Rumores de la Provincia

De joven, el escritor Manuel Zapata Olivella recorrió  la tierra del vallenato. Esta semilla lo convertiría en gran embajador del folclor.

Los inicios del Festival de la Leyenda Vallenata, creado y organizado por la Cacica Consuelo Araújonoguera, Alfonso López Michelsen, Miriam Pupo de Lacouture y Rafael Escalona Martínez, están estrechamente unidos a las experiencias y correrías del médico Manuel Zapata Olivella en la provincia, visitada también en esa época por Gabriel García Márquez y Nereo López. Esas vivencias juveniles influyeron mucho en la formación literaria de los personajes que se recuerdan en estas breves memorias.

A Manuel Zapata Olivella, su pasión vagabunda lo llevó a recorrer toda Centroamérica a pie descalzo, como rememorando a sus ancestros africanos. Era la mejor manera para que un mulato contara de viva voz su historia. Todos estos pasajes generaron en él un compromiso de primera mano que lo llevó a constituirse en un observador cultural y no en un especialista musical de las diversas manifestaciones de nuestra patria y otros pueblos de América.

Su trashumancia se detuvo un día, de recrudecida violencia, frente a un extenso valle de la Costa Atlántica, donde en ese entonces se dormía con las puertas abiertas y la mano amiga se tendía con firmeza para brindar lo mejor de ella. Era una tierra que empezaba a vestirse con los colores de un instrumento europeo que aún hoy le hace el zigzag a la violencia y con el que se pudo musicalizar la filosofía del hombre provinciano.

Era novedoso, pese a su costo, ver al hombre de esa región abrazar un acordeón de una o dos hileras e irrumpir a cualquier hora y exponer con una larga fanfarria los cantos que ya empezaban a identificar a toda una provincia.

Después de un largo recorrido en tren, el joven médico llegó a ese mundo, al que dos años más tarde traería a Nereo, su hermano de infancia y sueños. “El Paraíso”, así llamó a nuestra gran provincia, a la que llevó siempre en su interior como los recuerdos de su Lorica natal.

“Yo llegué en 1949. Pocos días después de recibir el grado de médico. Precisamente el día que me estaba graduando, el presidente Mariano Ospina Pérez se tomó el parlamento colombiano y hubo disparos. Como la facultad de medicina quedaba en la calle 10 con la Avenida Caracas, todos esos disparos se escuchaban, así fuera debajo de la mesa. Esto originó una cacería de brujas contra liberales y comunistas. Como yo era miembro de la Juventud Comunista, me tocó salir en bolas de fuego, dejando mis libros, ropas y todos mis enseres”, narraba Zapata.

Al salir en tren, que partía de la calle 13, su objetivo era radicarse en Venezuela. En ese tránsito y en busca de un refugio, llegó a La Paz, población cercana a Valledupar, donde se encontró con su primo Pedro Olivella Araújo. Después de un breve diálogo y conocer sus intenciones, él le dijo: “No tienes por qué salir de tu patria. Quédate aquí. Te garantizo que nadie se va a meter contigo”.

Al llegar a esa región, estaban de moda los cantos de Escalona y su manera distinta de componer. A pesar de todas sus diferencias, Escalona preservaba la tradición de los cantos populares, que sumados a los de Lorenzo Morales, Emiliano Zuleta Baquero, y la voz de Alfonso Cotes Queruz, acompañado de su guitarra, le hacía saborear canciones como El negro maldito, La estrella y La gota fría, de personajes que más tarde conocería, como Tobías Enrique Pumarejo, Germán Serna Daza y Emiliano Zuleta Baquero.

Esto sirvió para que durante esa estancia, que se prolongaría por cinco años, el joven Zapata Olivella, que ya había iniciado su reconocida y fecunda actividad literaria, se enfrentara a su praxis de médico, donde se volcaron en romerías muchas parturientas. Con inmensa vocación social se enfrentó a la actividad de atender a cuanta embarazada lo requiriera, sin cobrarle por ello. Sólo


recibía como retribución su solicitud personal: “Después de mi labor, pedía un chinchorro, un buen sancocho y el sonido celestial que sólo el acordeón podía brindar. El más humilde de los rincones de esa adorable provincia siempre tenía como colofón esos tres ingredientes”.

