Un encuentro de “aprendiz” y maestro

El pintor bogotano Guillermo Londoño fue uno de los alumnos del gran artista mexicano.

Esta vez ya no es Guillermo Londoño quien visita el estudio de José Luis Cuevas, sino el maestro el estudio de trabajo del “aprendiz”, 20 años después de haberse conocido y de no haberse vuelto a ver.

El pintor, grabador, ilustrador, escultor y escritor mexicano es quizá uno de los artistas hispanoamericanos vivos más reconocidos a nivel mundial. Le sobran los reconocimientos, los premios y las medallas, y sin embargo jocosamente dice que le gustaría tener más. Se nota que antes que la lucidez, la franqueza y la buena memoria, sus historias y conversaciones están permeadas por el buen sentido del humor.

Es así como recuerda la época en la que la Casa de la Cultura de Coyoacán lo invitó a dictar un curso de inmersión a 15 jóvenes artistas latinoamericanos durante tres meses.

Guillermo Londoño tuvo la suerte de pertenecer a ese grupo. A los 17 años empezó a tener inquietud por el arte e improvisó en su jardín el espacio para exponer sus esculturas hechas a base de ingenuidad y una chispa de genialidad que ni siquiera él sospechaba tener. Un día el librero y galerista Karl Buchholz descubrió su arte y le propuso exponer en su galería. Londoño no sólo estaba sorprendido con la invitación, sino asombrado porque la exhibición la iba a compartir con Pablo Picasso. Este sería el comienzo de su carrera artística y de una serie de casualidades que tenían el sello de la buena estrella.

A los 25 años, acababa de llegar a Bogotá un poco desubicado con varias preguntas existenciales metidas en la cabeza. Se acababa de graduar de bellas artes en la Universidad de Berkeley contra todo pronóstico, y por vueltas de la fortuna y de una fiebre de 40 grados, una amiga le terminó cediendo su cupo en el curso al lado del maestro José Luis Cuevas, en México D.F.

Ésta, en efecto, no fue la única vez que el destino favorable se le coló a Londoño por el quicio de una puerta. Todo su recorrido como artista parece haberse planeado con fichas de dominó que cuando se empuja la primera, las demás caen formando un camino perfecto.

La organizadora del curso, Rosalba Garza, era una enamorada de Colombia. Inmediatamente tuvo química con el joven artista bogotano y solía invitarlo a su casa y convidarlo a varios eventos. En aquel entonces llegó a Ciudad de México Isadora Norden, la directora de la galería Diners de Bogotá, quien estaba buscando el respaldo de artistas muy conocidos internacionalmente para darle más credibilidad a su espacio de exposición.

Ella quería una especie de exclusividad de la obra de Cuevas, pero él le aclaró que no daba exclusividades y le sugirió dársela a los jóvenes que realmente lo necesitaban, señalando a Londoño, quien estaba a su lado. En efecto, Londoño consiguió un contrato por cinco años con la Galería Diners, donde recibía un sueldo mensual de 2.500 dólares, una situación privilegiada jamás imaginada para un artista tan joven y de tan corta trayectoria.

Así fue que surgió una colaboración mutua entre galería y artista que duraría por 10 años más, como uno de los protegidos de uno de los espacios de exhibición artística más importantes del país. Luis Luna, Gustavo Zalamea y Ana Patricia Peláez también hacían parte de este afortunado grupo.


El vínculo con Colombia del maestro Cuevas empieza con la relación amistosa con Alejandro Obregón en 1957 cuando lo visita en Filadelfia mientras el artista mexicano ilustraba a Franz Kafka. La literatura influenció mucho su trabajo y su vida. Disfrutaba de los ejercicios de conversación entre las letras y los dibujos y así terminó ilustrando a Quevedo, al Marqués de Sade, Alfred Jarry, René Char, Joan Brosa, entre otros.

Con Obregón, vendría después de este encuentro una larga amistad, donde juntos dieron conferencias en varias universidades de Estados Unidos. Los dos eran grandes conversadores y no necesitaban prepararlas, pero el paso previo por los bares era obligado. El pintor colombiano calentaba su lucidez con ron y Cuevas la hidrataba con Coca Cola.

Cuando Londoño estaba por devolverse a Colombia, Cuevas acababa de publicar uno de sus libros: “Cuando veas a Alejandro, dale este libro con esta nota”. Londoño no conocía personalmente a Obregón y con algo de arribismo lo llamó y le contó que acababa de llegar del taller del maestro Cuevas y que le tenía un regalo de su parte. Obregón le dijo que no solía recibir visitas pero que, viniendo de Cuevas, lo esperaba con gusto en su casa. Londoño hizo un gran esfuerzo y pagó su pasaje a Cartagena.

En medio de una lluvia torrencial, compartió con el veterano artista una botella de ron, cinco horas de conversación y el consejo de abandonar la carrera de artista. Según Obregón, un artista no se hacía ni con estudios, ni con talleres. Un artista nacía cada 100 años.

En la conversación reiteraba su interés por saber dónde estaba colgado un cuadro de su autoría que Cuevas había comprado en una galería en Nueva York. Como si fueran hijos perdidos por el mundo, el artista tenía en mente el mapa de la ubicación de su obra. Londoño le dijo que estaba en la entrada, en uno de los lugares más visibles de la casa. “Se salió con la suya”, dijo Obregón. Ni Londoño ni Cuevas supieron qué quería decir con eso.

En 1989, Obregón expuso en la Galería Diners y dos años después en el mismo lugar estuvo presente en la exposición de Londoño, quien claramente había hecho caso omiso a su consejo y él avalaba su trabajo. Por otra parte, el último contacto que tuvo Cuevas con Obregón fue el día que la misma galería lo invitó a pintar con los pinceles del artista fallecido.

Tanto Londoño como Cuevas reivindican la pintura como un clásico que nunca va a morir como aseguran muchos otros abanderados del arte contemporáneo. “Las instalaciones, el arte conceptual y todas las nuevas corrientes no me dicen nada. Me parece más una moda que otra cosa”, asegura Cuevas.

De la mano de su esposa, la pintora y actual directora del Museo José Luis Cuevas, Carmen Bazán, pasa a los temas del amor y las mujeres. Ufanándose, asegura que se ha casado más de 10 veces, pero con la misma mujer, esa misma a quien no le suelta la mano, esa misma quien le quitó su debilidad por las mujeres, esa misma que lo ha acompañado en sus últimos 12 años. Se han casado por los ritos indígenas, por lo civil, por lo católico, en el río Nilo y hasta lograron una boda en agua en el monumento a la revolución.

A los 74 años, Cuevas logró exponer finalmente en el Palacio de Bellas Artes de México, la entidad artística más importante del país que anteriormente le había sido vedada. La exposición podrá ser visitada hasta los primeros días de agosto de este año. El artista sigue con su pasión por la escritura, la cual plasmó por más de 15 años en diferentes medios. Ahora lo hace por medio de internet en su página ‘ El cuevario’. Toda su producción literaria y periodística ha sido autobiográfica, lo que muchos consideran un acto de narcisismo.

Dicen que las coincidencias no existen y quizás Cuevas nunca supo la importancia de las pequeñas  casualidades que cambiaron la vida de un alumno suyo gracias a su presencia. Ahora, 20 años después lo sabe.