Mil 500 kilómetros en 35 milímetros

‘Los viajes del viento’ se estrena el 30 de abril, en el Festival de la Leyenda Vallenata. Fue escogida para la selección oficial de Cannes.

Ciro Guerra tiene 28 años de edad, varios cortometrajes que le sirvieron de entrenamiento para su futuro cinematográfico, dos largometrajes La sombra del caminante (2004) y Los viajes del viento (2009), y una visión de Colombia traducida a historias que han hecho del lugar común —léase: la geografía y las pesadillas que se viven en esa geografía una referencia estimulante para renovar la tradición narrativa en la pantalla.

La sombra del caminante sugirió el año de su estreno a un radical del cine: filmada en blanco y negro, con el paisaje urbano de Bogotá como escenario para un relato cifrado por los delirios y el absurdo, la aventura protagonizada por un lisiado llamado Mañe y por un caminante que lleva en una silla cargada a sus espaldas a cualquier persona que le pague los $500 pesos que cuesta el viaje, situó en el mapa del cine a un director que mostraba la violencia nacional de una manera alegórica; haciendo de la solidaridad entre el lisiado y el silletero una descripción acerca de la forma como cada quien resuelve su tragedia personal y es capaz de confrontar los fantasmas de la memoria cercada por la muerte.

Con su segundo largo, Los viajes del viento, el encuentro de dos personajes reunidos por azar; el crecimiento de un muchacho a la sombra de su maestro durante un recorrido por el Caribe; la suerte del viaje y sus enseñanzas; la música como salvación para evitar el deterioro; el paisaje como personaje dramático, establecen paralelos con La sombra del caminante que descubren la coherencia y el desarrollo de un estilo.

“Son dos películas que tienen varios contrastes”, asegura Guerra. “La primera está filmada en video digital y la segunda en Super 35; La sombra del caminante es en blanco y negro, con un tono oscuro, mientras que Los viajes del viento es en colores y quise que fuera muy luminosa. Realizadas en condiciones diferentes, son muy distintas en sus aspectos superficiales pero en sus aspectos profundos son dos películas hermanas. Con La sombra aprendí que lo importante no es tanto el dinero como la pasión que necesita una película. Y con Los viajes, que tiene un buen presupuesto pero no es tan costosa como se ve en la pantalla, el equipo de rodaje trabajó por un salario mucho menor del que se recibe por una filmación de esta naturaleza, aparte de que tuvimos una oportunidad única para realizarla porque encontramos los productores y las condiciones necesarias para hacerla”.

Un viaje en el que se evitan felizmente varios elementos que han lastrado el mercado audiovisual en Colombia: el reciclaje de la dramaturgia televisiva y de sus figuras en la pantalla cinematográfica; la utilización de actores del interior para imitar con visos de caricatura el acento del Caribe; el tratamiento del paisaje como aspecto decorativo a través del que se expresa a manera de tarjeta postal el “qué orgulloso me siento de ser un buen colombiano”.

Ciro Guerra: “Desde el principio tuvimos claro que no queríamos cometer el error de contratar actores del interior para que imitaran el acento costeño. Nos interesaba ser fieles al lenguaje de la región Caribe. Juan Pablo Félix, que también hizo el casting de María llena eres de gracia, seleccionó el reparto de Los viajes en un proceso que duró seis meses. A partir de entonces trabajamos durante año y medio con los actores. Aprovechamos el método brasileño de la ‘Oficina de Actores’, empleado por los realizadores de Ciudad de Dios, con el que se escribe el guión con los actores y se descubre a los personajes cinematográficos que luego protagonizan en la pantalla”.

Al desarrollo dramático de la película se incorpora la utilización del paisaje como espacio y personaje que decide la suerte de Ignacio Carrillo (Marciano Martínez), el juglar que viaja desde Majagual (Sucre) hasta Taroa (La Guajira), para devolverle un acordeón a su maestro, acompañado por Fermín (Yull Núñez), el muchacho que conocerá el vallenato, sus misterios y lo que puede ser su vida como músico, en la evolución de un viaje que para Ciro Guerra y su equipo de producción les permitió enseñar una visión lírica del Caribe, a la manera de los relatos épicos narrados como mitos de crecimiento, aventuras sobrenaturales en las que se combate contra el Diablo y promesas cumplidas al final de la jornada.


“El eje de la historia es la relación de la música del Caribe, específicamente el vallenato, con el paisaje de la región”, dice Guerra. “Así que desde la primera versión del guión fue claro que teníamos que filmar en Super 35 para retratar ese paisaje no solamente como algo hermoso sino también como una fuerza dramática en todo su esplendor. Se trata de una riqueza geográfica muy grande. Los lugares en los que sucede la película pueden estar a cinco horas de camino entre sí. Por esa razón, el tratamiento del paisaje se corresponde con el viaje físico y emocional de los personajes”.

Una película contra los estereotipos y a favor de los hallazgos visuales y culturales que fusionan, como explica Ciro Guerra, tres tradiciones distintas en un formato musical que reúne lo europeo representado por el acordeón, lo indígena con la guacharaca y lo negro con la caja.

“Al Caribe se le ha visto como una región de estereotipos. El lugar común está representado por personajes gritones y borrachos, cuando el hombre del Caribe puede ser profundamente melancólico y su alegría es una forma de acallar ese espíritu, expresado a través del arte o del conocimiento de la naturaleza. Por eso no me interesaban el costumbrismo o el realismo mágico tanto como el mito, el viaje del héroe, la estructura que se encuentra de manera diversa en La odisea, el Quijote, El mago de Oz o El señor de los anillos. De ahí que la primera aproximación que tuvimos en términos de investigación para escribir la historia fuera la mitología del Caribe y la música. Un mito que se repite: Francisco el Hombre enfrentándose al Diablo y derrotándolo. Se encuentra en distintos géneros musicales como variaciones del mito de Orfeo. Fue algo que siempre me interesó: la asociación de la música con lo sobrenatural. De qué manera la música y su virtuosismo nos pueden generar sensaciones inexplicables, tanto así que para comprender al talento de Paganini se supuso que el violinista le había vendido su alma al Diablo”.

El viento y su evolución caprichosa reflejan los vaivenes a los que están sometidos Ignacio y Fermín. Un viaje simultáneo hacia el pasado y el futuro, a lo ancestral representado en el desierto o en los idiomas que se escuchan en la película —español, bantú, wayuunayky, ika—, hacia el cambio generacional que significó la realización del Festival de la Leyenda Vallenata en 1968 —la única referencia cronológica en una historia que parece transcurrir, como los mitos, sin un tiempo específico—, cuando se empezaron a desvanecer los juglares que narraban las noticias de pueblo en pueblo, revividos por el cine, 40 años más tarde, de manera excepcional en Los viajes del viento y en el escenario natural de sus imágenes: la pantalla de un teatro antes que la versión reducida por el DVD.

“Nuestro cine lleva demasiado tiempo preguntándose si lo único que podemos hacer es entretenimiento desechable o explorar nuestra miseria nacional”, concluye Guerra. “Tiene que haber otro camino para hacer cine colombiano. Aún existe un país por descubrir. Me parece injusto que el campesino colombiano sólo exista en relación con la violencia. Es un elemento que no se puede negar, pero el campesino también existe más allá. Una de las motivaciones morales para hacer esta película es que la raíz de esa violencia está en el hecho de no saber qué o quiénes somos. Afortunadamente, al menos en su vertiente más noble, el cine es un lenguaje que une al ser humano”.

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