El inquieto hombre de letras empezó a percibir el fenómeno del canto vallenato que modelaba en sí todo el comportamiento de esa comunidad, a través de sus costumbres, hábitos, alimentación y vestidos.

Para él, era un encanto cruzar el río Chiriaimo, ya que los sonidos de los acordeones a manera de bienvenida le mostraban sus variados intérpretes y canciones, cuyos estilos diversificaban al hombre representado en Juan Muñoz, Leandro Díaz, Miguel López y muchos más. Igualmente podía quedar petrificado con los golpes endemoniados de Crisóstomo Oñate, conocido como “Pichocho”.

A su regreso a La Paz, decidió conformar un conjunto vallenato. El primero fue Fermín Pitre, un músico completo de Fonseca, quien le dijo: “Docto, yo me voy con usté, no importa la plata”. A éste se sumaron “Pichocho” y Antonio Sierra, decimero de respeto y guacharaquero. El propósito del joven médico de llevar a un cantador de décimas tenía su fin y era el poder mostrarle a la gente del interior del país que en nuestra provincia había una tradición española muy arraigada. Al llegar a la capital, la música de Buitrago, Lucho Bermúdez, José Barros Palomino y Pacho Galán se estaba metiendo en el ámbito del interior bogotano y tenía en el estudiantado costeño a su más efectivo promotor.

Esto le sirvió para presentarse por asalto a la residencia del doctor Alfonso López Michelsen y darle con el conjunto vallenato una serenata. Este fue el dardo que impulsó a ese hombre de raíces vallenatas con tanto éxito que las presentaciones se incrementaron.

Después de dos semanas de permanencia con el improvisado grupo de música vallenata, regresó a La Paz, Cesar. Supo que por esas tierras estaba el antropólogo Gerardo Reichel Dolmatoff, con quien tenía una estrecha relación amistosa. No había calentado su ambulante consultorio cuando ya estaba con una delegación musical, entre quienes se encontraban Rafael Escalona y Juan López.

Decidieron ir a “La Tomita”, lugar que servía como punto de encuentro de los bohemios que partían de Valledupar o La Paz para llegar a Manaure (Cesar) que, a manera de balcón, recibía a cuanto forastero o provinciano decidía cruzar esa zona llena de encantos y leyendas. En la noche, con mucho sigilo y tratando de caminar en puntillas, Escalona, como siempre, le dio la orden a Juan López y éste desabrochó su camisa musical. No había recorrido muchos compases cuando se encendió una fuerte luz en la carpa y apareció el antropólogo de origen austriaco con una pistola en la mano derecha, diciendo: “Si se demoran en tocar ese acordeón, no estarán vivos”.

A esta sentencia le siguió una estruendosa carcajada al unísono, que sirvió de antesala a una parranda de varios días. En medio de ella, se enteraron de que por ahí andaban los intrépidos Gabriel García Márquez y Nereo López de Mesa. El primero tratando de averiguar los antecedentes de su familia en esa región y el segundo, solícito ante el llamado de Zapata Olivella.

Mientras Gabriel García Márquez era ilustrado con lujo de detalles por Pedro Olivella Araújo sobre la actividad de su padre, cuando éste fue telegrafista en Valledupar, Nereo descifraba los encantos de los personajes vírgenes de nuestra provincia, con su vocación libre de recoger todo cuanto aparecía ante él y teniendo como alcahueta una cámara atrevida.

Todos estos recuerdos seguían vivos en la mente de Manuel Zapata Olivella muchos años después, en Bogotá, mientras recorría cada espacio en la casa de su ya difunta hermana Delia, donde empezó a jalar la pita del tiempo. Mientras hablaba cerraba los ojos, sus patillas blanquecinas le cubrían toda la cara, se recomponía en su silla y apretaba sus débiles manos entre sí.

* Autor de los libros “Voces vallenatas” y “Un Grammy a lo vallenato”.

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