta  historia termina aquí...’. yo me fui pa’ España y ya, nunca más nos volvimos a hablar ni a ver, nos separamos amigos, no enfadados, comprendiendo que esa no iba a ser nuestra historia, y así fue.


– ¿Qué autores franceses le veía leer?

– Gabriel estaba aprendiendo francés en ese entonces y lo que más hacíamos era escuchar a Brassens en mi cuarto, él se sabe de memoria las canciones de Brassens, las canta maravillosamente.

– ¿Gabriel le hizo conocer a sus amigos colombianos de París en esa época?

– Él conocía a mucha gente colombiana, y yo, claro, los fui conociendo a todos, a Hernán Vieco, a Luis Villar Borda, todos pasaron por mi cuarto, yo trabajaba toda la semana y el sábado nos hacía la gran paella para los ocho o diez que nos reuníamos allí, la hacía en un pequeño reverbero de alcohol, pero salía buena, quand même (pese a todo).

– ¿Qué otro colombiano recuerda ?

– Me parece que a Camilo Torres, pero eso no lo puedo jurar... y a Arturo Laguado, que era el gran amigo de Gabriel en esa época...

– Era la época del franquismo en España, ¿se consideraba usted exiliada?

– El franquismo me hizo ver que la vida era... cuando yo vine a París me di cuenta de que... yo había nacido en una familia católica, de derechas, más bien, y por el hecho de que Franco estaba con la Iglesia les parecía que era una buena persona, Entonces, digamos que toda mi adolescencia yo pensé que eso era una buena cosa, y cuando comencé a pensar y a leer y a contactar a otras gentes, me di cuenta de que la historia que me habían contado no era la buena, empecé a pensar por mi cuenta...

– Después que usted y Gabriel se separaron... ¿cuándo volvieron a verse de nuevo ?

– En el sesenta y nueve, me parece, vino para acá otra vez y fue muy emocionante, nos volvimos a encontrar, ya yo estaba casada y tenía un hijo... fue estupendo.

– Habían pasado dos años después de la primera edición de ‘Cien años de soledad’... o sea que él nunca le perdió la pista a usted, se volvieron a encontrar...

– Sí, sí, nos perdimos la pista... Bueno, yo no la perdí porque él ya comenzó a publicar allá y yo lo seguía, pero nada, nunca más habíamos tenido contacto, pero cuando él vino a París, enseguida me buscó, fue muy curioso, primero encontró a mi marido y a mi hermana... yo estaba veraneando en un pueblecito cuando Gabriel pasó, venía de Pantellería, cuando lo de la Luna, en el 69, cuando el hombre fue a la Luna, Gabriel durmió en mi casa, en ese pueblo de la Drome, en los Alpes, donde yo estaba veraneando, a partir de ahí ya volvimos a reanudar una amistad, de otro orden, naturalmente, puesto que él estaba casado y yo también y felices, ambos... a partir de ahí nos hemos estado viendo mucho, mucho, y durante un tiempo casi todos los años... pasando la Navidad juntos, en familia, mi marido lo adoraba, nos reuníamos aquí en esta casa, y luego en la otra, en Montparnasse, donde viví quince años...

– Ustedes estuvieron con él en Estocolmo, cuando el Nobel...

– Sí, Gabriel nos invitó... estuvimos allí, muy felices, es una cosa tan especial... fue una gran emoción, conocí a todos los amigos que le había oído nombrar siempre, Álvaro Mutis, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Mallarino, un gran momento, volver a oír en Estocolmo canciones que él cantaba en París, El cafetal —tararea, “como la gente vive criticando que paso la vida sin pensar en na’a”— o la de “porque Escalona no sale del algodón ya sembrao”.

– Él le dedicó a usted la traducción francesa de El amor en los tiempos del cólera...

– Sí, tuvo esa gentileza.

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