La vigencia de Montaigne

Para conmemorar el día del Maestro Eafit reeditó dos ensayos sobre la educación de Montaigne.  Jorge Orlando Melo realiza una semblanza de este autor del renacimiento y de la importancia de su obra.

Los griegos advirtieron que había muchas maneras distintas de introducir las nuevas generaciones a la experiencia humana, y empezaron a convertir la educación en una preocupación especial de los dirigentes de la sociedad y de los pensadores, y a dedicar un período de la vida del hombre para tratar de enseñarle, en lugares especiales que complementaban lo que aprendía en casa, lo que necesitaba saber para la vida.

Escuela, liceo, gimnasio, esos sitios donde hoy ejercitamos la mente y el cuerpo y aprendemos lo que han hecho las generaciones anteriores –las ciencias, las técnicas, la literatura, los mitos religiosos, el lenguaje- son palabras inventadas por los griegos, como lo es la palabra pedagogía o la que nos indica el sitio donde se recoge el saber del pasado que debe estar disponible para los nuevos seres humanos: la biblioteca.

En esos dos mil quinientos años desde que aparecieron las primeras instituciones educativas dedicadas a la formación de los futuros ciudadanos, ha habido cambios substanciales, pero también se han mantenido elementos constantes. Todavía la esencia de la escuela es la misma: un maestro que trabaja con un grupo de estudiantes, les da información, los pone a hacer diversas clases de ejercicios, y trata de saber qué tanto han aprendido.

Un momento clave en la evolución de la educación en Occidente fue el Renacimiento, pues muchas de las ideas que consideramos modernas surgieron o se aceptaron entonces. No es exagerado decir que en el Renacimiento el pensamiento occidental definió muchos de los valores centrales que se impondrían en los cinco siglo siguientes.

La sociedad medieval, basada en la pertenencia a la comunidad, que estimaba la salvación del alma por encima de los objetivos mundanos,  que sometía la política, la economía y la cultura a los valores religiosos, fue desplazada poco a poco por una sociedad esencialmente laica, en la que la religión pertenece cada vez más a la vida privada, y el Estado y los valores sociales  seculares influyen tanto o más que ella en la conducta de los individuos.

Un hombre que puede presentarse como ejemplo central y como artífice de esta transformación es Michel de Montaigne. Durante casi veinte años, entre 1572 y 1588, Montaigne, dedicó buena parte de su tiempo a reflexionar sobre sus experiencias y se entregó al "ensueño de escribir". Lo que escribía ya era novedoso: hablaba ante todo de él mismo. ¿Qué pienso, cómo soy, cómo reacciono a las cosas, qué me pasa, qué me emociona, qué me gusta, a qué le tengo miedo?.

Puede parecer inconcebible, pero desde San Agustín, en el siglo IV, hasta Montaigne, escribir acerca de uno mismo, excepto en la forma indirecta de los poetas que aludían a sus amores, era casi impensable. Los libros, copiados a mano hasta 1450, eran demasiado importantes y valiosos para gastarlos con un tema tan anodino como la vida privada de un individuo.

Se escribían biografías de santos y de reyes, o libros de filosofía y teología, cada vez más elaborados, más organizados, más sistemáticos, en los que se debatían las verdades de la fe con argumentaciones formales y rígidas: la filosofía escolástica había sido la forma dominante del pensamiento en los cuatro siglos anteriores a los Ensayos, y se basaba en la aceptación,


por criterio de autoridad, de las verdades de la fe y de los principio de Aristóteles, aceptado como guía de todo conocimiento. Pensar era ante todo reelaborar el conocimiento antiguo, tratando de darle mayor solidez y firmeza. Mirar la naturaleza, mirar al hombre mismo era excepcional, algo a lo que solo se animaban los poetas.

Ir a la escuela era entrar a una institución autoritaria, a una prisión violenta donde se enseñaban los idiomas de la antigüedad, griego y latín, para poder leer los textos de los filósofos y teólogos, y aprender las reglas de la argumentación escolástica.

Y en esta sociedad, los debates sobre teología y religión tenían consecuencias graves: en los mismos años en los que Montaigne se puso a escribir sus ensayos, casi toda Europa estaba en guerra y los creyentes iban a la guerra a nombre de diferentes interpretaciones del libro sagrado.

En Francia las luchas entre los creyentes en una u otra forma de entender la Biblia, entre los defensores de la predestinación divina o del libre albedrío, de la gracia o las buenas obras, fueron terribles y sangrientas.

El Estado trató a veces a apoyar a uno u otro de los combatientes, y otras de establecer formas de convivencia tolerante, pero Montaigne veía que el Estado de su tiempo era impotente, incapaz de imponer la justicia y la paz, de superar la más intolerable impunidad –muchas veces porque era cómplice de alguno de los bandos-  y que reaccionaba a su impotencia haciendo más y más leyes, lo que estimulaba a los abogados para crear un mar de interpretaciones contradictorias y abundantes que no hacían más que ampliar la impunidad y el desorden.

Frente a este mundo, Montaigne prefiere retirarse a su biblioteca, que nos describe con tanto afecto, a leer y escribir, mientras deja a los políticos la terrible tarea de gobernar, una tarea que cree que corrompe inevitablemente, al menos en años tan difíciles: "el bien público exige, dice en tono de decepción, que se traicione, que se mienta y se masacre".

En esta sociedad en vilo, Montaigne lee los autores de la antigüedad, sobre todo a Séneca y Plutarco, conversa con sus amigos, y pone por escrito sus reflexiones, al ritmo de sus lecturas y de sus estados de ánimo. Rompe con los modelos de escritura anteriores: no está escribiendo un tratado, un estudio ordenado y sistemático.

No, cada vez que se sienta en su escritorio comenta sus experiencias, recuerda alguna historia que ha leído, la conversación con un amigo, una anécdota, algo que ha visto, y a partir de estas experiencias reflexiona sobre la vida, la muerte, el amor a los libros, el gusto por la conversación, sus experiencias amorosas, sus amigos. No le importa repetirse, volver, dos o tres años después, a discutir un tema ya tratado y tampoco lo molesta contradecir lo que ha afirmado antes: su escritura es una forma de ir caminando por la vida, una búsqueda, un tanteo, un ensayo.

*Fragmento del texto leído el día del maestro en la Universidad Eafit.

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