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hace 3 horas

Las letras de un veterano

Quién mejor para retratar la letras argentinas que uno de sus más celebrados autores, Abelardo Castillo. <strong>El Espectador</strong> tocó a su puerta en una callecita de la ciudad porteña.

No lee los diarios porque asegura que “te informás un día de lo que pasó en el mundo y ya tenés cubierta la cuota de desesperación para seis meses”. Ha cumplido 74 años y vive en Hipólito Irigoyen, una callecita del centro de Buenos Aires en donde ha llevado junto a su mujer, Silvia Iparraguirre, su colección de más de 70 mil libros. “Tuvimos que comprarle una casa a los libros”, admite Abelardo Castillo, mientras se toma el café en pocillo grande, la única forma en la que le gusta.

Tenía 25 años cuando conoció a Borges que ya andaba por los 61 años, “pero cuando lo volví a ver,  tuvimos una larga conversación: ‘Que extraño que no nos hayamos visto antes. ¿Cuántos años tiene usted?’. Yo le dije: 48. ‘¡Ah!’, respondió él, ‘yo tengo 84, no es nada extraño que no nos hayamos cruzado antes’”.  Ventiún años menor que Cortázar y  venticuatro menor que Sábato, Abelardo Castillo creció siendo testigo de una de las grandes generaciones de escritores argentinos. “Es muy difícil vincular los hechos históricos a los hechos culturales. Pero sí hay un suceso innegable en Argentina a partir de los años 30, es que es un  período de la más profunda crisis”.

Después de su sentencia se detiene y asegura que en realidad lo mismo pasó en el siglo anterior, “me refiero al XIX, comprenderá que soy un venerable anciano del Siglo XX”, cuando en Rusia se reunían Chejov, Andreiev, Gorky y Dostoievski, en la casa de Tolstoy. “Es un capítulo tan considerable de la literatura universal, que uno piensa que han tenido que pasar algunas otras cosas para que eso sucediera, y sin embargo, es uno de los periodos más oscuros de la historia de Rusia ”.

Crecer con el legado de algunos de los más excelsos de las letras fue difícil, pesado, quizás como lo era para los poetas chilenos vivir en el país de Neruda. “Cuando tienes en tu propio país a un hombre como García Márquez, o Juan Rulfo existe una especie de peso que los jóvenes quieren sacarse de encima”, explica este escritor quien admite que ese no fue exactamente su caso, porque él sintió que esos padres le cuidaban la espalda. “Si habían existido, también era posible que existiera tu generación. Entonces de alguna manera te apoyabas no en lo que pensaban  sobre la literatura o el mundo, sino en su mera existencia”.

Así, a pesar y gracias a su época, Abelardo persistió en esa pulsión que lo llamaba a escribir. Empezó con poemas, pero fue la obra de teatro El otro Judas  la que lo adentró para siempre en el mundo literario. Algo extraño para un hombre que confiesa que la primera obra que vio en escena fue la suya. “Empecé a escribir un relato y sentí que era apócrifo, que le faltaba realidad y sentí que esos personajes tenían que ponerse de pie, y esa sóla metáfora fue la que me llevó al teatro, entonces, escribí una tragedia”.

Después vendrían los cuentos, el premio Casa de las Américas, las interrupciones de un tirano alcoholismo y la creación de la revista literaria “El escarabajo de oro” en donde a pesar de su izquierdismo defendió a Borges. “Eso estaba muy mal visto entre nuestra tendencia política, pero nosotros hacíamos una diferencia muy grande entre las ideas catastróficas de Borges con las que celebró el golpe militar de  Videla, y con las que afirmaba que el problema de EE.UU. era haber educado a los negros. Al margen de esas ideas vergonzosas, yo pensaba que él era el mayor prosista de la lengua, y sus textos eran insustituibles”, explica el escritor.

La literatura le sirvió para sobrevivir y lo hizo porque tuvo siempre la seguridad de que lo más importante para un escritor es que “esté convencido de que lo que  tiene que decir no lo puede decir nadie más”.

Durante casi 50 años dedicados a la escritura incesante, Abelardo ha completado más de una veintena de obras: Israfel, El evangelio según Van Hutten, El que tiene sed. .., y después de esa carrera, de tanto leer y acuñar libros, el escritor argentino se alienta a largar una sentencia que tiene casi la solemnidad de la verdad. “Cuando uno es joven, uno cree que las destrezas literarias es escribir lo que se quiere. Cuando crece, la literatura se acerca más a la ética y  sientes que se debe escribir lo que se debe, pasa el tiempo y a lo largo de los 60 años, comprendés  con humildad, que un escritor escribe lo que puede, únicamente lo que puede”.